Dom. Ago 1st, 2021

Un chico de la CUP le ha dicho a su novia que «necesita estar solo para aprender a gestionar sus emociones». Cuando salían a cenar pagaban a medias. Bien, nada de lo que salieron a hacer, un hombre vertebrado podría considerarlo una cena, pero ya me entienden. Estos de la CUP son los que luego hablan en femenino de sí mismos y te dan lecciones de cómo tratar a las mujeres. Yo no he «gestionado» nunca nada porque para eso en casa tuvimos siempre servicio. Y mis emociones, si las pudiera gestionar, ya no serían mis emociones, y en cuanto a la soledad, siempre estamos solos y tomamos sólo las decisiones, y tú me miras siempre pensando que no te veo pero yo te miro, te siento y te quiero en secreto. De fondo, no hay nada más triste que ver a una mujer que paga. Cae Balzac cuando una mujer paga, caen siglos de refinamiento. La Civilización de cuando los restaurantes daban a las señoras las cartas sin precio. Qué cosa más grosera mostrarle el precio a una mujer. Un hombre paga siempre, y haciéndose como el distraído, como si en realidad se estuviera ocupando de cualquier otro asunto. Importa tanto que una mujer no pague como no enfrentarla a la evidencia del precio. Es así como me educaron. Cediendo el paso a las damas, levantándome si ella se levanta. Pero por toda esta comedia del feminismo que habéis puesto en circulación, os merecéis que uno de la CUP os abandone para ir a gestionar sus emociones. Os merecéis que un quinqui se os haga el budista de todo a cien, y que os deje en herencia unos escozores. Habéis despreciado, insultado, encarcelado al amante cortés, el que os abría la puerta del taxi, os traía flores y os invitaba a cenar a Via Veneto; y ahora os quejáis de que esta morralla de tren de la bruja no os entiende. ¿Qué van a entender, estos idiotas? Si entendieran algo no serían de la CUP, ni irían tatuados, ni se harían los gestorcillos de tres al cuarto. De tanto acusarnos de machistas y patriarcales os han tocado los igualitarios, los que son iguales los unos que los otros, los que se creen que son iguales que vosotras y os hacen la parodia del pobre, del intelectual y del comprometido cuando no son más que una banda de gañanes que confunden la profundidad con una higiene poco cuidada. Quizá nosotros queríamos hacerlo todo a nuestra manera, pero nuestra manera nunca fue vulgar y corríamos siempre con el gasto. Quizás teníamos defectos muy pronunciados, y hacíamos demasiados aspavientos para hacerlos pasar por virtudes, pero cada aspaviento era una forma de respeto y de amor en nuestro afán por comparecer ante vosotras como vencedores. ¿Éramos unos machistas? Quizá éramos unos machistas. Pero yo creo que os salíamos a cuenta y que el igualitarismo no os ha hecho más felices. La supuesta liberación sexual os ha traído más sexo, pero no más libertad, y además os habéis vuelto más groseras y menos depiladas. Pero no estáis más contentas, ni son más divertidos vuestros fines de semana, y habláis todo el día de unas cosas que, francamente, no tienen interés ni para el National Geographic. Esto de hablar tanto, y os juro que no lo digo con mala leche, os lo tendrías que hacer mirar. Un estudio realizado por el profesor Michael Hunte, británico, reveló hace años que la voz femenina provoca agotamiento en el cerebro masculino. Según Hunte, no es tanto que al final no os escuchemos, sino que desconectamos por razones puramente fisiológicas. No hacía falta que viniera el profesor Hunte a decirlo: ya lo sabías y aún así no había manera de que nos tratarais con la menor consideración y no había manera de que os callarais. Y lo que fue arrogancia se transformó en caída y de tanto caer llegasteis al chico de la CUP y hoy vais vestidas con harapos porque os da vergüenza ser presumidas por si vuestros amantes comunistas os acusan de burguesas. Decís «mi pareja» o «mi compañero» y las palabras delatan la bajeza. Vuestra feminidad quedó olvidada en el primer taxi en que os tuvisteis que arrastrar porque el chico no sabía que tenía que abriros la puerta, cerrarla y subir por el otro lado. ¿Por qué me miras así? ¿Qué quieres que haga? Yo ya me he retirado, porque nos insultabais tanto que al final pensé que no tenía por qué aguantarlo. Me fui. Nos amenazabais tanto que acabé por tener más miedo a las represalias que excitación por tu cuerpo. Y no me malinterpretes: no es que no me excitaras, pero nos tratabais tan mal, y el atropello era tan constante, que acabé por preferir cualquier otra solución. Hasta el porno: es más práctico, más limpio y sobre todo menos peligroso. Que te aproveche el quinqui antisistema y sus restaurantes de Gratallops. Hasta que Via Veneto no vuelva a borrar los precios de las cartas de las señoras, yo me declaro cautivo y desarmado por el corral del bigote mal rasurado. Y cada vez que de noche te despiertes sola y con el humillante ardor de estómago de cuchitril barato, y tengas que tomar un omeprazol, piensa que éste es el exacto lugar donde te ha llevado tu tonto hacerle caso a Lidia Falcón. Te mentiría si te dijera que no me importa, que no lamento esta tristeza a la que hemos llegado. Nos lo pasábamos muy bien, reíamos, confiábamos, nos decíamos procacidades y no éramos culpables. Os invitábamos a todo, os comprábamos bolsos, podíais ser presumidas y podíais presentaros a cenar con un abrigo de cachemir sin nada debajo, y susurrárnoslo al oído mientras justo delante el camarero preparaba un tartar. Solía gustarte sin cebolla y picante. Os teníamos crédito abierto en el sex-shop y en la peluquería. Os regalábamos ropa interior y siempre la llevabais conjuntada. Si por un instante pudiéramos cerrar los ojos y recordar cómo fuimos, si por un instante diéramos más importancia al viejo afecto que a este absurdo resentimiento, podríamos volver a entendernos en el dulce, sexy gran amor. Si por un instante nos dejarais de ver como vuestros enemigos y recordarais lo bien que lo pasamos cuando no queríais ser más hombres que nosotros, y cada cual hacía su parte, os volvería a llevar el embargo de cuando incendiábamos París de talento y de vida echada sobre la manta. Fuimos los mejores y si nos peleábamos era para gozar mejor las reconciliaciones que venían luego. Pero a vosotras la felicidad no os bastaba, quisisteis tener razón, y el mundo os la ha dado entera. Ahora tenéis toda la razón pero el champán y los restaurantes donde os recibían porque erais nuestras han dejado paso a la cerveza, a la casa okupa, al hachís y a las infecciones venéreas. Lo puedes reconocer o puedes continuar haciéndote la orgullosa. La verdad es que ya no me importa. Pero a veces me llamas y cuando dejas las pancartas, y hablas de lo que realmente importa, tú sabes que yo sé que intentas disimular pero estás muy sola.,
Un chico de la CUP le ha dicho a su novia que «necesita estar solo para aprender a gestionar sus emociones». Cuando salían a cenar pagaban a medias. Bien, nada de lo que salieron a hacer, un hombre vertebrado podría considerarlo una cena, pero ya me entienden. Estos de la CUP son los que luego hablan en femenino de sí mismos y te dan lecciones de cómo tratar a las mujeres. Yo no he «gestionado» nunca nada porque para eso en casa tuvimos siempre servicio. Y mis emociones, si las pudiera gestionar, ya no serían mis emociones, y en cuanto a la soledad, siempre estamos solos y tomamos sólo las decisiones, y tú me miras siempre pensando que no te veo pero yo te miro, te siento y te quiero en secreto. De fondo, no hay nada más triste que ver a una mujer que paga. Cae Balzac cuando una mujer paga, caen siglos de refinamiento. La Civilización de cuando los restaurantes daban a las señoras las cartas sin precio. Qué cosa más grosera mostrarle el precio a una mujer. Un hombre paga siempre, y haciéndose como el distraído, como si en realidad se estuviera ocupando de cualquier otro asunto. Importa tanto que una mujer no pague como no enfrentarla a la evidencia del precio. Es así como me educaron. Cediendo el paso a las damas, levantándome si ella se levanta. Pero por toda esta comedia del feminismo que habéis puesto en circulación, os merecéis que uno de la CUP os abandone para ir a gestionar sus emociones. Os merecéis que un quinqui se os haga el budista de todo a cien, y que os deje en herencia unos escozores. Habéis despreciado, insultado, encarcelado al amante cortés, el que os abría la puerta del taxi, os traía flores y os invitaba a cenar a Via Veneto; y ahora os quejáis de que esta morralla de tren de la bruja no os entiende. ¿Qué van a entender, estos idiotas? Si entendieran algo no serían de la CUP, ni irían tatuados, ni se harían los gestorcillos de tres al cuarto. De tanto acusarnos de machistas y patriarcales os han tocado los igualitarios, los que son iguales los unos que los otros, los que se creen que son iguales que vosotras y os hacen la parodia del pobre, del intelectual y del comprometido cuando no son más que una banda de gañanes que confunden la profundidad con una higiene poco cuidada. Quizá nosotros queríamos hacerlo todo a nuestra manera, pero nuestra manera nunca fue vulgar y corríamos siempre con el gasto. Quizás teníamos defectos muy pronunciados, y hacíamos demasiados aspavientos para hacerlos pasar por virtudes, pero cada aspaviento era una forma de respeto y de amor en nuestro afán por comparecer ante vosotras como vencedores. ¿Éramos unos machistas? Quizá éramos unos machistas. Pero yo creo que os salíamos a cuenta y que el igualitarismo no os ha hecho más felices. La supuesta liberación sexual os ha traído más sexo, pero no más libertad, y además os habéis vuelto más groseras y menos depiladas. Pero no estáis más contentas, ni son más divertidos vuestros fines de semana, y habláis todo el día de unas cosas que, francamente, no tienen interés ni para el National Geographic. Esto de hablar tanto, y os juro que no lo digo con mala leche, os lo tendrías que hacer mirar. Un estudio realizado por el profesor Michael Hunte, británico, reveló hace años que la voz femenina provoca agotamiento en el cerebro masculino. Según Hunte, no es tanto que al final no os escuchemos, sino que desconectamos por razones puramente fisiológicas. No hacía falta que viniera el profesor Hunte a decirlo: ya lo sabías y aún así no había manera de que nos tratarais con la menor consideración y no había manera de que os callarais. Y lo que fue arrogancia se transformó en caída y de tanto caer llegasteis al chico de la CUP y hoy vais vestidas con harapos porque os da vergüenza ser presumidas por si vuestros amantes comunistas os acusan de burguesas. Decís «mi pareja» o «mi compañero» y las palabras delatan la bajeza. Vuestra feminidad quedó olvidada en el primer taxi en que os tuvisteis que arrastrar porque el chico no sabía que tenía que abriros la puerta, cerrarla y subir por el otro lado. ¿Por qué me miras así? ¿Qué quieres que haga? Yo ya me he retirado, porque nos insultabais tanto que al final pensé que no tenía por qué aguantarlo. Me fui. Nos amenazabais tanto que acabé por tener más miedo a las represalias que excitación por tu cuerpo. Y no me malinterpretes: no es que no me excitaras, pero nos tratabais tan mal, y el atropello era tan constante, que acabé por preferir cualquier otra solución. Hasta el porno: es más práctico, más limpio y sobre todo menos peligroso. Que te aproveche el quinqui antisistema y sus restaurantes de Gratallops. Hasta que Via Veneto no vuelva a borrar los precios de las cartas de las señoras, yo me declaro cautivo y desarmado por el corral del bigote mal rasurado. Y cada vez que de noche te despiertes sola y con el humillante ardor de estómago de cuchitril barato, y tengas que tomar un omeprazol, piensa que éste es el exacto lugar donde te ha llevado tu tonto hacerle caso a Lidia Falcón. Te mentiría si te dijera que no me importa, que no lamento esta tristeza a la que hemos llegado. Nos lo pasábamos muy bien, reíamos, confiábamos, nos decíamos procacidades y no éramos culpables. Os invitábamos a todo, os comprábamos bolsos, podíais ser presumidas y podíais presentaros a cenar con un abrigo de cachemir sin nada debajo, y susurrárnoslo al oído mientras justo delante el camarero preparaba un tartar. Solía gustarte sin cebolla y picante. Os teníamos crédito abierto en el sex-shop y en la peluquería. Os regalábamos ropa interior y siempre la llevabais conjuntada. Si por un instante pudiéramos cerrar los ojos y recordar cómo fuimos, si por un instante diéramos más importancia al viejo afecto que a este absurdo resentimiento, podríamos volver a entendernos en el dulce, sexy gran amor. Si por un instante nos dejarais de ver como vuestros enemigos y recordarais lo bien que lo pasamos cuando no queríais ser más hombres que nosotros, y cada cual hacía su parte, os volvería a llevar el embargo de cuando incendiábamos París de talento y de vida echada sobre la manta. Fuimos los mejores y si nos peleábamos era para gozar mejor las reconciliaciones que venían luego. Pero a vosotras la felicidad no os bastaba, quisisteis tener razón, y el mundo os la ha dado entera. Ahora tenéis toda la razón pero el champán y los restaurantes donde os recibían porque erais nuestras han dejado paso a la cerveza, a la casa okupa, al hachís y a las infecciones venéreas. Lo puedes reconocer o puedes continuar haciéndote la orgullosa. La verdad es que ya no me importa. Pero a veces me llamas y cuando dejas las pancartas, y hablas de lo que realmente importa, tú sabes que yo sé que intentas disimular pero estás muy sola.

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