Mié. Ago 4th, 2021

En los convulsionados tiempos de la organización nacional, a Mitre le tocó actuar numerosas veces en el campo de batalla,

A fines del siglo XIX surgió con fuerza la necesidad de modificar el sistema de reclutamiento del Ejército y la Armada. Hasta entonces estaba librado, para casos de conmoción interior o de eventuales riesgos de conflictos internacionales, a la convocatoria de la Guardia Nacional de Buenos Aires y las provincias.

En julio de 1900, el ministro de Marina, comodoro Martín Rivadavia, envió al Congreso un proyecto de ley de servicio militar obligatorio para esa fuerza. Fue aprobado en agosto por la Cámara de Diputados y pasó al Senado, que lo hizo suyo en septiembre del mismo año. Dos discursos acallaron, por su contundencia, las opiniones adversas: los de los senadores Bartolomé Mitre y Carlos Pellegrini.

Poco más tarde, el ministro de Guerra, coronel Pablo Riccheri, impulsó la sanción de una ley en el mismo sentido destinada al Ejército. Los debates fueron esta vez mucho más intensos y acalorados y la prensa entró en la discusión con fogosos artículos en favor o en contra. Entre los diputados y senadores había veteranos de blancas barbas con múltiples campañas en su haber, y también graduados del Colegio Militar de la Nación, como el general Alberto Capdevila, que censuró acremente el proyecto y abogó por el mantenimiento del errático servicio de la Guardia Nacional.

Mitre estuvo entre los firmantes del proyecto y junto a los que lo defendieron de viva voz en el Senado. El presidente, Julio Argentino Roca, prestó su inmediato apoyo y fue convertido en ley el 5 de diciembre de 1901.

La postura de Mitre se justificaba en su propia experiencia con respecto a la poco eficaz y casi siempre injusta movilización de los ciudadanos en armas, que debían combatir en las más diversas circunstancias y terrenos en un servicio que duraba desde los 17 a los 45 años. Y se prolongaba hasta los 50 en caso de que el ciudadano fuese soltero, carga que generalmente afectaba a los más desposeídos.

Antes, durante y después de su presidencia, el Congreso había discutido las formas de reclutamiento, y se habían levantado vigorosas voces, como la de Nicasio Oroño, para señalar la injusticia tantas veces repetida de las levas que destruían hogares y talaban la incipiente riqueza de nuestros campos. Era el infortunio descripto por Hernández en el Martín Fierro: “Tuve en mi pago en un tiempo/ hijos, hacienda y mujer,/ pero empecé a padecer,/ me echaron a la frontera/ ¡y qué iba a hallar al volver!/ tan solo hallé la tapera”.

A los 80 años, lejos del ruido de las armas, sentado en una de las bancas del edificio del Congreso que había hecho construir durante su presidencia, Mitre tal vez recordó que más allá de sus funciones de oficial subalterno durante el exilio en Montevideo por combatir al gobierno de Juan Manuel de Rosas, de fundador de la Escuela Militar de Bolivia, de coronel de artillería en Caseros y de responsable de la defensa de Buenos Aires en los días aciagos del país dividido, le había tocado ejercer comandos en diferentes terrenos; además de luchar en la frontera contra los indios, encabezar grandes ejércitos en la guerra fratricida entre la Confederación y Buenos Aires, reorganizar de la nada las fuerzas argentinas en lucha contra el Paraguay, batirse en la absurda rebelión de 1874, y aun ponerse al frente de las tropas rebeldes de la provincia de Buenos Aires en 1880.

En todos los casos, contó con fuerzas colecticias, constituidas en pequeña parte por batallones de línea, es decir, veteranos, varios de cuyos jefes, oficiales y soldados eran “enganchados” extranjeros, y por cuerpos de la Guardia Nacional, donde regían, aun en medio de las campañas, los enconos políticos que dividían a los argentinos.

Estos provocaban insólitos actos de indisciplina que dificultaban, si no impedían, el inmediato cumplimiento de las órdenes recibidas. En suma, Mitre tuvo que constituirse, por encima de todo, en un organizador militar, que debió adaptarse a múltiples dificultades para ejercer, con distinta suerte, los cometidos que se le habían confiado. Ello y su cabal conocimiento de las lecciones de la historia explican su vigorosa defensa de la organización permanente de las Fuerzas Armadas.

Independientemente de las alternativas de una prolongada vida militar que se extendió por más de cuarenta años, hubo tres momentos en que se pusieron en evidencia, con distinta suerte, sus condiciones de organizador.

El primero fue en 1859, cuando en la condición de ministro de Guerra y Marina del Estado de Buenos Aires le tocó constituir “el primer gran ejército de llanura”, para enfrentarse a las tropas de la Confederación, comandadas por su mismo presidente, el general Justo José de Urquiza. Fue derrotado en Cepeda, el 23 de octubre de aquel año. Mientras la infantería se mantuvo firme en el campo, la caballería huyó despavorida ante el ataque de los jinetes del Ejército Nacional. Mitre había logrado generar cierto espíritu de cuerpo en los batallones de la guardia nacional porteña, pese a que algunos de sus subordinados lo combatían como ciudadanos a través de la prensa y en otros ámbitos, pero no había conseguido disciplinar a los hombres de los suburbios y la campaña, muchos de ellos antiguos federales, que se desbandaron frente a la carga invencible de los jinetes de Urquiza.

Dos años más tarde, gobernador de la provincia de Buenos Aires, que había vuelto al seno de la Nación luego de Cepeda, del Pacto de Unión Nacional y de la Convención Reformadora de 1860, debió ponerse de nuevo al frente de un ejército de similares características cuando volvió a encenderse la guerra. Unos quince mil hombres por bando se enfrentaron el 17 de septiembre de 1861 en Pavón, donde la inexplicable retirada de Urquiza puso fin a la batalla y afianzó el triunfo de las tropas porteñas, compuestas por pocos “veteranos como tabla” y gran parte de guardias nacionales movilizados. Tampoco esta vez, pese a sus esfuerzos, logró Mitre que la caballería hiciera una resistencia mayor.

Menos de cuatro años más tarde, el ataque a la provincia de Corrientes por parte de fuerzas paraguayas, obligó a la movilización general de la República. El pequeño ejército de línea se hallaba diseminado por todo el territorio, especialmente en la frontera con los indios, y no estaba en condiciones de enfrentar por sí solo el poderoso ataque del Paraguay. Fue necesario convocar de nuevo a la Guardia Nacional de las provincias, y Mitre, convertido en “generalísimo” por el Tratado de la Triple Alianza suscripto por la Argentina, con Brasil y Uruguay, tuvo que afrontar la ardua tarea de ponerla en condiciones de librar una guerra que se presentaba difícil por las condiciones del terreno y por la denodada resistencia que ejercieron los soldados del mariscal Francisco Solano López, sobre todo a partir del repliegue hacia su propio territorio.

Mitre instaló su cuartel general en Concordia. Allí hizo de hombres reclutados muchas veces por la fuerza en casi todas las provincias, verdaderos veteranos que compitieron con los batallones de línea. Además, debió crear servicios indispensables para el apoyo de combate, como el de sanidad, que se formó con el concurso de antiguos cirujanos militares, entre ellos los doctores Hilario Almeida y Francisco Javier Muñiz, secundados por otros más jóvenes y sobre todo por practicantes de la Facultad de Medicina de Buenos Aires; el cuerpo de capellanes y la auditoría del Ejército. Producida la junción de las tropas que combatían sobre el Paraná con las que provenían del campamento entrerriano del Ayuí, tuvo lugar en abril de 1866 la gran operación logística de cruce al Paraguay por el Paso de la Patria, y al mes siguiente, el 24 de mayo, se desarrolló la batalla de Tuyutí, la más grande librada en América del Sur, donde los aliados resultaron triunfantes con enormes pérdidas para los heroicos adversarios.

Después del cruento asalto de Boquerón, Mitre planeó un movimiento de flanco para sortear las fortificaciones de Curupaytí, que se presentaban como inexpugnables, pero no logró imponer su criterio de comandante en jefe a los aliados y se produjo el asalto de frente que diezmó tanto a las fuerzas argentinas como a las brasileñas.

Luego de una prolongada inacción en el campamento de Tuyú Cué, convertido en un hervidero político por las disputas entre jefes y oficiales mitristas y alsinistas, sin que tuvieran efecto las órdenes generales de Mitre, quien no tardó en quebrantar él mismo en pos de imponer su candidato, la muerte del vicepresidente de la Nación, coronel doctor Marcos Paz, lo obligó a dejar el mando y regresar a Buenos Aires.

Durante la revolución “nacionalista” de 1874, comandaría guardias nacionales poco adiestrados e indios contra un pequeño núcleo de tropas veteranas armadas con modernos fusiles, a las órdenes de un antiguo subordinado. Fue vencido en La Verde.

Un juicio castrense, en el que lo defendió por decisión propia un oficial casi niño, el alférez Stoppani, lo privaría de su grado militar, que recuperó más tarde. Después de comandar las fuerzas de Buenos Aires alzadas contra la Nación, en 1880, su espada, su revólver Lefaucheux y sus uniformes militares fueron guardados como recuerdo de una vida militar intensa.

Desde entonces se dedicó, ya para siempre, al estudio y a esporádicas pero importantes intervenciones en la política. Una de ellas, según se señaló al comenzar, consistió en el exitoso proyecto de constituir fuerzas armadas permanentes.

El autor es historiador; miembro de la Academia Nacional de la Historia

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