Mar. Jun 22nd, 2021

En el año 672 murió en sus parajes el monarca godo Recesvinto y fue allí mismo donde se eligió a su sucesor, un noble llamado Wamba. Es un capítulo más de la historia marcada por el crisol cultural que se ha asentado sobre la Península pero que en este enclave dejó una particular huella que ha perdurado hasta nuestros días. Y es que aquel nuevo rey dio nombre al que a día de hoy por este hito de su pasado es el único municipio de España que empieza por «W».

A la sombra de los Montes Torozos, a escasos 20 kilómetros de la capital vallisoletana, Wamba es un oasis singular en el que, además del nombre, la diferencia la marca también el mayor reclamo turístico que recala en sus calles, un osario con ciento de calaveras que se esconden entre los muros de la iglesia de Santa María.

«Como te ves, yo me vi, como me ves te verás. Todo acaba en esto aquí. Piénsalo y no pecarás». Es la frase que se puede leer en el cubículo en el que se apilan calaveras y restos óseos (básicamente fémures) que se conservan desde la Edad Media. Aunque ahora rondan las 2.000, antiguamente llegaron a ser el triple y cubrían toda la bóveda de este reducido, sobrecogedor y silencioso espacio que advierte a los visitantes de que lo que ven es aquello que tarde o temprano serán. Lo hace a través de sus protagonistas, entre los que incluso es apreciable algún cráneo que esboza una carcajada para deleite del visitante de este tétrico espacio en el que asimilar el destino irremediable del ser humano.

Se cree que el origen del Osario de Wamba fue a modo de relicario de los frailes, pero entre los restos se han documentado también algunos correspondientes a mujeres y niños. La hipótesis que cobra fuerza en el pueblo es que llegaron allí tras vaciarse el camposanto de la zona. Sea como fuere, en los años cincuenta sus huéspedes se redujeron después de que Gregorio Marañón cargara dos camiones para utilizarlos en las prácticas con estudiantes de medicina.

El osario completa la visita por el elemento arquitectónico más relevante del municipio, que es una de las pocas iglesias que todavía pueblan España de estilo mozárabe y en la que conviven distintos estilos arquitectónicos que se entremezclan incluso en algunos puntos. La cabecera y crucero corresponden a un edificio mozárabe y el cuerpo es románico fruto de una posterior ampliación y conserva, además, detalles visigodos. Destacables son sus arcos de herradura, el retablo de un nicho funerario de estilo flamenco realizado con oro y plata, el singular «árbol de la vida» que representa una bóveda de palmera y los curiosos y bien ornamentados capiteles que relatan desde episodios bíblicos a oficios. Para adentrarse en sus recovecos se realizan visitas guiadas.

Del convento que antaño estuvo adosado al templo se conservan algunas de las paredes que se franqueaban desde el claustro para acceder a los pasillos que conducían a las dependencias. Pero la huella de la Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén que las hospedaron se aprecia en todo el templo conservado en forma de su característica cruz.

En un recorrido por este coqueto pueblo de en torno a 300 habitantes se encuentran también varias ermitas y una estatua en la que se erige el mismísimo Wamba, aquel rey de la larga lista de monarcas godos que de memorieta se aprendía en las escuelas. El mismo que, en principio, no quería acceder al trono alegando una elevada edad y el mismo al que una conjura le apartó de él, tras serle administrado un narcótico que le hizo parecer moribundo, recibiendo el sacramento que obligaba entonces a apartarse de la vida pública. Aunque recuperó su salud fue obligado a tomar los hábitos y moriría siete años después en un monasterio de Pampliega (Burgos).

La oferta turística de Wamba incluye además una vertiente gastronómica, protagonizada por productos resultantes de la matanza, y otra natural, con varias opciones de senderismo por el Valle del Hornija o una tranquila jornada en el merendero junto a la carretera a Valladolid.

Señalización del Camino de Santiago en Wamba – F. HERAS
En la ruta a Santiago
En un paseo por la calles de Wamba será fácil toparse con las características conchas y flechas amarillas que marcan los pasos hacia Santiago de Compostela. En concreto, esta localidad vallisoletana se enclava en el Camino de Madrid, que atraviesa Castilla y León de sur a norte arrancando en la capital de España para enlazar en Sahagún con el Camino Francés. Los Montes Torozos, un páramo verde que se eleva sobre los campos de Castilla, constituye una interesante etapa de este itinerario que en la provincia de Valladolid sigue el rastro de viejas calzadas romanas y caminos tradicionales que unían el centro de la península con el norte en puntos como Simancas o el puente de la ermita de Sieteiglesias.,
En el año 672 murió en sus parajes el monarca godo Recesvinto y fue allí mismo donde se eligió a su sucesor, un noble llamado Wamba. Es un capítulo más de la historia marcada por el crisol cultural que se ha asentado sobre la Península pero que en este enclave dejó una particular huella que ha perdurado hasta nuestros días. Y es que aquel nuevo rey dio nombre al que a día de hoy por este hito de su pasado es el único municipio de España que empieza por «W».

A la sombra de los Montes Torozos, a escasos 20 kilómetros de la capital vallisoletana, Wamba es un oasis singular en el que, además del nombre, la diferencia la marca también el mayor reclamo turístico que recala en sus calles, un osario con ciento de calaveras que se esconden entre los muros de la iglesia de Santa María.

«Como te ves, yo me vi, como me ves te verás. Todo acaba en esto aquí. Piénsalo y no pecarás». Es la frase que se puede leer en el cubículo en el que se apilan calaveras y restos óseos (básicamente fémures) que se conservan desde la Edad Media. Aunque ahora rondan las 2.000, antiguamente llegaron a ser el triple y cubrían toda la bóveda de este reducido, sobrecogedor y silencioso espacio que advierte a los visitantes de que lo que ven es aquello que tarde o temprano serán. Lo hace a través de sus protagonistas, entre los que incluso es apreciable algún cráneo que esboza una carcajada para deleite del visitante de este tétrico espacio en el que asimilar el destino irremediable del ser humano.

Se cree que el origen del Osario de Wamba fue a modo de relicario de los frailes, pero entre los restos se han documentado también algunos correspondientes a mujeres y niños. La hipótesis que cobra fuerza en el pueblo es que llegaron allí tras vaciarse el camposanto de la zona. Sea como fuere, en los años cincuenta sus huéspedes se redujeron después de que Gregorio Marañón cargara dos camiones para utilizarlos en las prácticas con estudiantes de medicina.

El osario completa la visita por el elemento arquitectónico más relevante del municipio, que es una de las pocas iglesias que todavía pueblan España de estilo mozárabe y en la que conviven distintos estilos arquitectónicos que se entremezclan incluso en algunos puntos. La cabecera y crucero corresponden a un edificio mozárabe y el cuerpo es románico fruto de una posterior ampliación y conserva, además, detalles visigodos. Destacables son sus arcos de herradura, el retablo de un nicho funerario de estilo flamenco realizado con oro y plata, el singular «árbol de la vida» que representa una bóveda de palmera y los curiosos y bien ornamentados capiteles que relatan desde episodios bíblicos a oficios. Para adentrarse en sus recovecos se realizan visitas guiadas.

Del convento que antaño estuvo adosado al templo se conservan algunas de las paredes que se franqueaban desde el claustro para acceder a los pasillos que conducían a las dependencias. Pero la huella de la Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén que las hospedaron se aprecia en todo el templo conservado en forma de su característica cruz.

En un recorrido por este coqueto pueblo de en torno a 300 habitantes se encuentran también varias ermitas y una estatua en la que se erige el mismísimo Wamba, aquel rey de la larga lista de monarcas godos que de memorieta se aprendía en las escuelas. El mismo que, en principio, no quería acceder al trono alegando una elevada edad y el mismo al que una conjura le apartó de él, tras serle administrado un narcótico que le hizo parecer moribundo, recibiendo el sacramento que obligaba entonces a apartarse de la vida pública. Aunque recuperó su salud fue obligado a tomar los hábitos y moriría siete años después en un monasterio de Pampliega (Burgos).

La oferta turística de Wamba incluye además una vertiente gastronómica, protagonizada por productos resultantes de la matanza, y otra natural, con varias opciones de senderismo por el Valle del Hornija o una tranquila jornada en el merendero junto a la carretera a Valladolid.

Señalización del Camino de Santiago en Wamba – F. HERAS
En la ruta a Santiago
En un paseo por la calles de Wamba será fácil toparse con las características conchas y flechas amarillas que marcan los pasos hacia Santiago de Compostela. En concreto, esta localidad vallisoletana se enclava en el Camino de Madrid, que atraviesa Castilla y León de sur a norte arrancando en la capital de España para enlazar en Sahagún con el Camino Francés. Los Montes Torozos, un páramo verde que se eleva sobre los campos de Castilla, constituye una interesante etapa de este itinerario que en la provincia de Valladolid sigue el rastro de viejas calzadas romanas y caminos tradicionales que unían el centro de la península con el norte en puntos como Simancas o el puente de la ermita de Sieteiglesias.

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