Sáb. May 8th, 2021

El doctor Sean P. Conley, osteópata de formación, curtido en el campo de batalla de Afganistán, emergió el sábado del hospital militar de Walter Reed aquí en Washington y se dispuso a pasar a la fama como el primer médico presidencial en la historia de Estados Unidos en confundir más que aclarar la situación de su paciente. «El presidente está muy bien», dijo, para ser desautorizado momentos después por el mismísimo jefe de gabinete de la Casa Blanca, Mark Meadows, quien dijo que en realidad había habido muchos motivos para la preocupación.

La situación del apuesto doctor Conley (Pensilvania, 1980) es ciertamente complicada. Trabaja para un presidente muy exigente, obsesionado con su salud y con aparentar vigor a sus 74 años. Es sabido que a Trump le gusta hasta dictar sus propios partes médicos, por eso en febrero de 2019 el doctor Conley emitió un informe en el que afirmaba a que el presidente estaba excelente y se aventuraba a decir que lo estaría «por el resto de su presidencia y mucho más allá», un ejercicio más de futurología que otra cosa, visto lo visto.

Preguntas incómodas
Pero, claro, Conley no trabaja solo para Trump, sino para la presidencia en sí misma, y se ve obligado a lidiar con preguntas —simples— de la prensa para las que dice no tener respuesta: ¿qué medicamentos sigue tomando el presidente?, ¿hasta dónde ha bajado su oxígeno en sangre?, ¿presenta efectos secundarios en su tratamiento? Ante todas esas preguntas, las respuestas del doctor Conley suelen ser: «No puedo dar más detalles».

Así, es una incógnita qué motivos le han llevado a dar el alta al presidente cuando sólo ha estado ingresado tres días, un tiempo irrisorio si se compara con la convalecencia media de un paciente de coronavirus, más del peso y la edad de Trump. Lo que está claro es que Trump ha presionado, y mucho, para ser enviado a casa, y a Conley y su equipo de doctores no le ha quedado más remedio que dar un marchamo de aprobación médica a lo que el presidente ya ha decidido hacer de antemano.

La disciplina del doctor es comprensible, pues Conley es en realidad un soldado. Tras licenciarse en osteopatía entró en la Armada, y de allí atendió a los soldados de la OTAN en el campo de batalla de Afganistán. El coraje y esmero con que trató a unos soldados de Rumanía que fueron atacados por los insurgentes le valió un homenaje del gobierno de ese país. Y a su regreso a EE.UU. acabó ingresando en el prestigioso equipo médico del presidente, que él mismo lidera desde 2018, cuando su antecesor fue elegido para otro puesto.

Como médico de cabecera del presidente, Conley ha sido ciertamente complaciente con su paciente. En primavera, por ejemplo, cedió ante Trump y le recetó, según dijo en un comunicado, hidroxicloroquina, un tratamiento para la malaria que algunos, incluido el presidente, consideraron beneficioso para prevenir y tratar el virus, sin pruebas científicas. La comunidad médica, sin embargo, lo ha descartado, y de hecho, en esta ocasión Trump no lo está tomando, a pesar de haber contraído el virus. Sí ha estado el presidente bajo un agresivo tratamiento para casos graves de coronavirus, recetado por el propio Conley: cóctel de anticuerpos de Regeneron, el antiviral remdesivir y hasta esteroides. Aun así el médico sigue manteniendo, como dijo en el parte de ayer, que Trump está en magnífico estado.

Tras la desautorización del jefe de gabinete el sábado, y las preguntas de la prensa, el doctor Conley dio el domingo una respuesta clara de cuál era su filosofía de trabajo. Dijo que en sus partes no quiere influir sobre la evolución del enfermo. En resumidas, que quiere tener a Trump tranquilo.,
El doctor Sean P. Conley, osteópata de formación, curtido en el campo de batalla de Afganistán, emergió el sábado del hospital militar de Walter Reed aquí en Washington y se dispuso a pasar a la fama como el primer médico presidencial en la historia de Estados Unidos en confundir más que aclarar la situación de su paciente. «El presidente está muy bien», dijo, para ser desautorizado momentos después por el mismísimo jefe de gabinete de la Casa Blanca, Mark Meadows, quien dijo que en realidad había habido muchos motivos para la preocupación.

La situación del apuesto doctor Conley (Pensilvania, 1980) es ciertamente complicada. Trabaja para un presidente muy exigente, obsesionado con su salud y con aparentar vigor a sus 74 años. Es sabido que a Trump le gusta hasta dictar sus propios partes médicos, por eso en febrero de 2019 el doctor Conley emitió un informe en el que afirmaba a que el presidente estaba excelente y se aventuraba a decir que lo estaría «por el resto de su presidencia y mucho más allá», un ejercicio más de futurología que otra cosa, visto lo visto.

Preguntas incómodas
Pero, claro, Conley no trabaja solo para Trump, sino para la presidencia en sí misma, y se ve obligado a lidiar con preguntas —simples— de la prensa para las que dice no tener respuesta: ¿qué medicamentos sigue tomando el presidente?, ¿hasta dónde ha bajado su oxígeno en sangre?, ¿presenta efectos secundarios en su tratamiento? Ante todas esas preguntas, las respuestas del doctor Conley suelen ser: «No puedo dar más detalles».

Así, es una incógnita qué motivos le han llevado a dar el alta al presidente cuando sólo ha estado ingresado tres días, un tiempo irrisorio si se compara con la convalecencia media de un paciente de coronavirus, más del peso y la edad de Trump. Lo que está claro es que Trump ha presionado, y mucho, para ser enviado a casa, y a Conley y su equipo de doctores no le ha quedado más remedio que dar un marchamo de aprobación médica a lo que el presidente ya ha decidido hacer de antemano.

La disciplina del doctor es comprensible, pues Conley es en realidad un soldado. Tras licenciarse en osteopatía entró en la Armada, y de allí atendió a los soldados de la OTAN en el campo de batalla de Afganistán. El coraje y esmero con que trató a unos soldados de Rumanía que fueron atacados por los insurgentes le valió un homenaje del gobierno de ese país. Y a su regreso a EE.UU. acabó ingresando en el prestigioso equipo médico del presidente, que él mismo lidera desde 2018, cuando su antecesor fue elegido para otro puesto.

Como médico de cabecera del presidente, Conley ha sido ciertamente complaciente con su paciente. En primavera, por ejemplo, cedió ante Trump y le recetó, según dijo en un comunicado, hidroxicloroquina, un tratamiento para la malaria que algunos, incluido el presidente, consideraron beneficioso para prevenir y tratar el virus, sin pruebas científicas. La comunidad médica, sin embargo, lo ha descartado, y de hecho, en esta ocasión Trump no lo está tomando, a pesar de haber contraído el virus. Sí ha estado el presidente bajo un agresivo tratamiento para casos graves de coronavirus, recetado por el propio Conley: cóctel de anticuerpos de Regeneron, el antiviral remdesivir y hasta esteroides. Aun así el médico sigue manteniendo, como dijo en el parte de ayer, que Trump está en magnífico estado.

Tras la desautorización del jefe de gabinete el sábado, y las preguntas de la prensa, el doctor Conley dio el domingo una respuesta clara de cuál era su filosofía de trabajo. Dijo que en sus partes no quiere influir sobre la evolución del enfermo. En resumidas, que quiere tener a Trump tranquilo.

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