Lun. Ago 2nd, 2021

Un singular policial que no le teme a lo espectral,

″Vivo en conversación con los difuntos y escucho con mis ojos a los muertos”, dice Francisco de Quevedo a propósito de la lectura, una experiencia que trasciende más allá del acto retiniano.

Mia Couto (Mozambique, 1955) conecta en La terraza del frangipani las vigas que sostienen cualquier novela policial con un gesto hacia lo espectral. En las ruinas de un territorio africano recién descolonizado, hay cadáveres. Ermelindo, un carpintero que murió en el anonimato dos décadas atrás, es convocado por un pangolín, un pequeño mamífero símil al puercoespín, para ser “pasa-noche”, un fantasma llamado a migrar a un cuerpo cerca de morir. Al joven inspector Izidine Naita le pronostican seis días de vida: debe investigar el asesinato de Vasto Excelêncio, el mandamás de un asilo.

Al detective le dan siete días para resolver el crimen in situ, una fortaleza solo accesible por aire. Su primera estrategia es de manual: interroga a los pocos viejos que residen en la isla. Sin embargo, cada uno de ellos, por distintos motivos, se atribuye la muerte del director. La sospecha es recíproca, aun a pesar de compartir rasgos mulatos, Izidine es considerado un extraño, un “mezungo”. Entre ellos, sobrevuela una brecha, aquella que impone la deriva geopolítica en esa zona africana, y el valor que cada generación le da a las inflexiones orales como medio y motor de la ancestralidad.

Couto –mozambiqueño descendiente de portugueses y autor también de la reciente Venenos de Dios, remedios del diablo– es fino en la manera de presentar las confesiones, algunas de ellas como monólogos interiores, alucinaciones, profecías o fragmentos epistolares.

“En esta pequeña patria vengo explayándome todos estos años, hecho un estuario: voy fluyendo, ensoñado, serpenteando sin resistencia. En la sombra, me perfeccioné, recostado en aquel susurro, como si fuese el ímpetu de mi nacimiento. Apenas las piernas cansadas, algunas veces, me incomodaban. Pero mis ojos golondrineaban el horizonte, compensando las molestias de la edad”, se lee en la novela.

Entre tantas artimañas y calamidades, el policía intenta reconstruir la silueta de la víctima, los móviles, una posible salida para enfrentar lo inminente. La enfermera del asilo, que está del lado de los residentes, mantiene en vilo tanto a él como a su huésped, Ermelindo.

Varias atmósferas confluyen en La terraza del frangipani, una trama cargada desuspenso y, en la misma tónica, el ritmo de un relato que varía entre la primera y la tercera persona, sin perder fluidez –algo aun más potenciado por la traducción de Guillermo Saavedra–, una voz poética que trasvasa el esqueleto de la historia y va más allá.

La terraza del frangipani

Por Mia Couto

Edhasa

Trad.: Guillermo Saavedra

168 págs./$ 1195

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