Lun. Jun 21st, 2021

 , Aquel lunes, Diego Schwartzman sintió que se le hundía el mundo. Ese primer día del Abierto de los Estados Unidos, el 31 de agosto pasado, el argentino sintió tanta angustia interna que ni tuvo ánimo para enojarse. Nueva York, una ciudad que generalmente lo había energizado, esta vez lo había expulsado demasiado pronto. La derrota ante el británico Cameron Norrie, en cinco sets y, encima, después de haber ganado los dos primeros parciales, lo había herido. Al rato de su traspié en el court 5 de Flushing Meadows, las cámaras lo tomaron en una de las suites del Arthur Ashe que recibieron los preclasificados [el Peque era el 9°]. Con el torso desnudo y una mano en la cabeza, mirando sin mirar hacia la cancha, rodeado por un par de botellas de agua y con las zapatillas arriba de la mesa en la que estaba apoyado, Diego no hallaba explicaciones. Aturdido.

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