Lun. Ago 2nd, 2021

Aquel sábado 7 de septiembre de 2013, cuando el Comité Olímpico Internacional (COI) escogió a Tokio como sede de los Juegos de 2020, Madrid sufrió una nueva derrota y España perdió las esperanzas que había puesto en tal colosal evento para salir de la crisis financiera global que había estallado cinco años antes. Para Japón, que festejó la elección como si le hubiera tocado la lotería, los Juegos le brindaban la oportunidad de remontar su alicaída economía, renqueante desde finales de los 90. Ocho años después, aquella suerte se ha vuelto una maldición y los Juegos Olímpicos de Tokio son un regalo envenenado por culpa de la maldita pandemia.

Todo lo que podía salir mal a la organización ha salido mal, o peor, porque el panorama no ha cambiado en las últimas fechas. Además de su aplazamiento durante un año, su celebración coincide con un repunte del coronavirus en Japón que ha obligado a declarar el cuarto de estado de emergencia en Tokio y a vaciar de público los estadios. Aunque los contagios son diez veces menos que en España y se están extremando las medidas de seguridad, los japoneses temen un estallido de la epidemia por la llegada de 18.000 atletas, miembros de comités olímpicos y periodistas venidos de todo el mundo.

Los esfuerzos del COI y el gobierno japonés por ofrecer garantías en cuanto a seguridad y control de la pandemia para ofrecer unos Juegos seguros no han evitado el temor que existe hoy en día entre la población de Tokio, principalmente, aunque la preocupación se extiende a todo el país. Las encuestas han mostrado una oposición a los Juegos por encima del 80%, inédita en la historia olímpica, y la más reciente dice que el 68% de los japoneses no cree que los organizadores controlarán las infecciones.

Rechazo al primer ministro
Mientras, la insistencia por sacar los Juegos adelante ha hundido la aceptación del primer ministro, Yoshihide Suga, hasta el 35%, a quien achacan que se ha plegado por completo a los deseos del Comité Olímpico Internacional por organizar un evento fundamental para su economía en tanto deja de lado los problemas sanitarios del país.

A Suga también se le castiga por la lentitud en la campaña de vacunación y aunque Japón no es ni de lejos el país más golpeado por el coronavirus, el repunte de casos ha llevado a decretar el estado de emergencia en Tokio y la población también mira con recelo a los Juegos por otro aspecto relacionado con la salud: teme que el desarrollo del evento absorba los recursos médicos que demanda la última ola.

Pero no solo los japoneses dan la espalda a sus propios Juegos. Tampoco los principales patrocinadores del evento, que se debaten en dar imagen de sobriedad y solidaridad con la población y la caída del interés en su apuesta, ya que el hecho de ser a puerta cerrada obliga a replantear su estrategia de publicidad. La primera gran empresa asociada a los Juegos que tomó ese camino fue Toyota, que el lunes explicó que cancelaría en la televisión sus anuncios relacionados con Tokio 2020 y que su presidente Akio Toyoda no estaría presente en la ceremonia inaugural del viernes.

Otros patrocinadores
La misma decisión tomó ayer Panasonic, quien no enviará ejecutivos al acto del viernes. «Después de la prohibición de espectadores, llegamos a la conclusión de que solo deberíamos enviar a las sedes al personal que sea indispensable para operar los Juegos», dijo un representante de la empresa. Los altos ejecutivos de Fujitsu y el proveedor de telecomunicaciones NTT tampoco asistirán a la ceremonia del viernes, uniéndose al grupo de bebidas Asahi en su postura de alejarse de los Juegos y que no les afecte una más que posible publicidad negativa en caso de mantenerse junto al Gobierno y al COI.

Mientras tanto, los organizadores no ven el momento en el que el deporte tome la palabra y desvíe la atención de un evento que suma disgusto tras disgusto. Y no solo por culpa de la pandemia. También por las dimisiones que han afectado desde el anterior presidente del comité organizador, Yoshiro Mori, al director de la ceremonia Hiroshi Sasaki, pasando por el compositor Cornelius, quien presentó su renuncia a cinco días de la inauguración y por el ministro de deportes de Japón Hakubun Shimomura, cuando en los primeros pasos del ambicioso proyecto que presentó el país se vio envuelto en los casos de plagio del logo y en el rechazo absoluto al primer diseño del estadio.

T ras una agria polémica, el Comité Organizador se vio obligado a retirar el logotipo olímpico por su excesivo parecido con otros emblemas, lo que despertó acusaciones de plagio. Y en cuanto al estadio olímpico, el diseño de la prestigiosa arquitecta anglo-iraquí Zaha Hadid se vino abajo por su abultado presupuesto (unos 1.940 millones de euros por los 1.000 que ha costado el definitivo) y las burlas generalizadas entre el público por su diseño, que fue comparado con un casco de ciclista, un váter, un tanque o incluso un elefante blanco.,
Aquel sábado 7 de septiembre de 2013, cuando el Comité Olímpico Internacional (COI) escogió a Tokio como sede de los Juegos de 2020, Madrid sufrió una nueva derrota y España perdió las esperanzas que había puesto en tal colosal evento para salir de la crisis financiera global que había estallado cinco años antes. Para Japón, que festejó la elección como si le hubiera tocado la lotería, los Juegos le brindaban la oportunidad de remontar su alicaída economía, renqueante desde finales de los 90. Ocho años después, aquella suerte se ha vuelto una maldición y los Juegos Olímpicos de Tokio son un regalo envenenado por culpa de la maldita pandemia.

Todo lo que podía salir mal a la organización ha salido mal, o peor, porque el panorama no ha cambiado en las últimas fechas. Además de su aplazamiento durante un año, su celebración coincide con un repunte del coronavirus en Japón que ha obligado a declarar el cuarto de estado de emergencia en Tokio y a vaciar de público los estadios. Aunque los contagios son diez veces menos que en España y se están extremando las medidas de seguridad, los japoneses temen un estallido de la epidemia por la llegada de 18.000 atletas, miembros de comités olímpicos y periodistas venidos de todo el mundo.

Los esfuerzos del COI y el gobierno japonés por ofrecer garantías en cuanto a seguridad y control de la pandemia para ofrecer unos Juegos seguros no han evitado el temor que existe hoy en día entre la población de Tokio, principalmente, aunque la preocupación se extiende a todo el país. Las encuestas han mostrado una oposición a los Juegos por encima del 80%, inédita en la historia olímpica, y la más reciente dice que el 68% de los japoneses no cree que los organizadores controlarán las infecciones.

Rechazo al primer ministro
Mientras, la insistencia por sacar los Juegos adelante ha hundido la aceptación del primer ministro, Yoshihide Suga, hasta el 35%, a quien achacan que se ha plegado por completo a los deseos del Comité Olímpico Internacional por organizar un evento fundamental para su economía en tanto deja de lado los problemas sanitarios del país.

A Suga también se le castiga por la lentitud en la campaña de vacunación y aunque Japón no es ni de lejos el país más golpeado por el coronavirus, el repunte de casos ha llevado a decretar el estado de emergencia en Tokio y la población también mira con recelo a los Juegos por otro aspecto relacionado con la salud: teme que el desarrollo del evento absorba los recursos médicos que demanda la última ola.

Pero no solo los japoneses dan la espalda a sus propios Juegos. Tampoco los principales patrocinadores del evento, que se debaten en dar imagen de sobriedad y solidaridad con la población y la caída del interés en su apuesta, ya que el hecho de ser a puerta cerrada obliga a replantear su estrategia de publicidad. La primera gran empresa asociada a los Juegos que tomó ese camino fue Toyota, que el lunes explicó que cancelaría en la televisión sus anuncios relacionados con Tokio 2020 y que su presidente Akio Toyoda no estaría presente en la ceremonia inaugural del viernes.

Otros patrocinadores
La misma decisión tomó ayer Panasonic, quien no enviará ejecutivos al acto del viernes. «Después de la prohibición de espectadores, llegamos a la conclusión de que solo deberíamos enviar a las sedes al personal que sea indispensable para operar los Juegos», dijo un representante de la empresa. Los altos ejecutivos de Fujitsu y el proveedor de telecomunicaciones NTT tampoco asistirán a la ceremonia del viernes, uniéndose al grupo de bebidas Asahi en su postura de alejarse de los Juegos y que no les afecte una más que posible publicidad negativa en caso de mantenerse junto al Gobierno y al COI.

Mientras tanto, los organizadores no ven el momento en el que el deporte tome la palabra y desvíe la atención de un evento que suma disgusto tras disgusto. Y no solo por culpa de la pandemia. También por las dimisiones que han afectado desde el anterior presidente del comité organizador, Yoshiro Mori, al director de la ceremonia Hiroshi Sasaki, pasando por el compositor Cornelius, quien presentó su renuncia a cinco días de la inauguración y por el ministro de deportes de Japón Hakubun Shimomura, cuando en los primeros pasos del ambicioso proyecto que presentó el país se vio envuelto en los casos de plagio del logo y en el rechazo absoluto al primer diseño del estadio.

T ras una agria polémica, el Comité Organizador se vio obligado a retirar el logotipo olímpico por su excesivo parecido con otros emblemas, lo que despertó acusaciones de plagio. Y en cuanto al estadio olímpico, el diseño de la prestigiosa arquitecta anglo-iraquí Zaha Hadid se vino abajo por su abultado presupuesto (unos 1.940 millones de euros por los 1.000 que ha costado el definitivo) y las burlas generalizadas entre el público por su diseño, que fue comparado con un casco de ciclista, un váter, un tanque o incluso un elefante blanco.

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