Mié. Ago 4th, 2021

Cada tarde me despido de la ciudad: Adiós, Plaza Mayor. Adiós, torre de la Catedral, últimas cigüeñas de septiembre, octubre recién estrenado, aldabas de Teresa Gil. Adiós, fuentes inquietas, estatuas solas, otoño incierto, atardeceres que aplastan en rosas mi serenidad. Me despido por si mañana nos levantamos confinados, -aunque los confinamientos siempre son con dos días de preaviso para que todos los irresponsables puedan escaparse a sus segundas residencias y que el coronavirus se expanda por diáspora, que suena más bíblico-.

Ahora que se exigen de forma tan vehemente «criterios comunes», yo me rebelo contra las modas. Porque la política actual consiste en poner un ‘palabro’ en boga y usarlo hasta la saciedad. Que si desescalada, que si regeneración, cogobernanza, Fernando Simón, nueva normalidad y todo así, hasta que alguien acuña una expresión más pueril todavía y se suman todos a ella. Para adoptar palabras inútiles que desvirtúan el castellano resulta que surge rápido la unidad.

Lo llaman criterios comunes, pero es un eufemismo para seguir sin decir nada: como dice Hughes: «vamos a salir majaras». Aquí las decisiones no deberían tomarlas los consejeros de Sanidad, ni siquiera los ministros de Sanidad por mucho que suyas sean las competencias de una pandemia. Y lo digo con todos mis respetos para los que se están matando a trabajar y los que no. Las decisiones deberían tomarlas los presidentes, escuchando a los consejeros y a ser posible a un grupo de expertos que sí exista para variar: expertos en sanidad y necesariamente también en economía… Y de ambas posturas unificar un único criterio, pero los presidentes desde hace tiempo rehúyen la responsabilidad. Cerrar Madrid o Valladolid, o incluso La Mudarra, estaría muy bien si nos contasen cómo vamos a llegar al final de este mes, del que viene y del resto de nuestra vida en un país con una deuda desbocada -que no terminarán de pagar ni nuestros nietos- y un tejido empresarial cada vez más deshilachado.

«La única solución que nos siguen ofreciendo es la medieval: enciérrese en casa», decía ayer Iñaki Ellakuría. Yo con gusto me encierro benedictinamente a orar y laborar, pero que seis meses después no sean capaces de ofrecernos otra solución que no implique volver a dinamitar España demuestra la falta de capacidad. Ahora que tanto se exigen criterios comunes, nos bastaría con que tuvieran criterio, a secas.,
Cada tarde me despido de la ciudad: Adiós, Plaza Mayor. Adiós, torre de la Catedral, últimas cigüeñas de septiembre, octubre recién estrenado, aldabas de Teresa Gil. Adiós, fuentes inquietas, estatuas solas, otoño incierto, atardeceres que aplastan en rosas mi serenidad. Me despido por si mañana nos levantamos confinados, -aunque los confinamientos siempre son con dos días de preaviso para que todos los irresponsables puedan escaparse a sus segundas residencias y que el coronavirus se expanda por diáspora, que suena más bíblico-.

Ahora que se exigen de forma tan vehemente «criterios comunes», yo me rebelo contra las modas. Porque la política actual consiste en poner un ‘palabro’ en boga y usarlo hasta la saciedad. Que si desescalada, que si regeneración, cogobernanza, Fernando Simón, nueva normalidad y todo así, hasta que alguien acuña una expresión más pueril todavía y se suman todos a ella. Para adoptar palabras inútiles que desvirtúan el castellano resulta que surge rápido la unidad.

Lo llaman criterios comunes, pero es un eufemismo para seguir sin decir nada: como dice Hughes: «vamos a salir majaras». Aquí las decisiones no deberían tomarlas los consejeros de Sanidad, ni siquiera los ministros de Sanidad por mucho que suyas sean las competencias de una pandemia. Y lo digo con todos mis respetos para los que se están matando a trabajar y los que no. Las decisiones deberían tomarlas los presidentes, escuchando a los consejeros y a ser posible a un grupo de expertos que sí exista para variar: expertos en sanidad y necesariamente también en economía… Y de ambas posturas unificar un único criterio, pero los presidentes desde hace tiempo rehúyen la responsabilidad. Cerrar Madrid o Valladolid, o incluso La Mudarra, estaría muy bien si nos contasen cómo vamos a llegar al final de este mes, del que viene y del resto de nuestra vida en un país con una deuda desbocada -que no terminarán de pagar ni nuestros nietos- y un tejido empresarial cada vez más deshilachado.

«La única solución que nos siguen ofreciendo es la medieval: enciérrese en casa», decía ayer Iñaki Ellakuría. Yo con gusto me encierro benedictinamente a orar y laborar, pero que seis meses después no sean capaces de ofrecernos otra solución que no implique volver a dinamitar España demuestra la falta de capacidad. Ahora que tanto se exigen criterios comunes, nos bastaría con que tuvieran criterio, a secas.

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