Mar. May 18th, 2021

Donald Trump se dispone a ultimar el que será sin duda el legado más duradero de su presidencia: una Corte Suprema a su medida. Cuando el presidente acabe su primer mandato, en enero, permanezca o no en la Casa Blanca, habrá renovado un tercio de la máxima instancia judicial de Estados Unidos con jueces conservadores, que ya conforman una clara mayoría de seis escaños frente a tres.

En tiempo récord, con el apoyo casi unánime del Partido Republicano, el presidente se ha apresurado a nombrar una sustituta a Ruth Bader Ginsburg, fallecida hace apenas una semana, icono feminista de la izquierda estadounidense. La sustituta por la que se ha decantado Trump es Amy Coney Barrett, a la que él mismo nombró jueza federal en 2017, una magistrada firmemente conservadora que será la quinta mujer en ingresar en la bancada en toda su historia.

Tras una semana de deliberaciones, el presidente anunció ayer su elección en una ceremonia solemne en el rosal de la Casa Blanca, y pidió a los demócratas «que le brinden a la jueza Barrett las vistas respetuosas y dignas que se merece y, francamente, que nuestro país se merece». «Pido a los legisladores y los medios de comunicación que se abstengan de ataques personales o partidistas. Los riesgos para nuestro país de ello son increíblemente altos», añadió el presidente. «La otra vez ya parecía fácil», bromeó, en referencia al proceso de confirmación, en 2018, del juez Brett Kavanaugh, que fue acusado de violación y recibió el voto en contra de los demócratas .

A Trump le acompañó la propia candidata, que voló a Washington desde Indiana con su familia. La jueza Barrett proclamó su amor por su país y la Constitución y comenzó su breve discurso rindiendo homenaje a la fallecida juez Ginsburg: «No sólo rompió los techos de cristal, los pulverizó». Después, prometió hacer justicia, si es confirmada para el Supremo, por encima de ideologías y afinidades partidistas o personales. Fue una llamada a la concordia en toda regla: «Las desavenencias sobre asuntos de gran enjundia no deben influir sobre el respeto mutuo», dijo, antes de ponerse a disposición de los senadores para el proceso de confirmación que ahora empieza en el Capitolio.

Tras la presentación, seis de los siete hijos de la jueza subieron con ella y su padre al escenario montado ante el Despacho Oval y posaron para algunas fotografías con el presidente y la primera dama. La jueza había dicho antes que sus hijos son su mayor orgullo y su mayor satisfacción.

Los republicanos recibieron la noticia con júbilo, pues consideran a la jueza Barrett una gran defensora del «originalismo» conservador, que tiende a interpretar la Constitución en un sentido literal, ateniéndose a lo que dejaron escrito los padres fundadores de la nación en 1789.

Los demócratas están incendiados, no tanto por la elegida como por la premura para nombrarla. Ni siquiera había sido enterrada la jueza Ginsburg, su féretro aun en el Capitolio de velatorio, cuando la Casa Blanca comenzó a filtrar el nombre de la sustituta el viernes. Duele especialmente en el partido de la oposición que en 2016 sus compañeros republicanos en el Senado se negaran a confirmar a un juez elegido para el Supremo por Barack Obama seis meses antes de las elecciones alegando que era mejor esperar a que comenzara la nueva legislatura en enero de 2017.

Por aquel entonces, los republicanos controlaban las dos cámaras del Capitolio, y los demócratas ocupaban la Casa Blanca. Aquella estrategia de los republicanos bien podría haber sido un brindis al sol, porque las encuestas vaticinaban una apabullante victoria de Hillary Clinton. Sin embargo, al ganar Trump, este pudo nombrar a otro juez en lugar del que había propuesto Obama y a otros dos después, por la jubilación de Anthony Kennedy y la muerte ahora de Ginsburg. Ahora, los republicanos mantienen que sí tienen derecho a nombrar a un sustituto por la vía rápida porque controlan tanto el Senado, que vota a los jueces, como la Casa Blanca, que los propone.

De media, el proceso para nombrar sustitutos en la bancada del Supremo suele ser de poco menos de 70 días, pero Trump está rompiendo todas las marcas este otoño, ante la cercanía de las elecciones presidenciales. En un principio, la semana pasada, algunos republicanos moderados mantuvieron silencio y hasta expresaron reservas para que no pareciera que estaban corriendo demasiado. Pero finalmente el nombre de la elegida les ha acabado de convencer a prácticamente todos, incluso al mayor crítico del presidente, el senador de Utah Mitt Romney, que hasta votó en contra de él en el juicio político del ‹impeachment› del pasado mes de febrero.

Si todo sale como la Casa Blanca quiere, las vistas orales en la comisión de Justicia del Senado comenzarían la semana del 12 de octubre. Allí los senadores -incluidos los demócratas- interrogarán a la jueza Barrett para decidir, si es que no lo han hecho ya, el sentido de su voto. Después el Senado en pleno votará como tarde el 29 de octubre. Se necesita una mayoría simple, de la que gozan los republicanos. En las elecciones de noviembre se renueva, además de la Presidencia y la Cámara de Representantes, un tercio del mismo Senado, y los conservadores podrían perder esa mayoría.

Aun después de haber nombrado a tres jueces y haber ampliado la parte conservadora de la bancada, el Supremo le ha dado algún que otro disgusto a Trump. Le ha desarmado parte de su política migratoria y ha fallado, en contra del criterio de su Gobierno, que los homosexuales y transexuales están protegidos por el hecho de serlo por la ley de derechos civiles, que prohibe discriminación en el empleo.

Trump de hecho ha expresado su insatisfacción con el Supremo, sobre todo con John Roberts, presidente del tribunal, al que nombró George Bush hijo y cuyo voto fue crucial para salvar la reforma sanitaria de Obama cuando el actual Gobierno trataba de desarmarla. Por eso, hace apenas tres semanas el actual presidente hizo pública una lista actualizada de candidatos al Supremo en la que había no sólo jueces de carrera, sino también varios senadores conservadores, incluido Ted Cruz, de Tejas.

Una juez con un perfil netamente conservador
En los tres años en que ha servido como jueza federal en Indiana, Amy Coney Barrett ha dejado claras sus opiniones legales, que reflejan en líneas generales un punto de vista netamente conservador, en línea con el sentir mayoritario del Partido Republicano, que es el que la va a confirmar. Por medio de sus opiniones publicadas sobre el aborto, la tenencia de armas, la inmigración y la discriminación en el trabajo, entre otros asuntos, la jueza Barrett ha dejado ya claro que si ingresa en el Supremo se va a alinear con la bancada conservadora, anclada esta en lo que se conoce como «originalismo», es decir la opinión de que la Constitución tiene un sentido fijo establecido en al momento de su ratificación en el siglo XVIII.

La esperanza del Trump y del Partido Republicano, que ha saludado su elección, es que el aborto inducido vuelva a llegar al Supremo y que la nueva mayoría conservadora lo restrinja o lo ilegalice, revirtiendo el fallo anterior que lo autorizó «hasta que el feto sea viable», seis palabras que han provocado encendidas discusiones desde que fueron escritas en la sentencia de 1973. De hecho, la jueza Barrett escribió en un artículo en 2013, antes de ser nombrada jueza federal, que la polémica que rodea al caso Roe vs. Wade, el que legalizó el aborto, demuestra que hay fallos que tal vez sea necesario reconsiderar, porque la ciudadanía claramente no cree que de forma unánime «que se pueda declarar a un ganador en un dilema constitucional».

La jueza Barrett es católica practicante, y los muchos oponentes del aborto en EE.UU. le alaban sus decisiones personales, como que compaginar el trabajo con sus siete hijos, el menor de los cuales tiene síndrome de Down, un motivo común de interrupción del embarazo en EE.UU. (hay estudios de la pasada década que aseguran que hasta un 75% de los diagnósticos tempranos en primeras fases de gestación acaban en aborto). En un voto particular de 2018, la jueza Barrett, por ejemplo, se opuso a una decisión de otros jueces en un tribunal que fallaron en Indiana a favor de permitirle a las madres el aborto aun por motivos como el sexo del bebé o alguna discapacidad detectada de forma temprana.

En un caso de 2018 que ha incendiado a la izquierda que se opone a la selección de la jueza Barrett, esta falló en una sentencia que una universidad, la de Purdue, había discriminado a un estudiante varón en una investigación sobre una supuesta agresión sexual contra la que antes había sido la pareja de este. La estudiante denunció a su ex y compañero de facultad por haberla violado cuando dormían juntos. Según falló la jueza Barrett, la universidad desestimó pruebas y testimonios porque decidió creer ciegamente a la denunciante por el hecho de ser mujer, algo contrario al principio de igualdad ante la ley de la Constitución estadounidense.,
Donald Trump se dispone a ultimar el que será sin duda el legado más duradero de su presidencia: una Corte Suprema a su medida. Cuando el presidente acabe su primer mandato, en enero, permanezca o no en la Casa Blanca, habrá renovado un tercio de la máxima instancia judicial de Estados Unidos con jueces conservadores, que ya conforman una clara mayoría de seis escaños frente a tres.

En tiempo récord, con el apoyo casi unánime del Partido Republicano, el presidente se ha apresurado a nombrar una sustituta a Ruth Bader Ginsburg, fallecida hace apenas una semana, icono feminista de la izquierda estadounidense. La sustituta por la que se ha decantado Trump es Amy Coney Barrett, a la que él mismo nombró jueza federal en 2017, una magistrada firmemente conservadora que será la quinta mujer en ingresar en la bancada en toda su historia.

Tras una semana de deliberaciones, el presidente anunció ayer su elección en una ceremonia solemne en el rosal de la Casa Blanca, y pidió a los demócratas «que le brinden a la jueza Barrett las vistas respetuosas y dignas que se merece y, francamente, que nuestro país se merece». «Pido a los legisladores y los medios de comunicación que se abstengan de ataques personales o partidistas. Los riesgos para nuestro país de ello son increíblemente altos», añadió el presidente. «La otra vez ya parecía fácil», bromeó, en referencia al proceso de confirmación, en 2018, del juez Brett Kavanaugh, que fue acusado de violación y recibió el voto en contra de los demócratas .

A Trump le acompañó la propia candidata, que voló a Washington desde Indiana con su familia. La jueza Barrett proclamó su amor por su país y la Constitución y comenzó su breve discurso rindiendo homenaje a la fallecida juez Ginsburg: «No sólo rompió los techos de cristal, los pulverizó». Después, prometió hacer justicia, si es confirmada para el Supremo, por encima de ideologías y afinidades partidistas o personales. Fue una llamada a la concordia en toda regla: «Las desavenencias sobre asuntos de gran enjundia no deben influir sobre el respeto mutuo», dijo, antes de ponerse a disposición de los senadores para el proceso de confirmación que ahora empieza en el Capitolio.

Tras la presentación, seis de los siete hijos de la jueza subieron con ella y su padre al escenario montado ante el Despacho Oval y posaron para algunas fotografías con el presidente y la primera dama. La jueza había dicho antes que sus hijos son su mayor orgullo y su mayor satisfacción.

Los republicanos recibieron la noticia con júbilo, pues consideran a la jueza Barrett una gran defensora del «originalismo» conservador, que tiende a interpretar la Constitución en un sentido literal, ateniéndose a lo que dejaron escrito los padres fundadores de la nación en 1789.

Los demócratas están incendiados, no tanto por la elegida como por la premura para nombrarla. Ni siquiera había sido enterrada la jueza Ginsburg, su féretro aun en el Capitolio de velatorio, cuando la Casa Blanca comenzó a filtrar el nombre de la sustituta el viernes. Duele especialmente en el partido de la oposición que en 2016 sus compañeros republicanos en el Senado se negaran a confirmar a un juez elegido para el Supremo por Barack Obama seis meses antes de las elecciones alegando que era mejor esperar a que comenzara la nueva legislatura en enero de 2017.

Por aquel entonces, los republicanos controlaban las dos cámaras del Capitolio, y los demócratas ocupaban la Casa Blanca. Aquella estrategia de los republicanos bien podría haber sido un brindis al sol, porque las encuestas vaticinaban una apabullante victoria de Hillary Clinton. Sin embargo, al ganar Trump, este pudo nombrar a otro juez en lugar del que había propuesto Obama y a otros dos después, por la jubilación de Anthony Kennedy y la muerte ahora de Ginsburg. Ahora, los republicanos mantienen que sí tienen derecho a nombrar a un sustituto por la vía rápida porque controlan tanto el Senado, que vota a los jueces, como la Casa Blanca, que los propone.

De media, el proceso para nombrar sustitutos en la bancada del Supremo suele ser de poco menos de 70 días, pero Trump está rompiendo todas las marcas este otoño, ante la cercanía de las elecciones presidenciales. En un principio, la semana pasada, algunos republicanos moderados mantuvieron silencio y hasta expresaron reservas para que no pareciera que estaban corriendo demasiado. Pero finalmente el nombre de la elegida les ha acabado de convencer a prácticamente todos, incluso al mayor crítico del presidente, el senador de Utah Mitt Romney, que hasta votó en contra de él en el juicio político del ‹impeachment› del pasado mes de febrero.

Si todo sale como la Casa Blanca quiere, las vistas orales en la comisión de Justicia del Senado comenzarían la semana del 12 de octubre. Allí los senadores -incluidos los demócratas- interrogarán a la jueza Barrett para decidir, si es que no lo han hecho ya, el sentido de su voto. Después el Senado en pleno votará como tarde el 29 de octubre. Se necesita una mayoría simple, de la que gozan los republicanos. En las elecciones de noviembre se renueva, además de la Presidencia y la Cámara de Representantes, un tercio del mismo Senado, y los conservadores podrían perder esa mayoría.

Aun después de haber nombrado a tres jueces y haber ampliado la parte conservadora de la bancada, el Supremo le ha dado algún que otro disgusto a Trump. Le ha desarmado parte de su política migratoria y ha fallado, en contra del criterio de su Gobierno, que los homosexuales y transexuales están protegidos por el hecho de serlo por la ley de derechos civiles, que prohibe discriminación en el empleo.

Trump de hecho ha expresado su insatisfacción con el Supremo, sobre todo con John Roberts, presidente del tribunal, al que nombró George Bush hijo y cuyo voto fue crucial para salvar la reforma sanitaria de Obama cuando el actual Gobierno trataba de desarmarla. Por eso, hace apenas tres semanas el actual presidente hizo pública una lista actualizada de candidatos al Supremo en la que había no sólo jueces de carrera, sino también varios senadores conservadores, incluido Ted Cruz, de Tejas.

Una juez con un perfil netamente conservador
En los tres años en que ha servido como jueza federal en Indiana, Amy Coney Barrett ha dejado claras sus opiniones legales, que reflejan en líneas generales un punto de vista netamente conservador, en línea con el sentir mayoritario del Partido Republicano, que es el que la va a confirmar. Por medio de sus opiniones publicadas sobre el aborto, la tenencia de armas, la inmigración y la discriminación en el trabajo, entre otros asuntos, la jueza Barrett ha dejado ya claro que si ingresa en el Supremo se va a alinear con la bancada conservadora, anclada esta en lo que se conoce como «originalismo», es decir la opinión de que la Constitución tiene un sentido fijo establecido en al momento de su ratificación en el siglo XVIII.

La esperanza del Trump y del Partido Republicano, que ha saludado su elección, es que el aborto inducido vuelva a llegar al Supremo y que la nueva mayoría conservadora lo restrinja o lo ilegalice, revirtiendo el fallo anterior que lo autorizó «hasta que el feto sea viable», seis palabras que han provocado encendidas discusiones desde que fueron escritas en la sentencia de 1973. De hecho, la jueza Barrett escribió en un artículo en 2013, antes de ser nombrada jueza federal, que la polémica que rodea al caso Roe vs. Wade, el que legalizó el aborto, demuestra que hay fallos que tal vez sea necesario reconsiderar, porque la ciudadanía claramente no cree que de forma unánime «que se pueda declarar a un ganador en un dilema constitucional».

La jueza Barrett es católica practicante, y los muchos oponentes del aborto en EE.UU. le alaban sus decisiones personales, como que compaginar el trabajo con sus siete hijos, el menor de los cuales tiene síndrome de Down, un motivo común de interrupción del embarazo en EE.UU. (hay estudios de la pasada década que aseguran que hasta un 75% de los diagnósticos tempranos en primeras fases de gestación acaban en aborto). En un voto particular de 2018, la jueza Barrett, por ejemplo, se opuso a una decisión de otros jueces en un tribunal que fallaron en Indiana a favor de permitirle a las madres el aborto aun por motivos como el sexo del bebé o alguna discapacidad detectada de forma temprana.

En un caso de 2018 que ha incendiado a la izquierda que se opone a la selección de la jueza Barrett, esta falló en una sentencia que una universidad, la de Purdue, había discriminado a un estudiante varón en una investigación sobre una supuesta agresión sexual contra la que antes había sido la pareja de este. La estudiante denunció a su ex y compañero de facultad por haberla violado cuando dormían juntos. Según falló la jueza Barrett, la universidad desestimó pruebas y testimonios porque decidió creer ciegamente a la denunciante por el hecho de ser mujer, algo contrario al principio de igualdad ante la ley de la Constitución estadounidense.

Por