Jue. Feb 25th, 2021

«Una cosa es que tu hijo llore estos días a la puerta del colegio porque lleva seis meses contigo en casa, y otra muy distinta que tu hijo se suela mostrar hipervigilante, más irritable que el resto, tenga mucha facilidad para el enfado, y presente irritabilidad y mucha angustia cada vez que se separa de sus padres», diferencia Rafa Guerrero, psicólogo, autor del libro «Educación Emocional y Apego» y director de Darwim Psicólogos. «Que estén agarrados a la pierna el primer día de colegio es normal. Los niños son inseguros por naturaleza y hay que darles seguridad. Pero si queremos que sean seguros previamente hay que fomentar y crecer en contextos de protección y para eso la infancia es determinante. Por contra, en este segundo caso, probablemente nos encontremos ante el perfil de un menor con un trastorno de “apego inseguro ambivalente”». «Son niños que sufren mucho debido a la manera de vincularse con sus padres y el entorno. Están muy marcados, señalados… y suponen un 15% de la población infantil», remarca este experto.

¿Cómo puede saber un padre si su hijo sufre de apego «inseguro ambivalente»?

Son menores muy nerviosos, con altos niveles de ansiedad, hiperdependientes (o bien del grupo, de mama o de papá, de su mejor amigo, que si no quiere jugar al fútbol el mundo se me viene abajo), hipervigilantes de lo que ocurre, controladores, manipuladores… Hacen lo que sea con tal de conseguir la atención del otro, son «pegajosos» de los demás. Están hiper-actividados, por eso a veces se confunde en ocasiones con el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), porque tienen las amígdalas cerebrales súper actividades. Son muy insistentes con el «mamá, mamá…», y cuando son adolescentes no tienen capacidad para regular sus emociones.

¿Cómo se puede tratar un «inseguro ambivalente»?

Se trata de lograr ese equilibrio que te da una correcta vinculación y al niño una correcta autonomía para poder acercarse y poder alejarse y a ti como padre la capacidad de poder separarse cuando ellos necesitan que te separes para estar solos. ¿Qué ocurre con el ansioso ambivalente? Que no existe esa autonomía, porque hay una vinculación excesiva, que hace que el niño sea super dependiente de los demás y sea muy inseguro… Que pregunte: ¿profe voy bien? No van creciendo en autonomía y se quedan con ese mensaje de que no son capaces de hacer las cosas sin que la profesora les diga que está bien. Tienen una autoestima muy baja, tienen una gran incapacidad para ponerse en el lugar de los otros, porque no son capaces de centrarse en los demás ni de entender que existen otros puntos de vista. Son extremadamente inmaduros. Sienten muchísimo miedo, muchísima rabia… y todo esto les hace vivir en modo «supervivencia».

¿A qué se debe este trastorno?

Son niños cuyos padres son padres muy infantiles, variables, impredecibles, ansiosos o incoherentes en la manera de tratar a sus hijos. En unas ocasiones son capaces de responder la necesidad de su hijo y en otras ocasiones no. Depende de cómo estén ellos mismos en ese momento. Esa variabilidad o ambivalencia genera ansiedad en el niño, que percibe que solo responden a sus necesidades digamos que en un 33% de las veces. O dicho de otro modo, a los ansiosos ambivalentes se les cubren sus necesidades únicamente en una de cada tres ocasiones. Por eso su método de supervivencia consiste en estar pegados a mamá o papá, porque si se dedican a ser autónomos, no les van a hacer caso. Piensan: «si yo me alejo esto de la atención va a ser 1 de cada 7». Por eso están físicamente pegados a papá y a mamá. En principio, el 99% quieren desarrollar un apego seguro a sus hijos. que hagan de estos adultos seguros, empáticos, con capacidades de solucionar sus conflictos, que se puede desenvolver… ¿Qué nos dice la investigación? Que solo el 60 o el 50 por ciento lo consigue. Se nos escapa que la mitad de los que dicen que si quieren no pueden. No es cuestión de querer, es de poder.

¿Qué ocurre con estos niños de adultos?

Pues que la probabilidad de que esa personita se convierta en un adulto sensible, empático, con una autoestima buena, con relaciones sanas y duraderas, y con buena capacidad de regular sus emociones, es muy baja. Y no estamos hablando de llevarles a Disney, sino de necesidades que requieren de padres formados y sensibilizados.

Dice usted que los niños tienen diversos tipos de necesidades, y que los padres atienden muy bien las fisiológicas y de salud (darles de comer, beber, llevarlo al médico) y las coginitivas (saciar su curiosidad, ir mejorando como especies). ¿Cuáles son las que suelen desanter?

En efecto. Hay dos tipos de necesidades en las que los padres suelen flaquear, que son las emocionales y las sociales. En las sociales cometemos el error de castigar a nuestros hijos con su ausencia a eventos sociales: «castigado sin fútbol, sin ballet, sin asistir al cumpleaños del primo…». Esto atenta contra los derechos de su desarrollo normal del menor, porque somos mamíferos y seres sociales y necesitamos socializar. La pandemia de hecho ha puesto sobre la mesa la importancia de la sociabilidad. No podemos castigar y menos sin ir a fútbol, a música o a un cumpleaños. Las consecuencias de esos actos tienen que tener una intencionalidad. Este tipo de castigos en el futuro va a implicar muy probablemente soledad, bajos niveles de empatía y, muy probablemente, un trastorno.

¿Cómo se repara ese trastorno de apego ansioso ambivalente que afecta, según usted, a un 15 por ciento de la población infanto-juvenil?

La única manera de que un niño o un adolescente ansioso ambivalente repare ese apego dañado es acudiendo a terapia con un psicoterapeuta que trabaje lo que ha sucedido en la infancia de esa persona. Pero lo ideal sería que mamá y papá se vinculen con ellos, que los pequeños puedan sentirse seguros porque saben que sus padres están ahí para protegerlos. Que les ofrezcan contextos sanos y seguros donde se puedan relacionar y que fomenten su autonomía desde que son bien pequeños.,
«Una cosa es que tu hijo llore estos días a la puerta del colegio porque lleva seis meses contigo en casa, y otra muy distinta que tu hijo se suela mostrar hipervigilante, más irritable que el resto, tenga mucha facilidad para el enfado, y presente irritabilidad y mucha angustia cada vez que se separa de sus padres», diferencia Rafa Guerrero, psicólogo, autor del libro «Educación Emocional y Apego» y director de Darwim Psicólogos. «Que estén agarrados a la pierna el primer día de colegio es normal. Los niños son inseguros por naturaleza y hay que darles seguridad. Pero si queremos que sean seguros previamente hay que fomentar y crecer en contextos de protección y para eso la infancia es determinante. Por contra, en este segundo caso, probablemente nos encontremos ante el perfil de un menor con un trastorno de “apego inseguro ambivalente”». «Son niños que sufren mucho debido a la manera de vincularse con sus padres y el entorno. Están muy marcados, señalados… y suponen un 15% de la población infantil», remarca este experto.

¿Cómo puede saber un padre si su hijo sufre de apego «inseguro ambivalente»?

Son menores muy nerviosos, con altos niveles de ansiedad, hiperdependientes (o bien del grupo, de mama o de papá, de su mejor amigo, que si no quiere jugar al fútbol el mundo se me viene abajo), hipervigilantes de lo que ocurre, controladores, manipuladores… Hacen lo que sea con tal de conseguir la atención del otro, son «pegajosos» de los demás. Están hiper-actividados, por eso a veces se confunde en ocasiones con el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), porque tienen las amígdalas cerebrales súper actividades. Son muy insistentes con el «mamá, mamá…», y cuando son adolescentes no tienen capacidad para regular sus emociones.

¿Cómo se puede tratar un «inseguro ambivalente»?

Se trata de lograr ese equilibrio que te da una correcta vinculación y al niño una correcta autonomía para poder acercarse y poder alejarse y a ti como padre la capacidad de poder separarse cuando ellos necesitan que te separes para estar solos. ¿Qué ocurre con el ansioso ambivalente? Que no existe esa autonomía, porque hay una vinculación excesiva, que hace que el niño sea super dependiente de los demás y sea muy inseguro… Que pregunte: ¿profe voy bien? No van creciendo en autonomía y se quedan con ese mensaje de que no son capaces de hacer las cosas sin que la profesora les diga que está bien. Tienen una autoestima muy baja, tienen una gran incapacidad para ponerse en el lugar de los otros, porque no son capaces de centrarse en los demás ni de entender que existen otros puntos de vista. Son extremadamente inmaduros. Sienten muchísimo miedo, muchísima rabia… y todo esto les hace vivir en modo «supervivencia».

¿A qué se debe este trastorno?

Son niños cuyos padres son padres muy infantiles, variables, impredecibles, ansiosos o incoherentes en la manera de tratar a sus hijos. En unas ocasiones son capaces de responder la necesidad de su hijo y en otras ocasiones no. Depende de cómo estén ellos mismos en ese momento. Esa variabilidad o ambivalencia genera ansiedad en el niño, que percibe que solo responden a sus necesidades digamos que en un 33% de las veces. O dicho de otro modo, a los ansiosos ambivalentes se les cubren sus necesidades únicamente en una de cada tres ocasiones. Por eso su método de supervivencia consiste en estar pegados a mamá o papá, porque si se dedican a ser autónomos, no les van a hacer caso. Piensan: «si yo me alejo esto de la atención va a ser 1 de cada 7». Por eso están físicamente pegados a papá y a mamá. En principio, el 99% quieren desarrollar un apego seguro a sus hijos. que hagan de estos adultos seguros, empáticos, con capacidades de solucionar sus conflictos, que se puede desenvolver… ¿Qué nos dice la investigación? Que solo el 60 o el 50 por ciento lo consigue. Se nos escapa que la mitad de los que dicen que si quieren no pueden. No es cuestión de querer, es de poder.

¿Qué ocurre con estos niños de adultos?

Pues que la probabilidad de que esa personita se convierta en un adulto sensible, empático, con una autoestima buena, con relaciones sanas y duraderas, y con buena capacidad de regular sus emociones, es muy baja. Y no estamos hablando de llevarles a Disney, sino de necesidades que requieren de padres formados y sensibilizados.

Dice usted que los niños tienen diversos tipos de necesidades, y que los padres atienden muy bien las fisiológicas y de salud (darles de comer, beber, llevarlo al médico) y las coginitivas (saciar su curiosidad, ir mejorando como especies). ¿Cuáles son las que suelen desanter?

En efecto. Hay dos tipos de necesidades en las que los padres suelen flaquear, que son las emocionales y las sociales. En las sociales cometemos el error de castigar a nuestros hijos con su ausencia a eventos sociales: «castigado sin fútbol, sin ballet, sin asistir al cumpleaños del primo…». Esto atenta contra los derechos de su desarrollo normal del menor, porque somos mamíferos y seres sociales y necesitamos socializar. La pandemia de hecho ha puesto sobre la mesa la importancia de la sociabilidad. No podemos castigar y menos sin ir a fútbol, a música o a un cumpleaños. Las consecuencias de esos actos tienen que tener una intencionalidad. Este tipo de castigos en el futuro va a implicar muy probablemente soledad, bajos niveles de empatía y, muy probablemente, un trastorno.

¿Cómo se repara ese trastorno de apego ansioso ambivalente que afecta, según usted, a un 15 por ciento de la población infanto-juvenil?

La única manera de que un niño o un adolescente ansioso ambivalente repare ese apego dañado es acudiendo a terapia con un psicoterapeuta que trabaje lo que ha sucedido en la infancia de esa persona. Pero lo ideal sería que mamá y papá se vinculen con ellos, que los pequeños puedan sentirse seguros porque saben que sus padres están ahí para protegerlos. Que les ofrezcan contextos sanos y seguros donde se puedan relacionar y que fomenten su autonomía desde que son bien pequeños.

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