Lun. Jun 14th, 2021

«Pesadilla en la Casa Blanca»; «Gran irresponsable: VIP»; «Nadie es inmune»; «La isla de los contagios»; «Washington Shore»; «Operación Pandemia»; «Hotel Covid»; «Master contagiador»; «El virus infiltrado»; «Supervivientes»; «Donald y Melania»; «Sálvame Twitter»; «Mira qué pandemia»; «Cuarentena Express»; «Queer mascarilla»; «Adivina quién da positivo esta noche»; «Mujeres y hombres y carga vírica»…

Como no podía ser de otra forma con Donald Trump –que ya utilizó las catorce temporadas de su popular programa «El aprendiz» en la cadena NBC como precampaña para su salto a la Casa Blanca– su enfermedad ha terminado por convertirse en un patético reality show. Desde la tardía confirmación de su diagnóstico, el presidente ha contraprogramado su tratamiento por el Covid-19 produciendo su propio culebrón televisivo tan sorprendente como mentiroso.

En su electoralista intento de controlar la realidad a través de imágenes, el guión de Trump se ha basado en su convicción de que enfermedad es sinónimo de debilidad. Y para no desentonar con su personaje hiperbólico cuajado de vigoroso y casposo machismo, el episodio culminante hasta la fecha ha sido su paseíto de 14 minutos por los alrededores del hospital militar de Washington donde fue ingresado al presentar irónicas dificultades respiratorias (I can’t breath). Una corona-cabalgata a bordo de un vehículo no solo blindado sino herméticamente sellado contra posibles ataques químicos.

Dentro de la irresponsable tele-realidad de «First Trump», los escoltas del Servicio Secreto son poco más que atrezzo desechable. Y el protocolo que exige el total aislamiento de un contagiado por Covid-19 se convierte en algo opcional. Como opcional ha sido para Donald Trump la mascarilla, la cuarentena, la distancia social y tomarse en serio el letal virus que ya ha costado la vida a más de 210.000 de sus compatriotas.

En cualquier caso, Estados Unidos (y un poco también el resto del mundo) necesitan una pronta recuperación de Trump. Ni el impeachment ni el Covid son soluciones aceptables para el gravísimo problema político y la decadencia democrática que este país solamente puede solucionar en las urnas.,
«Pesadilla en la Casa Blanca»; «Gran irresponsable: VIP»; «Nadie es inmune»; «La isla de los contagios»; «Washington Shore»; «Operación Pandemia»; «Hotel Covid»; «Master contagiador»; «El virus infiltrado»; «Supervivientes»; «Donald y Melania»; «Sálvame Twitter»; «Mira qué pandemia»; «Cuarentena Express»; «Queer mascarilla»; «Adivina quién da positivo esta noche»; «Mujeres y hombres y carga vírica»…

Como no podía ser de otra forma con Donald Trump –que ya utilizó las catorce temporadas de su popular programa «El aprendiz» en la cadena NBC como precampaña para su salto a la Casa Blanca– su enfermedad ha terminado por convertirse en un patético reality show. Desde la tardía confirmación de su diagnóstico, el presidente ha contraprogramado su tratamiento por el Covid-19 produciendo su propio culebrón televisivo tan sorprendente como mentiroso.

En su electoralista intento de controlar la realidad a través de imágenes, el guión de Trump se ha basado en su convicción de que enfermedad es sinónimo de debilidad. Y para no desentonar con su personaje hiperbólico cuajado de vigoroso y casposo machismo, el episodio culminante hasta la fecha ha sido su paseíto de 14 minutos por los alrededores del hospital militar de Washington donde fue ingresado al presentar irónicas dificultades respiratorias (I can’t breath). Una corona-cabalgata a bordo de un vehículo no solo blindado sino herméticamente sellado contra posibles ataques químicos.

Dentro de la irresponsable tele-realidad de «First Trump», los escoltas del Servicio Secreto son poco más que atrezzo desechable. Y el protocolo que exige el total aislamiento de un contagiado por Covid-19 se convierte en algo opcional. Como opcional ha sido para Donald Trump la mascarilla, la cuarentena, la distancia social y tomarse en serio el letal virus que ya ha costado la vida a más de 210.000 de sus compatriotas.

En cualquier caso, Estados Unidos (y un poco también el resto del mundo) necesitan una pronta recuperación de Trump. Ni el impeachment ni el Covid son soluciones aceptables para el gravísimo problema político y la decadencia democrática que este país solamente puede solucionar en las urnas.

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