Lun. Ago 2nd, 2021

LAUSANA, Suiza
En nuestra querida Argentina siempre pasaron cosas raras. Amigos y conocidos europeos con quienes comparto mi vida diaria no consiguen entender, por más que me esfuerce en explicarles desde hace 21 años, lo que sucede en mi tierra natal. No entienden desde la hiperinflación o el corralito y la forma en que se quedaron con los ahorros depositados en los bancos hasta el derrotero de impunidad de los atentados de la embajada de Israel y la AMIA, pasando por la corrupción inédita de la política argentina. El suizo o el francés promedio no terminan de creer lo que les cuento.
No hay duda de que la maquinaria socioinstitucional está trabada, ha dejado de fluir. O dicho de otra manera, no conseguimos leer, interpretar nuestro mundo. Ya no sabemos lo que nos dicen las cosas con las que entramos en relación, vivimos en medio de un ruido difuso, entrecortado. Si el mundo puede ser considerado como un conjunto o una red de significaciones que colaboramos en tejer, los elementos que constituyen la red de la Argentina no reenvían a nada preestablecido, esperable, comprensible. El sistema no funciona; más bien, complica, enturbia, enferma. Así, la cotidianidad se ha ido transformando en un problema, en una preocupación constante que petrifica. Los gestos, las conductas, las decisiones individuales terminan por hundirse en la dispersión, alienación, ajetreo, todos síntomas de la acción desenfrenada por la supervivencia.
La pandemia de Covid irrumpió en esta realidad, y la clase política siguió haciendo de las suyas: ¡se robaron las vacunas! Amantes de funcionarios de turno, choferes, familiares, asistentes de políticos y jóvenes militantes que creen en un modo de hacer política que ellos mismos bastardean se sirvieron de un bien escaso que hubiera podido mantener en vida a otros muchos.
Si la muerte de uno, la propia muerte, logra ser asumida, es porque observamos que a nuestro alrededor los demás mueren. La antropología llegó hace tiempo a la conclusión que la muerte de los otros y el duelo que experimentamos, productor de ritos funerarios, se encuentra en la base de lo que hemos dado en llamar cultura. Ahora bien, coincido con André Comte-Sponville en que ni la higiene ni la salud deban ser los valores supremos de una sociedad. El filósofo francés, de 68 años, se pregunta hasta dónde tiene sentido intentar salvar a nuestros ancianos a cualquier costo. Le preocupan los jóvenes. Serán ellos quienes pagarán el precio de la crisis económica producida por los repetidos confinamientos. La tasa de tentativas de suicidios de los adolescentes en Francia ha aumentado considerablemente y los expertos señalan las secuelas de la interrupción de nuestras libertades. Comte-Sponville deplora el panmedicalismo, la ideología que le atribuye a la medicina un poder absoluto. Hay una civilización que está naciendo que considera la salud un valor supremo. Voltaire se reía al decir, con ironía: “Decidí ser feliz, porque es bueno para la salud.” Antiguamente, la salud era un medio para alcanzar la felicidad. “¡Hoy la hemos transformado en el valor supremo y la felicidad sería el medio!”, dice Sponville. En consecuencia, la medicina termina ocupándose no solo de lo que le concierne, gestionar nuestras enfermedades, sino también de organizar nuestras vidas y nuestra sociedad.
Pero la cuestión a tener en cuenta aquí no es solo el hecho de la muerte, el dejar de existir, sino la forma en que acontece. No hay duda de que está lejos de ser deseable morir ahogado en una cama de hospital boca abajo sin ningún ser querido cerca de quien despedirnos. Justamente por eso, porque tenemos en cuenta la experiencia abismal que implica morir de ese modo, no podemos dejar de considerar que se robaron las vacunas. En el torbellino de una actualidad hiriente que tiende a impedir la libre reflexión, no queda del todo claro si el argentino ha terminado de entender lo que significa este hecho repetido, generalizado, que hasta parece haber sido planificado. ¿Se puede caer más bajo? ¿Puede la política, nuestros políticos, incurrir en un acto semejante? ¿Cómo se hace para considerar lo que está pasando sin tirar la toalla, aun ante tanta hostilidad?
Si como dice Holderlin “allí donde crece el peligro, crece también lo que salva” podríamos quizás, frente al inminente peligro, todavía, no perder toda esperanza.
El autor es filósofo DEA UNED Madrid; licenciado en Derecho y Ciencias Políticas (UCA),

LAUSANA, Suiza

En nuestra querida Argentina siempre pasaron cosas raras. Amigos y conocidos europeos con quienes comparto mi vida diaria no consiguen entender, por más que me esfuerce en explicarles desde hace 21 años, lo que sucede en mi tierra natal. No entienden desde la hiperinflación o el corralito y la forma en que se quedaron con los ahorros depositados en los bancos hasta el derrotero de impunidad de los atentados de la embajada de Israel y la AMIA, pasando por la corrupción inédita de la política argentina. El suizo o el francés promedio no terminan de creer lo que les cuento.

No hay duda de que la maquinaria socioinstitucional está trabada, ha dejado de fluir. O dicho de otra manera, no conseguimos leer, interpretar nuestro mundo. Ya no sabemos lo que nos dicen las cosas con las que entramos en relación, vivimos en medio de un ruido difuso, entrecortado. Si el mundo puede ser considerado como un conjunto o una red de significaciones que colaboramos en tejer, los elementos que constituyen la red de la Argentina no reenvían a nada preestablecido, esperable, comprensible. El sistema no funciona; más bien, complica, enturbia, enferma. Así, la cotidianidad se ha ido transformando en un problema, en una preocupación constante que petrifica. Los gestos, las conductas, las decisiones individuales terminan por hundirse en la dispersión, alienación, ajetreo, todos síntomas de la acción desenfrenada por la supervivencia.

La pandemia de Covid irrumpió en esta realidad, y la clase política siguió haciendo de las suyas: ¡se robaron las vacunas! Amantes de funcionarios de turno, choferes, familiares, asistentes de políticos y jóvenes militantes que creen en un modo de hacer política que ellos mismos bastardean se sirvieron de un bien escaso que hubiera podido mantener en vida a otros muchos.

Si la muerte de uno, la propia muerte, logra ser asumida, es porque observamos que a nuestro alrededor los demás mueren. La antropología llegó hace tiempo a la conclusión que la muerte de los otros y el duelo que experimentamos, productor de ritos funerarios, se encuentra en la base de lo que hemos dado en llamar cultura. Ahora bien, coincido con André Comte-Sponville en que ni la higiene ni la salud deban ser los valores supremos de una sociedad. El filósofo francés, de 68 años, se pregunta hasta dónde tiene sentido intentar salvar a nuestros ancianos a cualquier costo. Le preocupan los jóvenes. Serán ellos quienes pagarán el precio de la crisis económica producida por los repetidos confinamientos. La tasa de tentativas de suicidios de los adolescentes en Francia ha aumentado considerablemente y los expertos señalan las secuelas de la interrupción de nuestras libertades. Comte-Sponville deplora el panmedicalismo, la ideología que le atribuye a la medicina un poder absoluto. Hay una civilización que está naciendo que considera la salud un valor supremo. Voltaire se reía al decir, con ironía: “Decidí ser feliz, porque es bueno para la salud.” Antiguamente, la salud era un medio para alcanzar la felicidad. “¡Hoy la hemos transformado en el valor supremo y la felicidad sería el medio!”, dice Sponville. En consecuencia, la medicina termina ocupándose no solo de lo que le concierne, gestionar nuestras enfermedades, sino también de organizar nuestras vidas y nuestra sociedad.

Pero la cuestión a tener en cuenta aquí no es solo el hecho de la muerte, el dejar de existir, sino la forma en que acontece. No hay duda de que está lejos de ser deseable morir ahogado en una cama de hospital boca abajo sin ningún ser querido cerca de quien despedirnos. Justamente por eso, porque tenemos en cuenta la experiencia abismal que implica morir de ese modo, no podemos dejar de considerar que se robaron las vacunas. En el torbellino de una actualidad hiriente que tiende a impedir la libre reflexión, no queda del todo claro si el argentino ha terminado de entender lo que significa este hecho repetido, generalizado, que hasta parece haber sido planificado. ¿Se puede caer más bajo? ¿Puede la política, nuestros políticos, incurrir en un acto semejante? ¿Cómo se hace para considerar lo que está pasando sin tirar la toalla, aun ante tanta hostilidad?

Si como dice Holderlin “allí donde crece el peligro, crece también lo que salva” podríamos quizás, frente al inminente peligro, todavía, no perder toda esperanza.

El autor es filósofo DEA UNED Madrid; licenciado en Derecho y Ciencias Políticas (UCA)

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