Mar. May 18th, 2021

Al final, las normas anticovid impidieron el saludo que ambos necesitaban y merecían. Después de cinco horas de una batalla descomunal, Dominic Thiem y Diego Schwartzman ni siquiera pudieron compartir un abrazo. Respeto mutuo eso sí porque el partido podía habérselo llevado cualquiera de los dos y no habría sido ninguna injusticia. Al final, fue el argentino quien tuvo algo más de fe. Lo único que los diferenció en este choque de cuartos que fue un festín de tenis. Diego Schwartzman ya no es peque, si es que alguna vez lo fue más allá de su estatura. Es un enorme jugador que no dejó de pelear ni un instante, y eso que tuvo sus momentos de bajón, enganchado como estuvo en las oportunidades desaprovechadas. Ya la tiene, semifinalista de Roland Garros (7-6 (1), 5-7, 6-7 (6), 7-6 (5) y 6-2).

Atractivo el encuentro como ninguno porque a Thiem se le ha puesto cara de campeón tras ganar por fin su primer Grand Slam en el US Open hace unas semanas, y porque Schwartzman es mucho mejor en tierra batida cada día que pasa. Estupenda batalla entre dos tenistas que se dejaron todo, ideas, fuerzas, sudor, casi lágrimas. Pero ganó la táctica, la hormiguita que pone todo su empeño en lo que sabe hacer y martillea la moral del rival como una gota. Toc. Toc. Toc. Hasta erosionar la fe contraria.

El argentino suple de maravilla su «falta» de envergadura (mide 1’70, lejos de otras torres que se imponen en el tenis) con una soberbia inteligencia; un mago para cambiar alturas y ritmos y piernas de correcaminos para anular cualquier intento de dejada. Ahí donde se enredó el austriaco, dale que te pego a un golpe con el que no hacía ningún daño. Thiem también tardó mucho tiempo, todo el primer set y parte del segundo, en descubrir que el revés cortado no era la mejor opción ante un Schwartzman que llega a todo y baja las rodillas como nadie para impulsarse hasta el infinito. Tampoco le inquietaron demasiado las bolas altas al argentino, acostumbrado como está a golpear antes de tiempo los botes que recibe de los rivales y que superan su hombro con facilidad.

De ahí que Schwartzman se apuntara el primer set. Por valiente y pícaro a la hora de subir a la red o dejar la pelota muerta con unas dejadas ilegibles. Pocos como «el peque» se agarran a la red a pesar de la «falta» de altura para atrapar voleas y acortar los puntos. 7-1 fue el resultado del tie break, 65 minutos de juego. Problemas para un Thiem que no encontraba su ritmo y su lenguaje corporal mostraba abatimiento, desconcierto y cansancio y sus piernas cierta lentitud para moverse en la línea. Nada extraño después de otra paliza anterior ante Hugo Gaston, que le anuló dos sets y lo obligó a desgastarse más de la cuenta para llegar a estas alturas de torneo.

Pero si en algo ha crecido el austriaco en estos dos últimos años de despegue definitivo -dos finales en París-, es en encontrar el golpe adecuado cuando las cosas se ponen muy en contra. Desarrollados multitud de recursos en estos años de crecimiento a la sombra de los grandes y perseguido por los jóvenes. Thiem no solo tiene potencia, virtud que demanda este tenis actual, también tiene un saque que desplaza al rival hasta los laterales y le deja autopista para meterse con la derecha paralela.

Y es ese drive el que lo llevó ayer a rozar las semifinales. En cuanto halló la solución de protegerse el revés y lanzar la derecha alta y al fondo, a Schwartzman se le acortaron las respuestas y las piernas. También logró dominar al viento, incómodo en los dos primeros sets, esperando el austriaco que la organización cerrara el techo. pero solo fue una nube amenazante lo que paralizó el encuentro unos minutos. El partido siguió de inmediato a techo descubierto.

También es verdad que el argentino, que ganó a Nadal en el Masters 1.000 de Roma hace unos días, le falta ese pequeño estirón que ya ha dado Thiem. El de no enredarse en los fallos anteriores. Allí se quedó atascado el argentino cuando desaprovechó una bola de set en la segunda manga. «Me quedé enganchado en el game que perdí. No puedo parar de pensar en la bola que erré», se repetía en bucle mientras veía cómo Thiem dejaba los gestos de cansancio y se venía hacia arriba volcado en su saque y en su derecha. 71 minutos de juego.

Aún así, el argentino siguió bregando, levantándose también en la tercera manga de un break y llevando al austriaco al límite, que no podrá moverse hoy después de la paliza. Física y mental. Con intercambios que superaron con facilidad los 30 golpes, con tie break también lleno de suspense porque Thiem dominaba por 5-1 y tuvo que apretar los dientes con más agresividad para poder cerrarlo a su favor. El tenis alcanzó el mayor nivel visto en el torneo. otros 65 minutos de batalla.

Después de cuatro horas, aprecería que las fuerzas empezaran a decaer. Pero ninguno dio su brazo a torcer. Férrea mentalidad por parte de los dos. Y aunque el marcador soplaba en favor de Thiem, ni mucho menos fue un regalo, ni mucho menos el argentino se dejó avasallar por las circunstancias, por haber desaprovechado otra bola de set en el tercer capítulo. La Chatrier, encantada con el festín de tenis, todavía tenía por delante otra hora de espectáculo. Porque a Schwartzman se le puso entre ceja y ceja que quiere hacerse grande en París, y si no lo era ya, se agigantó en el cuarto parcial.

También comenzó por debajo en el marcador, pero remó ante un granl Thiem, que ya no sabía cómo hacer para que sus tremendos drives lograran el daño necesario para tumbar a su rival. El argentino siguió en su línea: a correr, a defender, a atacar en la mínima oportunidad, a firmar unas dejadas impecables y a martillear el grandísimo tenis de Thiem. Igualadísimo en ganadores y errores no forzados, si es que alguno era no forzado de verdad, dada la intensidad del choque. También tie break en el cuarto. Y ese revés paralelo del austriaco que se marchó al pasillo dio alas a Schwartzman. Cuatro horas y media, 71 minutos de paliza. Y aún quedaba un quinto set.

Más corto pero igual de intenso porque ya sí se jugaba con el depósito de las energías en rojo constante. Pero la hormiga había puesto más semillas en su zurrón. Y la táctica funcionó. Seguir trabajando, de lado a lado, a pesar de la buena actitud de Thiem que empezó a flaquear en efectividad. Los 170 centímetros fueron haciéndose cada vez mayores, mientras se empequeñecía el campeón del US Open, incapaz de doblegar la fortaleza moral del rival. Pareció que el austriaco bajaba por fin los brazos. Con esa dejada que ni siquiera llegó a rozar la red y que cayó fulminada por puro agotamiento. Alegría para «el peque», tremendo en este Roland Garros, donde ya es semifinalista, por primera vez. En su tercer partido a cinco mangas, después de cinco horas de partido. Inolvidable. La fe pudo con todo.,
Al final, las normas anticovid impidieron el saludo que ambos necesitaban y merecían. Después de cinco horas de una batalla descomunal, Dominic Thiem y Diego Schwartzman ni siquiera pudieron compartir un abrazo. Respeto mutuo eso sí porque el partido podía habérselo llevado cualquiera de los dos y no habría sido ninguna injusticia. Al final, fue el argentino quien tuvo algo más de fe. Lo único que los diferenció en este choque de cuartos que fue un festín de tenis. Diego Schwartzman ya no es peque, si es que alguna vez lo fue más allá de su estatura. Es un enorme jugador que no dejó de pelear ni un instante, y eso que tuvo sus momentos de bajón, enganchado como estuvo en las oportunidades desaprovechadas. Ya la tiene, semifinalista de Roland Garros (7-6 (1), 5-7, 6-7 (6), 7-6 (5) y 6-2).

Atractivo el encuentro como ninguno porque a Thiem se le ha puesto cara de campeón tras ganar por fin su primer Grand Slam en el US Open hace unas semanas, y porque Schwartzman es mucho mejor en tierra batida cada día que pasa. Estupenda batalla entre dos tenistas que se dejaron todo, ideas, fuerzas, sudor, casi lágrimas. Pero ganó la táctica, la hormiguita que pone todo su empeño en lo que sabe hacer y martillea la moral del rival como una gota. Toc. Toc. Toc. Hasta erosionar la fe contraria.

El argentino suple de maravilla su «falta» de envergadura (mide 1’70, lejos de otras torres que se imponen en el tenis) con una soberbia inteligencia; un mago para cambiar alturas y ritmos y piernas de correcaminos para anular cualquier intento de dejada. Ahí donde se enredó el austriaco, dale que te pego a un golpe con el que no hacía ningún daño. Thiem también tardó mucho tiempo, todo el primer set y parte del segundo, en descubrir que el revés cortado no era la mejor opción ante un Schwartzman que llega a todo y baja las rodillas como nadie para impulsarse hasta el infinito. Tampoco le inquietaron demasiado las bolas altas al argentino, acostumbrado como está a golpear antes de tiempo los botes que recibe de los rivales y que superan su hombro con facilidad.

De ahí que Schwartzman se apuntara el primer set. Por valiente y pícaro a la hora de subir a la red o dejar la pelota muerta con unas dejadas ilegibles. Pocos como «el peque» se agarran a la red a pesar de la «falta» de altura para atrapar voleas y acortar los puntos. 7-1 fue el resultado del tie break, 65 minutos de juego. Problemas para un Thiem que no encontraba su ritmo y su lenguaje corporal mostraba abatimiento, desconcierto y cansancio y sus piernas cierta lentitud para moverse en la línea. Nada extraño después de otra paliza anterior ante Hugo Gaston, que le anuló dos sets y lo obligó a desgastarse más de la cuenta para llegar a estas alturas de torneo.

Pero si en algo ha crecido el austriaco en estos dos últimos años de despegue definitivo -dos finales en París-, es en encontrar el golpe adecuado cuando las cosas se ponen muy en contra. Desarrollados multitud de recursos en estos años de crecimiento a la sombra de los grandes y perseguido por los jóvenes. Thiem no solo tiene potencia, virtud que demanda este tenis actual, también tiene un saque que desplaza al rival hasta los laterales y le deja autopista para meterse con la derecha paralela.

Y es ese drive el que lo llevó ayer a rozar las semifinales. En cuanto halló la solución de protegerse el revés y lanzar la derecha alta y al fondo, a Schwartzman se le acortaron las respuestas y las piernas. También logró dominar al viento, incómodo en los dos primeros sets, esperando el austriaco que la organización cerrara el techo. pero solo fue una nube amenazante lo que paralizó el encuentro unos minutos. El partido siguió de inmediato a techo descubierto.

También es verdad que el argentino, que ganó a Nadal en el Masters 1.000 de Roma hace unos días, le falta ese pequeño estirón que ya ha dado Thiem. El de no enredarse en los fallos anteriores. Allí se quedó atascado el argentino cuando desaprovechó una bola de set en la segunda manga. «Me quedé enganchado en el game que perdí. No puedo parar de pensar en la bola que erré», se repetía en bucle mientras veía cómo Thiem dejaba los gestos de cansancio y se venía hacia arriba volcado en su saque y en su derecha. 71 minutos de juego.

Aún así, el argentino siguió bregando, levantándose también en la tercera manga de un break y llevando al austriaco al límite, que no podrá moverse hoy después de la paliza. Física y mental. Con intercambios que superaron con facilidad los 30 golpes, con tie break también lleno de suspense porque Thiem dominaba por 5-1 y tuvo que apretar los dientes con más agresividad para poder cerrarlo a su favor. El tenis alcanzó el mayor nivel visto en el torneo. otros 65 minutos de batalla.

Después de cuatro horas, aprecería que las fuerzas empezaran a decaer. Pero ninguno dio su brazo a torcer. Férrea mentalidad por parte de los dos. Y aunque el marcador soplaba en favor de Thiem, ni mucho menos fue un regalo, ni mucho menos el argentino se dejó avasallar por las circunstancias, por haber desaprovechado otra bola de set en el tercer capítulo. La Chatrier, encantada con el festín de tenis, todavía tenía por delante otra hora de espectáculo. Porque a Schwartzman se le puso entre ceja y ceja que quiere hacerse grande en París, y si no lo era ya, se agigantó en el cuarto parcial.

También comenzó por debajo en el marcador, pero remó ante un granl Thiem, que ya no sabía cómo hacer para que sus tremendos drives lograran el daño necesario para tumbar a su rival. El argentino siguió en su línea: a correr, a defender, a atacar en la mínima oportunidad, a firmar unas dejadas impecables y a martillear el grandísimo tenis de Thiem. Igualadísimo en ganadores y errores no forzados, si es que alguno era no forzado de verdad, dada la intensidad del choque. También tie break en el cuarto. Y ese revés paralelo del austriaco que se marchó al pasillo dio alas a Schwartzman. Cuatro horas y media, 71 minutos de paliza. Y aún quedaba un quinto set.

Más corto pero igual de intenso porque ya sí se jugaba con el depósito de las energías en rojo constante. Pero la hormiga había puesto más semillas en su zurrón. Y la táctica funcionó. Seguir trabajando, de lado a lado, a pesar de la buena actitud de Thiem que empezó a flaquear en efectividad. Los 170 centímetros fueron haciéndose cada vez mayores, mientras se empequeñecía el campeón del US Open, incapaz de doblegar la fortaleza moral del rival. Pareció que el austriaco bajaba por fin los brazos. Con esa dejada que ni siquiera llegó a rozar la red y que cayó fulminada por puro agotamiento. Alegría para «el peque», tremendo en este Roland Garros, donde ya es semifinalista, por primera vez. En su tercer partido a cinco mangas, después de cinco horas de partido. Inolvidable. La fe pudo con todo.

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