Jue. Jun 17th, 2021

Ya están todas las películas que compiten por la Concha de Oro en poder del Jurado que este año preside Luca Guadagnino, y mientras el Festival espera que lo rumie, dicho sea sin faltar, se ha entretenido la pantalla con la miniserie dirigida por Rodrigo Sorogoyen y Borja Soler titulada «Antidisturbios», seis episodios de cincuenta minutos cada uno. En el primer capítulo, un grupo de antidisturbios participa en un desahucio en una corrala de Madrid y, por varios motivos, la operación acaba siendo una chapuza y también una tragedia. Es el punto de partida para que la película se adentre a mofletes llenos en el mundo policial, judicial y político, pero uno diría que sin ánimo de vender burras ideológicas, sino con planteamiento lleno de acción y de intrigas del tipo Premium de la seriefilia de «no puedo vivir sin ver las tres últimas».

Comparten protagonismo el duro equipo de antidisturbios implicados y una terca y recalcitrante joven policía de asuntos internos (la primera secuencia es definitiva para entenderla), y en un segundo término, pero bien tatuado, los mandos, los medradores, los correveidiles y los corruptos. La «operación corrala» es un prodigio de manejo de la tensión y del espacio, con todos allí, como en el camarote de los Hermanos Marx, los policías, los afectados, los de la Plataforma de Antidesahucios, los inmigrantes y los vecindones. Todos están en lo que son, pero la descripción e interpretación de los policías es deslumbrante, y en especial del que interpreta Hovik Keuchkerian, el jefe del grupo, un tipo con un vozarrón tan enorme que, si lo dejan en el Teatro Real con un aria de «Tosca», de un bufido manda el decorado al patio de butacas. En realidad, están bien dibujados todos, con un notable alto en filología macarrónica y en brutología (Raúl Arévalo con un perfil que podría ganarse la vida como fijo en las ruedas de reconocimiento)… En fin, un producto de primera calidad, con mucho fondillo, y que incita a pedir más con la boca abierta, como un polluelo en su nido.

Y volvemos al misterio Concha de Oro que está a punto de resolverse señalando algunos títulos que podrían adelantarse como favoritos y certificar así una vez más nuestra escasa puntería en la diana del Palmarés. En la zona alta deberían estar la danesa «Druk», de Thomas Vinterberg, mucho más que excelente; la georgiana «Beginning», de Dea Kulumbegashvili, mucho más que brillante y liosa, y la de Julian Temple, «Crock of Gold», mucho más que musical y extrema. Dos actrices podrían repartirse el premio de interpretación, la también georgiana Ia Sukhitashvili o la joven Amaia Aberasturi que subvierte «Akelarre». Y dos no actores podrían compartir el de interpretación masculina, el indescriptible Shane Macgowan, un volcán en erupción en «Crock of Gold», y el juez que hace de juez en «Sala de Juzgado 3H». Y si se lo dieran a un actor, no podría ser otro que Mads Mikkelsen por «Druck».,
Ya están todas las películas que compiten por la Concha de Oro en poder del Jurado que este año preside Luca Guadagnino, y mientras el Festival espera que lo rumie, dicho sea sin faltar, se ha entretenido la pantalla con la miniserie dirigida por Rodrigo Sorogoyen y Borja Soler titulada «Antidisturbios», seis episodios de cincuenta minutos cada uno. En el primer capítulo, un grupo de antidisturbios participa en un desahucio en una corrala de Madrid y, por varios motivos, la operación acaba siendo una chapuza y también una tragedia. Es el punto de partida para que la película se adentre a mofletes llenos en el mundo policial, judicial y político, pero uno diría que sin ánimo de vender burras ideológicas, sino con planteamiento lleno de acción y de intrigas del tipo Premium de la seriefilia de «no puedo vivir sin ver las tres últimas».

Comparten protagonismo el duro equipo de antidisturbios implicados y una terca y recalcitrante joven policía de asuntos internos (la primera secuencia es definitiva para entenderla), y en un segundo término, pero bien tatuado, los mandos, los medradores, los correveidiles y los corruptos. La «operación corrala» es un prodigio de manejo de la tensión y del espacio, con todos allí, como en el camarote de los Hermanos Marx, los policías, los afectados, los de la Plataforma de Antidesahucios, los inmigrantes y los vecindones. Todos están en lo que son, pero la descripción e interpretación de los policías es deslumbrante, y en especial del que interpreta Hovik Keuchkerian, el jefe del grupo, un tipo con un vozarrón tan enorme que, si lo dejan en el Teatro Real con un aria de «Tosca», de un bufido manda el decorado al patio de butacas. En realidad, están bien dibujados todos, con un notable alto en filología macarrónica y en brutología (Raúl Arévalo con un perfil que podría ganarse la vida como fijo en las ruedas de reconocimiento)… En fin, un producto de primera calidad, con mucho fondillo, y que incita a pedir más con la boca abierta, como un polluelo en su nido.

Y volvemos al misterio Concha de Oro que está a punto de resolverse señalando algunos títulos que podrían adelantarse como favoritos y certificar así una vez más nuestra escasa puntería en la diana del Palmarés. En la zona alta deberían estar la danesa «Druk», de Thomas Vinterberg, mucho más que excelente; la georgiana «Beginning», de Dea Kulumbegashvili, mucho más que brillante y liosa, y la de Julian Temple, «Crock of Gold», mucho más que musical y extrema. Dos actrices podrían repartirse el premio de interpretación, la también georgiana Ia Sukhitashvili o la joven Amaia Aberasturi que subvierte «Akelarre». Y dos no actores podrían compartir el de interpretación masculina, el indescriptible Shane Macgowan, un volcán en erupción en «Crock of Gold», y el juez que hace de juez en «Sala de Juzgado 3H». Y si se lo dieran a un actor, no podría ser otro que Mads Mikkelsen por «Druck».

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