Jue. Abr 15th, 2021

Las universidades gallegas han reabierto sus aulas a medio gas, condicionadas por las restricciones derivadas de una pandemia que muchos alumnos parecen no tener presente a juzgar por las imágenes de los últimos días. Solo en la noche del jueves al viernes, la Policía Local de Santiago —ciudad universitaria por excelencia— tuvo que intervenir en una treintena de fiestas privadas que se estaban celebrando en pisos atestados de gente. El viernes fueron siete los incidentes, porque, indican desde el propio concello, ese día muchos se habían ido ya a sus casas de fin de semana. Fue la guinda a una semana en la que la escalada de desalojos confirmaba que los estudiantes habían vuelto, no a las aulas pero sí a la vida nocturna. Lo evidencian no solo los informes policiales sino también los vídeos grabados en algunas de estas celebraciones que más tarde fueron colgados en las redes sociales y en los que queda claro que la mascarilla y la distancia social no estaban entre los invitados a estos incívicos estrenos de curso.

El propio alcalde santiagués, Xosé Sánchez Bugallo, elevó la voz esta semana para pedir una reflexión a los jóvenes al tiempo que reclamaba al Gobierno gallego medios para poder agravar las sanciones por estos incumplimientos, que ahora mismo se limitan a los 200 euros por ruido. En opinión del regidor socialista, «si se meten en medidas de protección anticovid se pueden poner importes muy superiores, porque una simple molestia se convierte en un problema de salud pública». En la misma línea, el concejal de Seguridad Ciudadana, Gonzalo Muíños, exigió un cambio de comportamiento en una ciudad donde ya se han tenido que activar medidas más restrictivas que en el resto de la Comunidad por el número de contagios registrados. «El operativo funcionó, lo que no funcionó fue el comportamiento de los jóvenes» resumió al conocer las consecuencias del desembarco de los estudiantes, que en su mayoría están siguiendo las clases de forma telemática para evitar contactos de riesgo en las facultades.

«Estamos hablando de chicos que el día de mañana van a ser nuestros abogados, profesores, médicos… Ya es hora de que empiecen a ser responsables. Son lo suficientemente mayorcitos para actuar con responsabilidad», afirmó visiblemente afectado con este tipo de actuaciones —que también fueron puestas en conocimiento de la universidad compostelana— el edil encargado. Pero la problemática va más allá de la falta de empatía de quienes rompen las reglas para divertirse sin mascarilla, porque las circunstancias impiden que el castigo pase de una sanción administrativa por ruido. Con la ley en la mano, los agentes ni siquiera pueden acceder a la vivienda para comprobar el número de personas que están reunidas, por lo que está siendo habitual que un único estudiante abra la puerta cuando estos llaman al timbre, o que directamente hagan oídos sordos y no contesten pese a las quejas de los vecinos, que suelen ser los primeros en dar la voz de alarma.

En una dimensión menor, el problema que sufre Santiago lo padecen otras ciudades gallegas como Vigo, donde solo en la noche del jueves al viernes el número de intervenciones en fiestas privadas protagonizadas por jóvenes fue de ocho. Mejores son los datos en La Coruña, donde según fuentes consultadas no está repuntado una problemática que en la capital gallega, con más de veinte mil universitarios, empieza a preocupar mucho. Sobre la cuestión, los hosteleros insisten en que se los está penalizando a ellos cuando el riesgo real está en estas reuniones privadas, y aclaran que el sector está cumpliendo escrupulosamente con la normativa anticovid. Los agentes de las policías locales lo confirman, con excepciones como la del pub compostelano que el pasado viernes tuvo que ser desalojado —los efectivos sí pueden acceder al interior de estos locales— al encontrarse con más de cien personas bailando y consumiendo sin respetar la distancia y sin usar, en su gran mayoría, la mascarilla.

Para tratar de poner coto a estas ansias de diversión sin control, desde el concello de Santiago anunciaron refuerzos de personal y operativos específicos que se prolongarán durante toda la madrugada para evitar este tipo de reuniones y para abortar los botellones que —pese a todas las prohibiciones— se siguen organizando en algunas zonas apartadas de la ciudad, como la carballeira de Santa Susana. En palabras del alcalde, las siguientes tres semanas serán claves para conocer la evolución de los contagios una vez la ciudad ha retomado su pulso cotidiano.,
Las universidades gallegas han reabierto sus aulas a medio gas, condicionadas por las restricciones derivadas de una pandemia que muchos alumnos parecen no tener presente a juzgar por las imágenes de los últimos días. Solo en la noche del jueves al viernes, la Policía Local de Santiago —ciudad universitaria por excelencia— tuvo que intervenir en una treintena de fiestas privadas que se estaban celebrando en pisos atestados de gente. El viernes fueron siete los incidentes, porque, indican desde el propio concello, ese día muchos se habían ido ya a sus casas de fin de semana. Fue la guinda a una semana en la que la escalada de desalojos confirmaba que los estudiantes habían vuelto, no a las aulas pero sí a la vida nocturna. Lo evidencian no solo los informes policiales sino también los vídeos grabados en algunas de estas celebraciones que más tarde fueron colgados en las redes sociales y en los que queda claro que la mascarilla y la distancia social no estaban entre los invitados a estos incívicos estrenos de curso.

El propio alcalde santiagués, Xosé Sánchez Bugallo, elevó la voz esta semana para pedir una reflexión a los jóvenes al tiempo que reclamaba al Gobierno gallego medios para poder agravar las sanciones por estos incumplimientos, que ahora mismo se limitan a los 200 euros por ruido. En opinión del regidor socialista, «si se meten en medidas de protección anticovid se pueden poner importes muy superiores, porque una simple molestia se convierte en un problema de salud pública». En la misma línea, el concejal de Seguridad Ciudadana, Gonzalo Muíños, exigió un cambio de comportamiento en una ciudad donde ya se han tenido que activar medidas más restrictivas que en el resto de la Comunidad por el número de contagios registrados. «El operativo funcionó, lo que no funcionó fue el comportamiento de los jóvenes» resumió al conocer las consecuencias del desembarco de los estudiantes, que en su mayoría están siguiendo las clases de forma telemática para evitar contactos de riesgo en las facultades.

«Estamos hablando de chicos que el día de mañana van a ser nuestros abogados, profesores, médicos… Ya es hora de que empiecen a ser responsables. Son lo suficientemente mayorcitos para actuar con responsabilidad», afirmó visiblemente afectado con este tipo de actuaciones —que también fueron puestas en conocimiento de la universidad compostelana— el edil encargado. Pero la problemática va más allá de la falta de empatía de quienes rompen las reglas para divertirse sin mascarilla, porque las circunstancias impiden que el castigo pase de una sanción administrativa por ruido. Con la ley en la mano, los agentes ni siquiera pueden acceder a la vivienda para comprobar el número de personas que están reunidas, por lo que está siendo habitual que un único estudiante abra la puerta cuando estos llaman al timbre, o que directamente hagan oídos sordos y no contesten pese a las quejas de los vecinos, que suelen ser los primeros en dar la voz de alarma.

En una dimensión menor, el problema que sufre Santiago lo padecen otras ciudades gallegas como Vigo, donde solo en la noche del jueves al viernes el número de intervenciones en fiestas privadas protagonizadas por jóvenes fue de ocho. Mejores son los datos en La Coruña, donde según fuentes consultadas no está repuntado una problemática que en la capital gallega, con más de veinte mil universitarios, empieza a preocupar mucho. Sobre la cuestión, los hosteleros insisten en que se los está penalizando a ellos cuando el riesgo real está en estas reuniones privadas, y aclaran que el sector está cumpliendo escrupulosamente con la normativa anticovid. Los agentes de las policías locales lo confirman, con excepciones como la del pub compostelano que el pasado viernes tuvo que ser desalojado —los efectivos sí pueden acceder al interior de estos locales— al encontrarse con más de cien personas bailando y consumiendo sin respetar la distancia y sin usar, en su gran mayoría, la mascarilla.

Para tratar de poner coto a estas ansias de diversión sin control, desde el concello de Santiago anunciaron refuerzos de personal y operativos específicos que se prolongarán durante toda la madrugada para evitar este tipo de reuniones y para abortar los botellones que —pese a todas las prohibiciones— se siguen organizando en algunas zonas apartadas de la ciudad, como la carballeira de Santa Susana. En palabras del alcalde, las siguientes tres semanas serán claves para conocer la evolución de los contagios una vez la ciudad ha retomado su pulso cotidiano.

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