Vie. Mar 5th, 2021

Inés Arrimadas está sumiendo a Ciudadanos en una suerte de bipolaridad política que empieza a generar una desorientación cada vez más profunda en su propia dirección y entre sectores de su militancia. En un principio, su decidida estrategia de desmarque del «club de la derecha», y su giro progresivo en auxilio de Pedro Sánchez y de Pablo Iglesias para salvar al Gobierno en votaciones decisivas, causaron serias tensiones internas que cuestionaron la «utilidad» real del partido. Pero el diseño de una dirección a su medida, purgas incluidas, y la ausencia de un debate interno mínimamente cohesionado —solo avivado por ex dirigentes fieles a Albert Rivera— fueron diluyendo el shock hasta asumir con resignación que Ciudadanos se haya convertido en un sostén del Ejecutivo.

Sin embargo, los continuos bandazos en la toma de decisiones y diversos episodios de incoherencias han vuelto a descolocar a un partido cada vez más perplejo con el rumbo de Arrimadas. La disposición de Ciudadanos a negociar los presupuestos, incluso asumiendo que Sánchez juega a dos bandas para sumar el apoyo de ERC y de los restos del PDECat, ha sido la última provocación. La dureza con que Ciudadanos ha censurado a Sánchez su veto al Rey en la entrega de diplomas en la Escuela Judicial contrasta con la firmeza con la que Arrimadas sigue defendiendo la negociación con Moncloa. Lo mismo ocurre con la contundente reacción de Arrimadas contra el indulto a los separatistas condenados, o con su frontal oposición a desactivar el delito de sedición con una reforma exprés que garantice la puesta en libertad de los presos.

De poco sirve, cuestionan internamente en ámbitos de Ciudadanos, que la dirección se pregunte «¿a cuántos votos en presupuestos se cotiza cada indulto, señor Sánchez?», o que hable de «mercadeo con la Justicia» para beneficiar a quienes «quieren liquidar España», si después negocian con un Gobierno que cultiva el apoyo del independentismo catalán y del nacionalismo vasco, o que incluso blanquea a Bildu. La paradoja resulta delirante para un partido que ha hecho de una extraña reversibilidad la clave de su supervivencia y la coartada para aumentar su influencia.

La maniobra de Arrimadas es arriesgada, y se extiende en Ciudadanos la teoría de que está siendo utilizada por Sánchez con una profunda deslealtad. Sánchez nunca va a prescindir de ninguno de los partidos que se ofrecen a negociar. Salvo el PP y Vox, todos están en su abanico de preferencias porque aún mantiene intacta la frustración que le supuso convocar elecciones tras el desprecio de ERC a sus presupuestos. Por eso Sánchez apuesta a rojo y negro y fabrica el falso mantra de que solo la derecha se aísla de «pactos democráticos». Sánchez se vende a sí mismo como el único capaz de aunar ideologías tan opuestas como las de Podemos y Ciudadanos, mientras Arrimadas le consiente los gestos y cesiones a ERC.

En el Congreso crece la percepción de que Sánchez maltrata despectivamente a Arrimadas para que, antes o después, sea ella quien renuncie a seguir negociando. De momento, Moncloa no va a romper con nadie y no va a elegir. Ha optado por que los demás partidos se enfrenten entre sí para presentarse como el cemento aglutinador de todos. Ciudadanos ha exigido a Sánchez que elija a unos socios y descarte a los demás; insiste cada día en que no es un partido compatible con el resto –ni siquiera con Podemos-; y cree ingenuamente estar condicionando a la coalición de gobierno. Pero Sánchez no se siente aún en la necesidad de seleccionar socio definitivo. Serán los independentistas o Ciudadanos quienes se desmarquen en su día de Sánchez, y en esta guerra táctica en busca del desgaste ajeno, Moncloa se siente cómoda. Quien se aleje de él será por voluntad propia, y no porque él lo haya marginado.

Buena parte del «actual» Ciudadanos comparte que Arrimadas diseñe un perfil propio diferenciado de Albert Rivera para encontrar su sitio. El partido ya no va a hurtar al PP el liderazgo de la derecha moderada y era imprescindible un viraje estratégico ofreciéndose a Sánchez durante la pandemia con sentido de la responsabilidad institucional. Más aún, el cálculo de Arrimadas a futuro pasa por sacar rédito a un «centrismo reformulado» -una «reinvención de la bisagra»- que encontrará hueco por el enconamiento y la polarización que, a izquierda y derecha, provocan PSOE y PP. Cuestión diferente es que tenga éxito. Y hoy las señales contradictorias que emite no le ayudan… salvo en el CIS.

El riesgo de desnaturalización definitiva del proyecto que lideró Rivera es alto. De momento, Arrimadas no da esa pretendida imagen de «socia externa» capaz de condicionar a Sánchez, sino de ser una herramienta más en manos de Moncloa mientras avanza el proceso de desmontaje del constitucionalismo. La coartada de Arrimadas –demostrar sentido de Estado en los peores momentos de España – solo le habrá sido útil si Sánchez termina desechando a sus socios de moción y de investidura. Cualquier otra alternativa dejaría en evidencia a Ciudadanos.,
Inés Arrimadas está sumiendo a Ciudadanos en una suerte de bipolaridad política que empieza a generar una desorientación cada vez más profunda en su propia dirección y entre sectores de su militancia. En un principio, su decidida estrategia de desmarque del «club de la derecha», y su giro progresivo en auxilio de Pedro Sánchez y de Pablo Iglesias para salvar al Gobierno en votaciones decisivas, causaron serias tensiones internas que cuestionaron la «utilidad» real del partido. Pero el diseño de una dirección a su medida, purgas incluidas, y la ausencia de un debate interno mínimamente cohesionado —solo avivado por ex dirigentes fieles a Albert Rivera— fueron diluyendo el shock hasta asumir con resignación que Ciudadanos se haya convertido en un sostén del Ejecutivo.

Sin embargo, los continuos bandazos en la toma de decisiones y diversos episodios de incoherencias han vuelto a descolocar a un partido cada vez más perplejo con el rumbo de Arrimadas. La disposición de Ciudadanos a negociar los presupuestos, incluso asumiendo que Sánchez juega a dos bandas para sumar el apoyo de ERC y de los restos del PDECat, ha sido la última provocación. La dureza con que Ciudadanos ha censurado a Sánchez su veto al Rey en la entrega de diplomas en la Escuela Judicial contrasta con la firmeza con la que Arrimadas sigue defendiendo la negociación con Moncloa. Lo mismo ocurre con la contundente reacción de Arrimadas contra el indulto a los separatistas condenados, o con su frontal oposición a desactivar el delito de sedición con una reforma exprés que garantice la puesta en libertad de los presos.

De poco sirve, cuestionan internamente en ámbitos de Ciudadanos, que la dirección se pregunte «¿a cuántos votos en presupuestos se cotiza cada indulto, señor Sánchez?», o que hable de «mercadeo con la Justicia» para beneficiar a quienes «quieren liquidar España», si después negocian con un Gobierno que cultiva el apoyo del independentismo catalán y del nacionalismo vasco, o que incluso blanquea a Bildu. La paradoja resulta delirante para un partido que ha hecho de una extraña reversibilidad la clave de su supervivencia y la coartada para aumentar su influencia.

La maniobra de Arrimadas es arriesgada, y se extiende en Ciudadanos la teoría de que está siendo utilizada por Sánchez con una profunda deslealtad. Sánchez nunca va a prescindir de ninguno de los partidos que se ofrecen a negociar. Salvo el PP y Vox, todos están en su abanico de preferencias porque aún mantiene intacta la frustración que le supuso convocar elecciones tras el desprecio de ERC a sus presupuestos. Por eso Sánchez apuesta a rojo y negro y fabrica el falso mantra de que solo la derecha se aísla de «pactos democráticos». Sánchez se vende a sí mismo como el único capaz de aunar ideologías tan opuestas como las de Podemos y Ciudadanos, mientras Arrimadas le consiente los gestos y cesiones a ERC.

En el Congreso crece la percepción de que Sánchez maltrata despectivamente a Arrimadas para que, antes o después, sea ella quien renuncie a seguir negociando. De momento, Moncloa no va a romper con nadie y no va a elegir. Ha optado por que los demás partidos se enfrenten entre sí para presentarse como el cemento aglutinador de todos. Ciudadanos ha exigido a Sánchez que elija a unos socios y descarte a los demás; insiste cada día en que no es un partido compatible con el resto –ni siquiera con Podemos-; y cree ingenuamente estar condicionando a la coalición de gobierno. Pero Sánchez no se siente aún en la necesidad de seleccionar socio definitivo. Serán los independentistas o Ciudadanos quienes se desmarquen en su día de Sánchez, y en esta guerra táctica en busca del desgaste ajeno, Moncloa se siente cómoda. Quien se aleje de él será por voluntad propia, y no porque él lo haya marginado.

Buena parte del «actual» Ciudadanos comparte que Arrimadas diseñe un perfil propio diferenciado de Albert Rivera para encontrar su sitio. El partido ya no va a hurtar al PP el liderazgo de la derecha moderada y era imprescindible un viraje estratégico ofreciéndose a Sánchez durante la pandemia con sentido de la responsabilidad institucional. Más aún, el cálculo de Arrimadas a futuro pasa por sacar rédito a un «centrismo reformulado» -una «reinvención de la bisagra»- que encontrará hueco por el enconamiento y la polarización que, a izquierda y derecha, provocan PSOE y PP. Cuestión diferente es que tenga éxito. Y hoy las señales contradictorias que emite no le ayudan… salvo en el CIS.

El riesgo de desnaturalización definitiva del proyecto que lideró Rivera es alto. De momento, Arrimadas no da esa pretendida imagen de «socia externa» capaz de condicionar a Sánchez, sino de ser una herramienta más en manos de Moncloa mientras avanza el proceso de desmontaje del constitucionalismo. La coartada de Arrimadas –demostrar sentido de Estado en los peores momentos de España – solo le habrá sido útil si Sánchez termina desechando a sus socios de moción y de investidura. Cualquier otra alternativa dejaría en evidencia a Ciudadanos.

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