Vie. Abr 16th, 2021

El diagnóstico es sencillo. Y demoledor. El incendio va a más y el Gobierno riega las llamas con gasolina. La crisis es un monstruo de cuatro cabezas: la sanitaria, la económica, la territorial y la institucional. Nunca había habido una conjunción astral más desfavorable. ¿Y qué hace Sánchez en estas circunstancias? Utiliza la pandemia como ariete para debilitar al Gobierno de Madrid, ultima unos Presupuestos de inspiración populista, cruza requiebros con los partidos independentistas y permite que sus socios carguen contra el Rey, negándole legitimidad y colgándole el mochuelo de maniobrar contra el Gobierno democráticamente elegido. Que Dios nos asista.

Es tan evidente que la crisis sanitaria sigue siendo un elemento de desgaste recíproco en la batalla política que las dos grandes preguntas que van al fondo de la cuestión siguen sin tener una respuesta clara. Cuando el ministro Illa insta a las autoridades de Madrid a que sigan sus recomendaciones y aísle a los seis millones y medio de ciudadanos que viven en la capital, ¿lo hace en nombre de la ciencia, como dijo ayer sábado, o para obligar a la presidenta regional a que reconozca públicamente su incapacidad para contener el virus? Y cuando Díaz Ayuso se niega a hacerlo, ¿lo hace por orgullo personal o por el bien de los madrileños?

Insto humildemente a unos y otros, a los lanceros de Moncloa y a los de la Puerta del Sol, a que acaben cuanto antes con ese «espacio de cooperación» que anunciaron el lunes a bombo y platillo dizque para coordinar y planificar respuestas mancomunadas contra la pandemia. Si un foro que se constituye para trasladar el mensaje de que las dos administraciones han decidido remar en la misma dirección para enfrentarse al bicho acaba convirtiéndose en el escenario de una batalla campal de unos remeros contra otros, lo mejor que puede pasar es que se clausure sin demora. Lo peor que le puede pasar a un enfermo es ver a los dos médicos que le atienden tirándose de los pelos.

Y mientras eso sucede, Sánchez sopesa enfrentarse a la recesión, verificada en los datos del segundo trimestre, con unos presupuestos de inspiración populista. Es verdad que todavía no está claro a quién va a elegir como compañero de viaje en la tramitación presupuestaria, pero es justamente esa misma falta de claridad la que hace que tengamos la mosca detrás de la oreja. Pablo Iglesias dijo el pasado fin de semana que el Gobierno ya tiene cerradas las cuentas al 80 por ciento y que en ellas se ve la huella de Podemos. Anunció «avances importantes» en justicia social y dio por hecho que no serían del agrado de Ciudadanos. Hasta donde sé, nadie ha salido a desmentirle.

El vicepresidente lucha denodadamente por pactar con el PSOE unas cuentas que sean del agrado de Bildu y ERC. Si lo consigue matará dos pájaros de un tiro: le asestará un hachazo descomunal al calviñismo económico reclamado por Europa y le dará un nuevo espaldarazo al proyecto de república plurinacional con derecho de autodeterminación que, como ha dicho Felipe González, lleva en su seno la semilla de la autodestrucción de España como estado nación y como historia. El ex presidente tiene razón: si Sánchez regresa a la mayoría de la investidura, se embarcará en un proyecto de país con la gente que no cree que el país deba continuar como proyecto.

No es casual que en esa tesitura Podemos cargue con furia contra la Monarquía. Si cae la forma de Estado, establecida en el artículo 1 de la Constitución, cae el Régimen del 78. Los podemitas nunca han ocultado que vinieron a derribarlo. Lo que nadie esperaba es que contaran con la complicidad del PSOE para lograr su objetivo. Pincho de tortilla y caña a que Sánchez no desautoriza la invectiva de Alberto Garzón contra el Rey. El Monarca, a su juicio, debe asumir las consecuencias de haberle señalado a él como culpable de su ausencia en el acto judicial de Barcelona. Pandemia, recesión, autodeterminación y república: Sánchez cabalga los cuatro caballos del Apocalipsis.,
El diagnóstico es sencillo. Y demoledor. El incendio va a más y el Gobierno riega las llamas con gasolina. La crisis es un monstruo de cuatro cabezas: la sanitaria, la económica, la territorial y la institucional. Nunca había habido una conjunción astral más desfavorable. ¿Y qué hace Sánchez en estas circunstancias? Utiliza la pandemia como ariete para debilitar al Gobierno de Madrid, ultima unos Presupuestos de inspiración populista, cruza requiebros con los partidos independentistas y permite que sus socios carguen contra el Rey, negándole legitimidad y colgándole el mochuelo de maniobrar contra el Gobierno democráticamente elegido. Que Dios nos asista.

Es tan evidente que la crisis sanitaria sigue siendo un elemento de desgaste recíproco en la batalla política que las dos grandes preguntas que van al fondo de la cuestión siguen sin tener una respuesta clara. Cuando el ministro Illa insta a las autoridades de Madrid a que sigan sus recomendaciones y aísle a los seis millones y medio de ciudadanos que viven en la capital, ¿lo hace en nombre de la ciencia, como dijo ayer sábado, o para obligar a la presidenta regional a que reconozca públicamente su incapacidad para contener el virus? Y cuando Díaz Ayuso se niega a hacerlo, ¿lo hace por orgullo personal o por el bien de los madrileños?

Insto humildemente a unos y otros, a los lanceros de Moncloa y a los de la Puerta del Sol, a que acaben cuanto antes con ese «espacio de cooperación» que anunciaron el lunes a bombo y platillo dizque para coordinar y planificar respuestas mancomunadas contra la pandemia. Si un foro que se constituye para trasladar el mensaje de que las dos administraciones han decidido remar en la misma dirección para enfrentarse al bicho acaba convirtiéndose en el escenario de una batalla campal de unos remeros contra otros, lo mejor que puede pasar es que se clausure sin demora. Lo peor que le puede pasar a un enfermo es ver a los dos médicos que le atienden tirándose de los pelos.

Y mientras eso sucede, Sánchez sopesa enfrentarse a la recesión, verificada en los datos del segundo trimestre, con unos presupuestos de inspiración populista. Es verdad que todavía no está claro a quién va a elegir como compañero de viaje en la tramitación presupuestaria, pero es justamente esa misma falta de claridad la que hace que tengamos la mosca detrás de la oreja. Pablo Iglesias dijo el pasado fin de semana que el Gobierno ya tiene cerradas las cuentas al 80 por ciento y que en ellas se ve la huella de Podemos. Anunció «avances importantes» en justicia social y dio por hecho que no serían del agrado de Ciudadanos. Hasta donde sé, nadie ha salido a desmentirle.

El vicepresidente lucha denodadamente por pactar con el PSOE unas cuentas que sean del agrado de Bildu y ERC. Si lo consigue matará dos pájaros de un tiro: le asestará un hachazo descomunal al calviñismo económico reclamado por Europa y le dará un nuevo espaldarazo al proyecto de república plurinacional con derecho de autodeterminación que, como ha dicho Felipe González, lleva en su seno la semilla de la autodestrucción de España como estado nación y como historia. El ex presidente tiene razón: si Sánchez regresa a la mayoría de la investidura, se embarcará en un proyecto de país con la gente que no cree que el país deba continuar como proyecto.

No es casual que en esa tesitura Podemos cargue con furia contra la Monarquía. Si cae la forma de Estado, establecida en el artículo 1 de la Constitución, cae el Régimen del 78. Los podemitas nunca han ocultado que vinieron a derribarlo. Lo que nadie esperaba es que contaran con la complicidad del PSOE para lograr su objetivo. Pincho de tortilla y caña a que Sánchez no desautoriza la invectiva de Alberto Garzón contra el Rey. El Monarca, a su juicio, debe asumir las consecuencias de haberle señalado a él como culpable de su ausencia en el acto judicial de Barcelona. Pandemia, recesión, autodeterminación y república: Sánchez cabalga los cuatro caballos del Apocalipsis.

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