Jue. Feb 25th, 2021

De cuando en cuando, entre mucha mediocridad, uno se puede encontrar una manifestación artística brillante. No es frecuente, cada vez menos en la producción actual rebosante de lugares comunes. Pero aún lo es menos que, además de sobresaliente, sea necesaria. Necesaria para provocar debate y reflexión y necesaria para enfrentarnos a una realidad que algunos quieren hacernos olvidar. «Patria» —la novela de Fernando Aramburu— es de esas excepciones. Hoy se estrena la adaptación a serie de televisión. Lo habitual es que en este tipo de procesos se pierdan no pocos matices sobre los que se asienta el alma de una historia. Quizás en esta ocasión ocurra o quizás no. Lo interesante es que —al margen del producto que haya preparado Aitor Gabilondo— nos vuelve a situar frente al país en blanco y negro que algunos quisieron— y aun desearían poder- imponer— y al inmoral intento de otros de blanquear sus crímenes.

Nada puede sorprendernos. La izquierda juega desde hace tiempo a un arriesgado relativismo moral. En Galicia, por ejemplo, con un BNG que va repartiendo lecciones de ética democrática al tiempo que concurre con Bildu a las elecciones europeas. O a escala nacional, la coalición PSOE-Podemos que se sienta con la izquierda abertzale a negociar presos por presupuestos. El mismo ejecutivo que dice promover la «memoria democrática», pero que está dispuesto a imponer un «olvido indigno» de lo que ha supuesto ETA. No, no hubo ningún conflicto. Aquello no fue una guerra. En asuntos como este no caben equidistancias. Más de 800 muertos, docenas de secuestrados y miles de extorsionados. El terrorismo sembró odio, violencia y miedo. Y sí, lo hizo con la connivencia de unos y el silencio cómplice de otros. Esa es la atmósfera tóxica que retrata Aramburu. Las Miren, Don Serapio y Joxian, cada uno con un grado de responsabilidad en la ignominia colectiva. Sin ese entorno, los Joxe Mari habrían sido derrotados por el Estado de Derecho mucho antes. Y si algunos políticos no hubiesen coqueteado con el terror, podríamos habernos ahorrado muchos Txatos y las Bittori no se tendría que haber marchado nunca de su casa.

La serie que hoy se estrena será buena o mala. Quizás Pablo Iglesias saque tiempo de su densa agenda de naderías en la vicepresidencia y nos ilustre con una de sus, últimamente habituales, críticas de televisión. En todo caso, «Patria» sigue siendo necesaria. Necesaria para recordar las consecuencias de compadrear con los que han intentado —y aún hoy siguen deseando— imponer un país en blanco y negro a través del odio y la violencia. Por eso, sea más o menos brillante la adaptación televisiva, los líderes de algunos partidos no deberían perderse el estreno., De cuando en cuando, entre mucha mediocridad, uno se puede encontrar una manifestación artística brillante. No es frecuente, cada vez menos en la producción actual rebosante de lugares comunes. Pero aún lo es menos que, además de sobresaliente, sea necesaria. Necesaria para provocar debate y reflexión y necesaria para enfrentarnos a una realidad que algunos quieren hacernos olvidar. «Patria» —la novela de Fernando Aramburu— es de esas excepciones. Hoy se estrena la adaptación a serie de televisión. Lo habitual es que en este tipo de procesos se pierdan no pocos matices sobre los que se asienta el alma de una historia. Quizás en esta ocasión ocurra o quizás no. Lo interesante es que —al margen del producto que haya preparado Aitor Gabilondo— nos vuelve a situar frente al país en blanco y negro que algunos quisieron— y aun desearían poder- imponer— y al inmoral intento de otros de blanquear sus crímenes.

Nada puede sorprendernos. La izquierda juega desde hace tiempo a un arriesgado relativismo moral. En Galicia, por ejemplo, con un BNG que va repartiendo lecciones de ética democrática al tiempo que concurre con Bildu a las elecciones europeas. O a escala nacional, la coalición PSOE-Podemos que se sienta con la izquierda abertzale a negociar presos por presupuestos. El mismo ejecutivo que dice promover la «memoria democrática», pero que está dispuesto a imponer un «olvido indigno» de lo que ha supuesto ETA. No, no hubo ningún conflicto. Aquello no fue una guerra. En asuntos como este no caben equidistancias. Más de 800 muertos, docenas de secuestrados y miles de extorsionados. El terrorismo sembró odio, violencia y miedo. Y sí, lo hizo con la connivencia de unos y el silencio cómplice de otros. Esa es la atmósfera tóxica que retrata Aramburu. Las Miren, Don Serapio y Joxian, cada uno con un grado de responsabilidad en la ignominia colectiva. Sin ese entorno, los Joxe Mari habrían sido derrotados por el Estado de Derecho mucho antes. Y si algunos políticos no hubiesen coqueteado con el terror, podríamos habernos ahorrado muchos Txatos y las Bittori no se tendría que haber marchado nunca de su casa.

La serie que hoy se estrena será buena o mala. Quizás Pablo Iglesias saque tiempo de su densa agenda de naderías en la vicepresidencia y nos ilustre con una de sus, últimamente habituales, críticas de televisión. En todo caso, «Patria» sigue siendo necesaria. Necesaria para recordar las consecuencias de compadrear con los que han intentado —y aún hoy siguen deseando— imponer un país en blanco y negro a través del odio y la violencia. Por eso, sea más o menos brillante la adaptación televisiva, los líderes de algunos partidos no deberían perderse el estreno.

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