Lun. Ago 2nd, 2021

Lo que comenzó con acciones efímeras y en medianeras se ha convertido para los defensores del patrimonio en un “vandalismo institucionalizado”. “El problema no está en pintar, sino en la falta de criterio”, dicen los expertos,

Una nueva tendencia pintora de los ayuntamientos españoles ha multiplicado los encontronazos entre los murales de colores que impulsan y las asociaciones que velan por la conservación del patrimonio histórico. Los últimos ejemplos, en solo un mes, el faro de Ajo, en Cantabria, una construcción de 1930 que el artista urbano Okuda San Miguel utilizó como lienzo en blanco por encargo de iguel Ángel Revilla, presidente de la comunidad; y el polideportivo de la Alhóndiga, obra de Miguel Fisac, que el Ayuntamiento de Getafe decidió “embellecer” con un mural a cargo del colectivo Boa Mistura. Para los expertos, lo que comenzó con acciones de revitalización de barrios en peligro de exclusión y como una apropiación del espacio público se está convirtiendo en un riesgo para el patrimonio. ¿Dónde está el límite?

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