Lun. Mar 8th, 2021

Tras matar al dragón, San Jorge no quiso asumir que la misión de su vida ya había sido cumplida. Y recorrió el mundo, buscando nuevas batallas, nuevos enemigos. Solo encontró algunos pequeños dragoncitos, lagartijas que pronto se agotarían. Así, un día, acabó quijotescamente enloquecido, dando mandobles al aire al creer que luchaba contra una bestia. Fue el filósofo político australiano Kenneth Minogue quien definió el “síndrome de San Jorge jubilado” y, ahora, lo rescata Douglas Murray en su libro La masa enfurecida al describir la actitud de aquellas personas que exageran los problemas para poder golpearse en el pecho y mostrarse, ante los demás, como virtuosas. Unos son narcisistas, otros se dejan arrastrar por la corriente, pero todos acaban prostituyendo lo que podían ser legítimas reivindicaciones y agravando los problemas que decían querer resolver.

Es una buena manera de definir el procés. El catalanismo murió de éxito. Cuando había alcanzado todas sus metas (democracia, autonomía, defensa del catalán), mutó en un separatismo que, al calor de la moda nacionalpopulista, enfrenta a los catalanes con una retórica agresiva y despectiva, se aleja de los estándares democráticos europeos y hace un flaco favor a la lengua catalana. Los objetivos se redefinen rápidamente, pero la intolerancia de los “puros” se mantiene y no dudan en atacar a aquel que sostenga postulados que ellos mismos defendían no mucho tiempo atrás. Sin ir más lejos, los convergentes, esos conversos de última hora, se ponen histéricos ante cualquier afirmación que ellos mismos defendían hace pocos años. Para muestra, una célebre reflexión de Artur Mas que, en 2010, decía que un referéndum independentista sería perjudicial para Cataluña porque la dividiría en dos mitades. Dos años después, el sentido común se había esfumado.

A pesar de las cesiones del Gobierno de Pedro Sánchez, castigando al Rey y premiando la sedición, el separatismo no dejará de acelerar. El constitucionalismo queda desamparado en Cataluña, pero la tribu del lazo amarillo no se conformará. En los últimos días, les hemos oído decir que en TV3 son una suerte de quintacolumnistas por hablar “demasiado” en español. La consellera de (media) Cultura ha reconocido que su objetivo es recluir la lengua común de los españoles a la intimidad del hogar. Ya eligieron a un president que describía a parte de sus conciudadanos como bestias taradas y contra ellas luchan estos santjordis. Se rasgan las vestiduras en defensa de su princesa supremacista Heribert Barrera y aplauden un pregón sin gracia en el que se llama inadaptados a la mayoría de los ciudadanos de Barcelona. Desgraciadamente, el próximo golpe de este nacionalismo senil vendrá patrocinado por el gobierno de España., Tras matar al dragón, San Jorge no quiso asumir que la misión de su vida ya había sido cumplida. Y recorrió el mundo, buscando nuevas batallas, nuevos enemigos. Solo encontró algunos pequeños dragoncitos, lagartijas que pronto se agotarían. Así, un día, acabó quijotescamente enloquecido, dando mandobles al aire al creer que luchaba contra una bestia. Fue el filósofo político australiano Kenneth Minogue quien definió el “síndrome de San Jorge jubilado” y, ahora, lo rescata Douglas Murray en su libro La masa enfurecida al describir la actitud de aquellas personas que exageran los problemas para poder golpearse en el pecho y mostrarse, ante los demás, como virtuosas. Unos son narcisistas, otros se dejan arrastrar por la corriente, pero todos acaban prostituyendo lo que podían ser legítimas reivindicaciones y agravando los problemas que decían querer resolver.

Es una buena manera de definir el procés. El catalanismo murió de éxito. Cuando había alcanzado todas sus metas (democracia, autonomía, defensa del catalán), mutó en un separatismo que, al calor de la moda nacionalpopulista, enfrenta a los catalanes con una retórica agresiva y despectiva, se aleja de los estándares democráticos europeos y hace un flaco favor a la lengua catalana. Los objetivos se redefinen rápidamente, pero la intolerancia de los “puros” se mantiene y no dudan en atacar a aquel que sostenga postulados que ellos mismos defendían no mucho tiempo atrás. Sin ir más lejos, los convergentes, esos conversos de última hora, se ponen histéricos ante cualquier afirmación que ellos mismos defendían hace pocos años. Para muestra, una célebre reflexión de Artur Mas que, en 2010, decía que un referéndum independentista sería perjudicial para Cataluña porque la dividiría en dos mitades. Dos años después, el sentido común se había esfumado.

A pesar de las cesiones del Gobierno de Pedro Sánchez, castigando al Rey y premiando la sedición, el separatismo no dejará de acelerar. El constitucionalismo queda desamparado en Cataluña, pero la tribu del lazo amarillo no se conformará. En los últimos días, les hemos oído decir que en TV3 son una suerte de quintacolumnistas por hablar “demasiado” en español. La consellera de (media) Cultura ha reconocido que su objetivo es recluir la lengua común de los españoles a la intimidad del hogar. Ya eligieron a un president que describía a parte de sus conciudadanos como bestias taradas y contra ellas luchan estos santjordis. Se rasgan las vestiduras en defensa de su princesa supremacista Heribert Barrera y aplauden un pregón sin gracia en el que se llama inadaptados a la mayoría de los ciudadanos de Barcelona. Desgraciadamente, el próximo golpe de este nacionalismo senil vendrá patrocinado por el gobierno de España.

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