Jue. May 6th, 2021

Siete detenidos en total tras casi dos meses de trabajo de la Policía Judicial de Zaragoza ponen fin a la operación Mueldo. Todos ellos, emparentados por lazos de sangre o de amistad, conspiraron para asesinar en La Muela a Rocío M., de 41 años, la novia del patriarca del clan al que pertenecen varios de los arrestados. El móvil, la venganza. Las víctimas, la mujer y su pareja, exmarido de la principal acusada, no habían cumplido la ley del destierro. Llevaban varios años amenazándoles de forma explícita hasta que el pasado 6 de agosto un sicario estuvo a punto de culminar la vendetta que había empezado mucho antes.

En agosto los agentes detuvieron a tres personas: el sicario que atentó contra Rocío, una mujer de 68 años, su nieto de 32 encarcelado en Francia, y un cuarto individuo que colaboró con ellos. Pero sabían que había otros miembros del clan involucrados, que han sido arrestados ahora. Otro nieto de la mujer, la novia de este y un toxicómano que vigiló a la víctima e intentó conseguir ácido para arrojárselo a la cara.

Los hechos ocurrieron el 6 de agosto cuando Rocío M. caminaba por una calle de La Muela (Zaragoza). Un hombre la abordó por detrás y la golpeó con un palo en la cabeza hasta que cayó desmayada. Le quitó el bolso y echó a correr. Dos calles más abajo le esperaban dos personas en un coche, pero cuando iba a subirse un motorista a golpe de claxon lo impidió. Los cómplices huyeron y los vecinos rodearon al ladrón y le colocaron unas bridas hasta que llegó la Guardia Civil. A Rocío le habían abierto la cabeza con la pata de madera de una vieja mesa. Sobrevivió de milagro.

Ella no sabía, aunque lo sospechó muy pronto, que el desconocido actuaba por encargo y que tres semanas antes había recibido una oferta: matarla o hacerle mucho daño; cuanto más le provocara, más cobraría.

Rocío M. y su pareja Ricardo H. llevan tres años recibiendo amenazas de muerte e insultos continuos por teléfono y a través de redes sociales. «Voy a mandar a unos sicarios para que os maten», contó la víctima que había llegado a escuchar de la persona a la que puso nombre y apellidos:Dolores H., de 71 años, la exmujer de Ricardo, su pareja. Desde que empezaron a tener relación se habían tenido que mudar tres veces de pueblo.

Simular el robo de un bolso
«Se enteró y nos hizo la vida imposible. Tuvimos que irnos de donde vivíamos en Nuez de Ebro (Zaragoza) porque nos había localizado y mandó gente para amenazarnos», detalló la víctima a los agentes de la Unidad Orgánica de Policía Judicial de esa Comandancia cuando le tomaron declaración. «De ahí nos fuimos a vivir a La Puebla de Alfinden pero cuando se enteró nos tuvimos que ir otra vez por amenazas e insultos». La pareja hizo las maletas por tercera vez y se instaló en La Muela. Ese cambio tampoco contentó a la exmujer que siguió con su campaña vía telefónica.

«Vimos que la agresión era rara, no parecía un robo con violencia aunque eso es lo que pretendían simular. Cuando hablamos con la víctima en el hospital nos contó lo de las amenazas, que no habían denunciado nunca», explica a ABC el capitán jefe de Policía Judicial de Zaragoza.

Tenían a un detenido, David P., de 42 años, al que habían retenido los vecinos, el agresor de la pata de madera. El siguiente paso era establecer cuál era la relación con las amenazas. David, con una condena de cuatro años suspendida, con su declaración y el contenido de su teléfono ayudó a situar la historia. El 15 de julio, tres semanas antes, recibió un mensaje de audio de Ricardo F. H., «Richard», encarcelado en Montpellier (Francia). Le ofreció dinero por «realizar una cosa fácil y buena, un asunto personal». Le instó a visitar y a hablar con su abuela Dolores para los detalles. Según el detenido tenían un problema que ninguno de ellos podía solucionar porque los conocían. «Me dijo que todo lo que había pasado era por culpa de la zorra esa y que intentaron por todos los medios hacer que se fuesen de Zaragoza pero que no lo habían conseguido». El destierro, una de las sanciones que impone la ley gitana en las ofensas graves, no se había consumado.

Durante la semana siguiente y pese a que Richard está en prisión llama y escribe casi a diario a David para saber cómo van los planes. «Viejica está que no puede más», le dice a su colega y le pide que se dé prisa. Los investigadores tienen en su poder las palabras que se van cruzando y la preparación del ataque. Hablan de conseguir un raca (coche) y una llave fija del 38 o del 9 –se interpreta con el contexto que es un revólver calibre 38 o una pistola de 9 mm) para «abrir el motor de la moto» (la agresión).

Pistola, ácido o palo
La segunda semana de contactos el plan avanza. David, el supuesto sicario, conocido de Richard, y Jesús B., con el que también contacta desde prisión, se trasladan a La Muela y vigilan tanto al abuelo del encarcelado como a su nueva pareja. Las fotografías de esas vigilancias llegan al móvil de Dolores, la anciana que rumia su venganza y financia el operativo, desde su casa de Zaragoza. «Mi mamica te está esperando a las siete para tomar café. No te preocupes que ya estará todo. Gracias, te mereces un altar», dice el preso a su amigo el 29 de julio.

Dos días después, la respuesta: «Estoy comprando las cosas para el cumpleaños», le anuncia el matón. «Compra el líquido para regar las plantas, el kimono y guantes», le ordena David. Los investigadores, tras el cruce de mensajes y audios, interpretan que tuvieron problemas para conseguir un arma de fuego y el líquido del que hablan podía ser ácido para atacar a Rocío. Dolores, la abuela, le había dado 120 euros al amigo de su nieto para los preparativos. Cuando el matón tuvo situada a la víctima y supervisadas sus rutinas (bajaba al parque todos los días más o menos a la misma hora), informó a la matriarca.

Fue ella, según el detenido, quien le dio la pata de una mesa vieja y le dijo: «Toma este palo y súbete allí y hazle todo el daño que puedas, me da igual que la mates o no». Le ofreció dinero aclarándole que cobraría en función del daño que sufriera la víctima. David P. asegura que le dijo que no la iba a matar porque no quería arruinarse la vida.

El 6 de agosto, dos personas –la abuela, según la Guardia Civil, y el nieto ahora detenido, de 31 años– iban a llevar al sicario en coche a La Muela para ejecutar el plan. Él no tiene carné de conducir, así que se lo pide a su novia de 23 porque el conductor inicial (un toxicómano) no puede ir ese día. Como interceden los vecinos, huyen y abandonan al sicario a su suerte. Pero no se contentaron con abrirle la cabeza a la novia del patriarca.

Rocío acude de nuevo a la Guardia Civil el 17 de agosto. Las amenazas de Dolores y los suyos continúan. Le han dicho que esta vez sí conseguirán matarla. La víctima muestra a los agentes lo que ha publicado en facebook otra hija de su pareja y de Dolores. «Feliz día de palos pronto otra sorpresa tendrán (…) no será ni la última paliza (…) te duelen los palos en la cabeza».

Tres días después los agentes de Policía Judicial irrumpen en la casa de Dolores en Zaragoza. La detienen por conspiración para asesinato y asesinato en grado de tentativa. La mujer llora y niega los hechos. Se escuda en que su exmarido la había intentado matar a ella y cuenta que lo denunció ante la Policía Nacional (existen denuncias por violencia de género). Al cabo de dos horas de registro se rebela desafiante. El padre de sus once hijos se merece eso y más por no cumplir la ley gitana: al separarse tenía que haberse ido de Zaragoza. El implacable destierro. La familia.

Ahora todos están detenidos. El autor material ingresado en prisión; Dolores, también imputada por asesinato en grado de tentativa, conspiración de asesinato y pertenencia a grupo criminal. Otras dos personas, amigos del clan, se consideran cooperadores necesarios (vigilaron a la víctima y se encargaron de la logística); el nieto y la novia están acusados del mismo delito y al otro nieto encarcelado en Francia se le considera junto a su abuela cabecilla del plan mortal.,
Siete detenidos en total tras casi dos meses de trabajo de la Policía Judicial de Zaragoza ponen fin a la operación Mueldo. Todos ellos, emparentados por lazos de sangre o de amistad, conspiraron para asesinar en La Muela a Rocío M., de 41 años, la novia del patriarca del clan al que pertenecen varios de los arrestados. El móvil, la venganza. Las víctimas, la mujer y su pareja, exmarido de la principal acusada, no habían cumplido la ley del destierro. Llevaban varios años amenazándoles de forma explícita hasta que el pasado 6 de agosto un sicario estuvo a punto de culminar la vendetta que había empezado mucho antes.

En agosto los agentes detuvieron a tres personas: el sicario que atentó contra Rocío, una mujer de 68 años, su nieto de 32 encarcelado en Francia, y un cuarto individuo que colaboró con ellos. Pero sabían que había otros miembros del clan involucrados, que han sido arrestados ahora. Otro nieto de la mujer, la novia de este y un toxicómano que vigiló a la víctima e intentó conseguir ácido para arrojárselo a la cara.

Los hechos ocurrieron el 6 de agosto cuando Rocío M. caminaba por una calle de La Muela (Zaragoza). Un hombre la abordó por detrás y la golpeó con un palo en la cabeza hasta que cayó desmayada. Le quitó el bolso y echó a correr. Dos calles más abajo le esperaban dos personas en un coche, pero cuando iba a subirse un motorista a golpe de claxon lo impidió. Los cómplices huyeron y los vecinos rodearon al ladrón y le colocaron unas bridas hasta que llegó la Guardia Civil. A Rocío le habían abierto la cabeza con la pata de madera de una vieja mesa. Sobrevivió de milagro.

Ella no sabía, aunque lo sospechó muy pronto, que el desconocido actuaba por encargo y que tres semanas antes había recibido una oferta: matarla o hacerle mucho daño; cuanto más le provocara, más cobraría.

Rocío M. y su pareja Ricardo H. llevan tres años recibiendo amenazas de muerte e insultos continuos por teléfono y a través de redes sociales. «Voy a mandar a unos sicarios para que os maten», contó la víctima que había llegado a escuchar de la persona a la que puso nombre y apellidos:Dolores H., de 71 años, la exmujer de Ricardo, su pareja. Desde que empezaron a tener relación se habían tenido que mudar tres veces de pueblo.

Simular el robo de un bolso
«Se enteró y nos hizo la vida imposible. Tuvimos que irnos de donde vivíamos en Nuez de Ebro (Zaragoza) porque nos había localizado y mandó gente para amenazarnos», detalló la víctima a los agentes de la Unidad Orgánica de Policía Judicial de esa Comandancia cuando le tomaron declaración. «De ahí nos fuimos a vivir a La Puebla de Alfinden pero cuando se enteró nos tuvimos que ir otra vez por amenazas e insultos». La pareja hizo las maletas por tercera vez y se instaló en La Muela. Ese cambio tampoco contentó a la exmujer que siguió con su campaña vía telefónica.

«Vimos que la agresión era rara, no parecía un robo con violencia aunque eso es lo que pretendían simular. Cuando hablamos con la víctima en el hospital nos contó lo de las amenazas, que no habían denunciado nunca», explica a ABC el capitán jefe de Policía Judicial de Zaragoza.

Tenían a un detenido, David P., de 42 años, al que habían retenido los vecinos, el agresor de la pata de madera. El siguiente paso era establecer cuál era la relación con las amenazas. David, con una condena de cuatro años suspendida, con su declaración y el contenido de su teléfono ayudó a situar la historia. El 15 de julio, tres semanas antes, recibió un mensaje de audio de Ricardo F. H., «Richard», encarcelado en Montpellier (Francia). Le ofreció dinero por «realizar una cosa fácil y buena, un asunto personal». Le instó a visitar y a hablar con su abuela Dolores para los detalles. Según el detenido tenían un problema que ninguno de ellos podía solucionar porque los conocían. «Me dijo que todo lo que había pasado era por culpa de la zorra esa y que intentaron por todos los medios hacer que se fuesen de Zaragoza pero que no lo habían conseguido». El destierro, una de las sanciones que impone la ley gitana en las ofensas graves, no se había consumado.

Durante la semana siguiente y pese a que Richard está en prisión llama y escribe casi a diario a David para saber cómo van los planes. «Viejica está que no puede más», le dice a su colega y le pide que se dé prisa. Los investigadores tienen en su poder las palabras que se van cruzando y la preparación del ataque. Hablan de conseguir un raca (coche) y una llave fija del 38 o del 9 –se interpreta con el contexto que es un revólver calibre 38 o una pistola de 9 mm) para «abrir el motor de la moto» (la agresión).

Pistola, ácido o palo
La segunda semana de contactos el plan avanza. David, el supuesto sicario, conocido de Richard, y Jesús B., con el que también contacta desde prisión, se trasladan a La Muela y vigilan tanto al abuelo del encarcelado como a su nueva pareja. Las fotografías de esas vigilancias llegan al móvil de Dolores, la anciana que rumia su venganza y financia el operativo, desde su casa de Zaragoza. «Mi mamica te está esperando a las siete para tomar café. No te preocupes que ya estará todo. Gracias, te mereces un altar», dice el preso a su amigo el 29 de julio.

Dos días después, la respuesta: «Estoy comprando las cosas para el cumpleaños», le anuncia el matón. «Compra el líquido para regar las plantas, el kimono y guantes», le ordena David. Los investigadores, tras el cruce de mensajes y audios, interpretan que tuvieron problemas para conseguir un arma de fuego y el líquido del que hablan podía ser ácido para atacar a Rocío. Dolores, la abuela, le había dado 120 euros al amigo de su nieto para los preparativos. Cuando el matón tuvo situada a la víctima y supervisadas sus rutinas (bajaba al parque todos los días más o menos a la misma hora), informó a la matriarca.

Fue ella, según el detenido, quien le dio la pata de una mesa vieja y le dijo: «Toma este palo y súbete allí y hazle todo el daño que puedas, me da igual que la mates o no». Le ofreció dinero aclarándole que cobraría en función del daño que sufriera la víctima. David P. asegura que le dijo que no la iba a matar porque no quería arruinarse la vida.

El 6 de agosto, dos personas –la abuela, según la Guardia Civil, y el nieto ahora detenido, de 31 años– iban a llevar al sicario en coche a La Muela para ejecutar el plan. Él no tiene carné de conducir, así que se lo pide a su novia de 23 porque el conductor inicial (un toxicómano) no puede ir ese día. Como interceden los vecinos, huyen y abandonan al sicario a su suerte. Pero no se contentaron con abrirle la cabeza a la novia del patriarca.

Rocío acude de nuevo a la Guardia Civil el 17 de agosto. Las amenazas de Dolores y los suyos continúan. Le han dicho que esta vez sí conseguirán matarla. La víctima muestra a los agentes lo que ha publicado en facebook otra hija de su pareja y de Dolores. «Feliz día de palos pronto otra sorpresa tendrán (…) no será ni la última paliza (…) te duelen los palos en la cabeza».

Tres días después los agentes de Policía Judicial irrumpen en la casa de Dolores en Zaragoza. La detienen por conspiración para asesinato y asesinato en grado de tentativa. La mujer llora y niega los hechos. Se escuda en que su exmarido la había intentado matar a ella y cuenta que lo denunció ante la Policía Nacional (existen denuncias por violencia de género). Al cabo de dos horas de registro se rebela desafiante. El padre de sus once hijos se merece eso y más por no cumplir la ley gitana: al separarse tenía que haberse ido de Zaragoza. El implacable destierro. La familia.

Ahora todos están detenidos. El autor material ingresado en prisión; Dolores, también imputada por asesinato en grado de tentativa, conspiración de asesinato y pertenencia a grupo criminal. Otras dos personas, amigos del clan, se consideran cooperadores necesarios (vigilaron a la víctima y se encargaron de la logística); el nieto y la novia están acusados del mismo delito y al otro nieto encarcelado en Francia se le considera junto a su abuela cabecilla del plan mortal.

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