Lun. Jun 14th, 2021

Por el trasiego en el Ala Oeste de la Casa Blanca en las primeras horas de la mañana del viernes, nadie diría que el presidente había dado positivo en la prueba de coronavirus horas antes y padecía síntomas leves. Los accesos seguían abiertos, los altos funcionarios en un constante ir y venir típico de una mañana normal; más en campaña electoral, cuando la agenda del presidente suele estar más repleta de lo habitual. La situación, sin embargo, era insólita: todo un presidente que se juega la reelección en un mes, en cuarentena por haber caído víctima de la pandemia.

La cara de preocupación de su jefe de gabinete lo decía todo. Mark Meadows se acercó a los medios que montaban guardia ante la entrada principal al Ala Oeste, que al estar Trump ausente de ella no está custodiada por un Marine. «Presenta síntomas, leves, y el médico le atiende en su residencia, que es donde está», dijo a los periodistas Meadows, quien, como muchos otros funcionarios no llevaba máscara, a pesar de haber estado en estrecho contacto con el presidente a diario. «Me he hecho la prueba y es negativa, no es necesaria máscara», dijo, frente a unos periodistas que hacían equilibrismo para escucharle desde lejos.

«Tenemos afortunadamente a un presidente que sigue haciendo su trabajo, que lo va a seguir haciendo, y soy optimista, creo que va a tener una recuperación pronta», añadió Meadows al ser preguntado por la agenda de Trump. Sin embargo, minutos después un portavoz comunicó que toda la agenda del viernes quedaba cancelada, incluso una intervención telefónica a las 12.15 «en apoyo a las personas mayores mayores vulnerables por el Covid-19». Las tornas se invirtieron. El vicepresidente Mike Pence participó en esa llamada con personas mayores, y les dijo: «El presidente se encuentra bien, gracias por su apoyo».

La situación era ciertamente caótica, extraña. El nerviosismo, palpable. Trump no es un presidente dado a delegar. Es muy activo, se presenta en reuniones, está muy presente en estos pasillos, mucho más que sus antecesores, improvisando ruedas de prensa cuando puede, casi a diario. Su agenda es a veces infernal, repleta de viajes de ida y vuelta de miles de kilómetros en un solo día, con visitas al campo de golf los fines de semana. Y ayer, de improviso, él y su mujer eran cautivos del virus, recluidos en sus dependencias, sin poder ni siquiera asomarse a unos ventanales constantemente escrutados por los fotógrafos a pie de calle.

Además, por fin, y tras meses de resistencias, este viernes sí se veían muchas más máscaras de la habituales entre los empleados de este complejo presidencial, a pesar de la negativa del jefe de gabinete a lucir una. El problema era: ¿Qué hacer, por primera vez, sin un presidente acostumbrado a dar casi todas las directrices, aunque fuera por Twitter? ¿Qué hacer el día que por primera vez, en más de 12 horas, el jefe guardaba silencio hasta en esa red social?

La prioridad de los empleados de la presidencia era claramente aparentar que todo sigue igual, que Trump, de 74 años y en grupo de riesgo, sigue en control de la situación, cumpliendo sus funciones de gobierno. El coordinador económico de la Casa Blanca, Larry Kudlow, quien tampoco llevaba máscara, se acercó a los medios y comenzó a hablar de cifras de ventas de coches, el rescate de las aerolíneas y otros temas que parecían propios de una época lejana. Lógicamente la prensa le pidió que evaluara los efectos de la infección de Trump sobre la economía. Respondió escuetamente —«no creo que tenga ninguno»— y se alejó, con paso rápido, casi tropezando.

De todos modos —y ese es el motivo real de este evidente nerviosismo en las primeras horas de cuarentena de Trump— los actos de campaña han quedado anulados. La agenda del presidente que fue enviada a la prensa el jueves por la noche tenía 14 puntos, incluida una reunión con donantes en su hotel aquí en Washington y un viaje relámpago a Florida para un multitudinario mitin. Todo eso se ha caído, como todo lo que está en el horizonte en los próximo días, si no semanas.

El positivo de Trump, por cierto, también causó nerviosismo entre los periodistas que le siguen. Tres de ellos dieron positivo ayer, y la Casa Blanca comenzó a hacer pruebas, uno a uno, a aquellos que hayan estado en contacto con los contagiados.,
Por el trasiego en el Ala Oeste de la Casa Blanca en las primeras horas de la mañana del viernes, nadie diría que el presidente había dado positivo en la prueba de coronavirus horas antes y padecía síntomas leves. Los accesos seguían abiertos, los altos funcionarios en un constante ir y venir típico de una mañana normal; más en campaña electoral, cuando la agenda del presidente suele estar más repleta de lo habitual. La situación, sin embargo, era insólita: todo un presidente que se juega la reelección en un mes, en cuarentena por haber caído víctima de la pandemia.

La cara de preocupación de su jefe de gabinete lo decía todo. Mark Meadows se acercó a los medios que montaban guardia ante la entrada principal al Ala Oeste, que al estar Trump ausente de ella no está custodiada por un Marine. «Presenta síntomas, leves, y el médico le atiende en su residencia, que es donde está», dijo a los periodistas Meadows, quien, como muchos otros funcionarios no llevaba máscara, a pesar de haber estado en estrecho contacto con el presidente a diario. «Me he hecho la prueba y es negativa, no es necesaria máscara», dijo, frente a unos periodistas que hacían equilibrismo para escucharle desde lejos.

«Tenemos afortunadamente a un presidente que sigue haciendo su trabajo, que lo va a seguir haciendo, y soy optimista, creo que va a tener una recuperación pronta», añadió Meadows al ser preguntado por la agenda de Trump. Sin embargo, minutos después un portavoz comunicó que toda la agenda del viernes quedaba cancelada, incluso una intervención telefónica a las 12.15 «en apoyo a las personas mayores mayores vulnerables por el Covid-19». Las tornas se invirtieron. El vicepresidente Mike Pence participó en esa llamada con personas mayores, y les dijo: «El presidente se encuentra bien, gracias por su apoyo».

La situación era ciertamente caótica, extraña. El nerviosismo, palpable. Trump no es un presidente dado a delegar. Es muy activo, se presenta en reuniones, está muy presente en estos pasillos, mucho más que sus antecesores, improvisando ruedas de prensa cuando puede, casi a diario. Su agenda es a veces infernal, repleta de viajes de ida y vuelta de miles de kilómetros en un solo día, con visitas al campo de golf los fines de semana. Y ayer, de improviso, él y su mujer eran cautivos del virus, recluidos en sus dependencias, sin poder ni siquiera asomarse a unos ventanales constantemente escrutados por los fotógrafos a pie de calle.

Además, por fin, y tras meses de resistencias, este viernes sí se veían muchas más máscaras de la habituales entre los empleados de este complejo presidencial, a pesar de la negativa del jefe de gabinete a lucir una. El problema era: ¿Qué hacer, por primera vez, sin un presidente acostumbrado a dar casi todas las directrices, aunque fuera por Twitter? ¿Qué hacer el día que por primera vez, en más de 12 horas, el jefe guardaba silencio hasta en esa red social?

La prioridad de los empleados de la presidencia era claramente aparentar que todo sigue igual, que Trump, de 74 años y en grupo de riesgo, sigue en control de la situación, cumpliendo sus funciones de gobierno. El coordinador económico de la Casa Blanca, Larry Kudlow, quien tampoco llevaba máscara, se acercó a los medios y comenzó a hablar de cifras de ventas de coches, el rescate de las aerolíneas y otros temas que parecían propios de una época lejana. Lógicamente la prensa le pidió que evaluara los efectos de la infección de Trump sobre la economía. Respondió escuetamente —«no creo que tenga ninguno»— y se alejó, con paso rápido, casi tropezando.

De todos modos —y ese es el motivo real de este evidente nerviosismo en las primeras horas de cuarentena de Trump— los actos de campaña han quedado anulados. La agenda del presidente que fue enviada a la prensa el jueves por la noche tenía 14 puntos, incluida una reunión con donantes en su hotel aquí en Washington y un viaje relámpago a Florida para un multitudinario mitin. Todo eso se ha caído, como todo lo que está en el horizonte en los próximo días, si no semanas.

El positivo de Trump, por cierto, también causó nerviosismo entre los periodistas que le siguen. Tres de ellos dieron positivo ayer, y la Casa Blanca comenzó a hacer pruebas, uno a uno, a aquellos que hayan estado en contacto con los contagiados.

Por