Lun. Jun 21st, 2021

Hoy me enfrento a un conflicto interior. Lo mejor es encarar estas cosas y tomarlas de frente, porque de lo contrario nos reconcomen las entrañas hasta el vómito, hasta la úlcera, hasta las heces.

Un fin de semana difícil, de trabajo, complicado. Con el asco en el estómago al ver de cara lo peor del ser humano y de la violencia machista más asquerosa con una violación grupal en un pueblo de Valencia y con una niña como víctima. Pongo cara de póker y a dar la noticia con la rabia que me come.

Un fin de semana complejo, con la tristeza en los ojos al ver de cara el homenaje a los muertos que cubrió de recuerdos las arenas de la playa de la Patacona y pensar en el dolor de las familias y en la ausencia de los que han fallecido. Duele. En esta historia, yo también tengo muertos. Dos. Y no es la primera vez que lo cuento en estas páginas. Y duele.

En medio de tanta tristeza, la información, la velocidad con la que vivo mi vida profesional y las redes sociales. Y ahí nace mi conflicto interior. En las redes sociales, que cada día son más insociales.

No es que le haga mucho caso a la cantidad de insensatos que se permiten insultar y opinar de todo, sin saber de nada, en los breves caracteres de un tuit. Pero miren por dónde, he pasado poco menos que de ser un agente de la subversión al no decir la nacionalidad de los violadores en antena (búlgaros, son búlgaros y qué más da) a ser un reaccionario peligroso por informar de que la playa de la Patacona de Alboraia amanecía este domingo cubierta por 53.000 bandera de España en recuerdo a los muertos que ha causado el coronavirus en nuestro país. En realidad, me importa muy poco la opinión de los “haters”, el ruido de los “hooligans” y, en definitiva, la estupidez de los estúpidos. Tanto me da.

Banderas en la playa de la Patacona en Alboraya, este domingo

ABC
El número es un concepto matemático mientras que la cifra es su representación escrita con guarismos. Seguro que muchos de esos “haters” y “hooligans” no tienen ni puñetera idea de qué estoy hablando, pero esa es la definición que consta en los diccionarios especializados. Como hombre de libros suelo escribir los números con letras, pero hoy utilizo la cifra para reflejar una realidad incontestable. Sobre las arenas de esa playa han aparecido 53.000 banderas.

No voy a entrar ahora en el número de muertos que la pandemia ha causado en España. Sean los de la cifra oficial o sean los de los estudios de diversos organismos que avalan un número muy superior, sin duda alguna son muchos, muchos. Demasiados.

Vicente y Chema eran mis amigos. Están muertos. Uno suma en las cifras oficiales. El otro no. Uno recibió toda la atención necesaria. El otro murió en la soledad más absoluta, en la cama de su casa. Uno tuvo pruebas y diagnóstico. El otro no. Pero a los dos les mató la misma enfermedad, aunque uno sume y el otro reste, esta pandemia que está matando gente y poniendo en evidencia las vergüenzas de una sociedad desquiciada y frentista, y de una clase dirigente más ocupada en su guerra de guerrillas que en aquello en lo que deberían ocuparse. En fin, sólo por ese muerto, aunque sea por uno solo, el número contradice a la cifra.

Yo no sé si hay 53.000 muertos, pero sobre la tierra de la playa había 53.000 recuerdos, uno por cada uno de ellos, y me importa poco la disputa política que nos enfrenta entre la cifra y el número.

Y ahora, si quieren, me llaman rojo o fascista. A estas alturas, qué quieren que les diga, me importa una higa. Ya ven que he superado el conflicto.,
Hoy me enfrento a un conflicto interior. Lo mejor es encarar estas cosas y tomarlas de frente, porque de lo contrario nos reconcomen las entrañas hasta el vómito, hasta la úlcera, hasta las heces.

Un fin de semana difícil, de trabajo, complicado. Con el asco en el estómago al ver de cara lo peor del ser humano y de la violencia machista más asquerosa con una violación grupal en un pueblo de Valencia y con una niña como víctima. Pongo cara de póker y a dar la noticia con la rabia que me come.

Un fin de semana complejo, con la tristeza en los ojos al ver de cara el homenaje a los muertos que cubrió de recuerdos las arenas de la playa de la Patacona y pensar en el dolor de las familias y en la ausencia de los que han fallecido. Duele. En esta historia, yo también tengo muertos. Dos. Y no es la primera vez que lo cuento en estas páginas. Y duele.

En medio de tanta tristeza, la información, la velocidad con la que vivo mi vida profesional y las redes sociales. Y ahí nace mi conflicto interior. En las redes sociales, que cada día son más insociales.

No es que le haga mucho caso a la cantidad de insensatos que se permiten insultar y opinar de todo, sin saber de nada, en los breves caracteres de un tuit. Pero miren por dónde, he pasado poco menos que de ser un agente de la subversión al no decir la nacionalidad de los violadores en antena (búlgaros, son búlgaros y qué más da) a ser un reaccionario peligroso por informar de que la playa de la Patacona de Alboraia amanecía este domingo cubierta por 53.000 bandera de España en recuerdo a los muertos que ha causado el coronavirus en nuestro país. En realidad, me importa muy poco la opinión de los “haters”, el ruido de los “hooligans” y, en definitiva, la estupidez de los estúpidos. Tanto me da.

Banderas en la playa de la Patacona en Alboraya, este domingo

ABC
El número es un concepto matemático mientras que la cifra es su representación escrita con guarismos. Seguro que muchos de esos “haters” y “hooligans” no tienen ni puñetera idea de qué estoy hablando, pero esa es la definición que consta en los diccionarios especializados. Como hombre de libros suelo escribir los números con letras, pero hoy utilizo la cifra para reflejar una realidad incontestable. Sobre las arenas de esa playa han aparecido 53.000 banderas.

No voy a entrar ahora en el número de muertos que la pandemia ha causado en España. Sean los de la cifra oficial o sean los de los estudios de diversos organismos que avalan un número muy superior, sin duda alguna son muchos, muchos. Demasiados.

Vicente y Chema eran mis amigos. Están muertos. Uno suma en las cifras oficiales. El otro no. Uno recibió toda la atención necesaria. El otro murió en la soledad más absoluta, en la cama de su casa. Uno tuvo pruebas y diagnóstico. El otro no. Pero a los dos les mató la misma enfermedad, aunque uno sume y el otro reste, esta pandemia que está matando gente y poniendo en evidencia las vergüenzas de una sociedad desquiciada y frentista, y de una clase dirigente más ocupada en su guerra de guerrillas que en aquello en lo que deberían ocuparse. En fin, sólo por ese muerto, aunque sea por uno solo, el número contradice a la cifra.

Yo no sé si hay 53.000 muertos, pero sobre la tierra de la playa había 53.000 recuerdos, uno por cada uno de ellos, y me importa poco la disputa política que nos enfrenta entre la cifra y el número.

Y ahora, si quieren, me llaman rojo o fascista. A estas alturas, qué quieren que les diga, me importa una higa. Ya ven que he superado el conflicto.

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