Dom. Ago 1st, 2021

Con el pelo oscuro y un poco encrespado, ocultando su mirada detrás de unas gafas y llevando a cuestas el peso de una maleta, el intelectual alemán Walter Benjamin (1892-1940) se acerca a Portbou, un pueblo catalán que se extiende frente a la costa del Mediterráneo, mientras respira con el sofoco de un enfermo. Después de atravesar los Pirineos, su corazón se agita por culpa de una cardiopatía, un mal que convierte cualquier ejercicio en un esfuerzo agotador. A sus espaldas, el dolor del exilio le persigue con la tenacidad de una sombra, donde las penurias materiales y los pensamientos de suicidio se unen a la incertidumbre sobre la suerte de sus familiares. En su huida, le acompañan dos mujeres, Lisa Fittko y Henny Gurland, y un niño, un chico llamado Joseph. Los cuatro han abandonado Francia, donde la Tercera República ha desaparecido y el mariscal Pétain, el antiguo héroe de Verdún, ha empezado a entenderse con los alemanes, para alcanzar España, con el deseo de llegar a Portugal y salir de Europa. Corre septiembre de 1940, y el otoño, que es incipiente en las hojas de los árboles, recuerda que la guerra comenzó hace un año.

Desde entonces, cuando las tropas nazis y soviéticas invadieron Polonia y desencadenaron el inicio de la Segunda Guerra Mundial, la situación del continente es cada vez más grave. Walter, hijo de la alta burguesía de Berlín, ha nacido en una familia de judíos asimilados, a la que la brutalidad del nazismo ha obligado a recordar su identidad. Intentado evitar la persecución del régimen, el intelectual, uno de los más brillantes de su generación, lleva varios años conociendo las penurias del exilio. Con su huida a España, sabe que está quemando su última carta. En Portbou, el anuncio de su devolución a Francia propina el golpe final a su desesperación. Con una sobredosis de morfina, decide suicidarse, quitándose la vida en una noche de la que hoy se cumplen 80 años. Su hermana, la socióloga Dora (1901-1946), y su hermano, el médico Georg (1895-1942), muerto en Mauthausen, no corren una suerte mucho mejor que la suya. Ninguno de los tres sobrevive a la devastación del conflicto, que convierte Europa en un páramo de muerte. Su historia, en la que palpita el dolor de la de millones de seres humanos perdidos en el olvido de esa época funesta, se narra en «Los Benjamin. Una familia alemana» (Trotta, 2020), del periodista Uwe-Karsten-Heye.

El pasado martes, en un acto en memoria de Walter Benjamin celebrado con la colaboración de la Embajada de Alemania en el Centro Sefarad-Israel, ABC tuvo la oportunidad de conversar con Jordi Maiso, profesor de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid y traductor de «Los Benjamin», y con Germán Garrido, profesor de Filología Alemana en el mismo centro, sobre la figura del pensador y la suerte que corrió su familia.

Me gustaría que contaran cómo fue el ambiente en el que nacieron los Benjamin, hijos de una familia judía asimilada, que luego fue empujada al desarraigo por culpa del nazismo, y cómo era esa Alemania en la que llegaron al mundo, en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial.

Germán Garrido: En el libro, se comenta mucho un texto de Benjamin, «Berlín en torno a 1900», donde se rememora de forma muy particular el ambiente cultural de la ciudad como capital del Imperio Alemán, y la sensación que existía en la época de fin de la historia, que se precipitó con la Primera Guerra Mundial. Muestra cómo los tres hermanos vivieron ese acontecimiento de forma muy distinta. En el caso de Georg, tuvo que ir a la guerra. Cuando volvió, se encontró con la revolución Espartaquista, lo que le movilizó de forma radical. Bejamin, que no participó en la guerra y además había estado en contacto con movimientos de juventud, que más tarde tuvieron incluso veleidades nacionalsocialistas, lo afrontó de forma distinta. A Dora, le hizo volcarse en la situación social de las mujeres de su tiempo.

Jordi Maiso: La Primera Guerra Mundial fue muy importante. Benjamin creció en el seno de una familia acomodada, muy asimilada, que se consideraba alemana ante todo. De alguna manera, estuvo muy apegado, más que sus hermanos, porque era el más mayor, a la experiencia de la complacencia burguesa, con una vida protegida, segura. Al mismo tiempo, ya desde antes de la Primera Guerra Mundial, él rechazó, en cierta medida, el mundo burgués en el que había crecido. Se implicó en el movimiento de juventud, como se llamaba en ese momento.

La Primera Guerra Mundial acabó con el mundo que habían conocido hasta entonces, y llevó a los hermanos a experiencias vitales diferentes. Todos se politizaron, rompieron con las expectativas de asimilarse al mundo burgués y ser ciudadanos alemanes normales, y reaccionaron de formas distintas. Benjamin apuntaba maneras de intelectual. Su politización sobre todo tuvo lugar en el terreno de la cultura y de la teoría. Su hermano, que estudiaba medicina, se convirtió en un médico socialmente comprometido, que se fue al barrio más pobre de Berlín, obrero, y se dedicó a paliar las malas condiciones sociales de los niños, y también las malas condiciones de habitabilidad. La guerra marcó la ruptura con una época de seguridad y protección que hacía sentir que la vida iba a tener un desarrollo claro, apareciendo una situación de convulsión ante la que era inminente la necesidad de una transformación social. Geord y Dora se implicaron activamente, mientras que Walter lo hizo en una lucha teórica, cultural, muy consciente también de que el momento no solamente podía ir a mejor, sino también a peor. Por eso, fue menos optimista frente a los poderes que permitieron el auge del fascismo. El fascismo fue el caballo de batalla con el que se batió toda su vida, incluso antes de que fuera un peligro muy fuerte. Sus escritos de los años 20, los más políticos, se enfrentaban con muchas de las fuerzas que ampararon su nacimiento.

El libro también narra las dificultades económicas a las que se vio sometido Walter Benjamin durante su exilio, como las estrecheces a las que se enfrentó en París. Es un claro contraste con el desahogo económico que había conocido en su infancia y adolescencia. ¿Cómo repercutió en su obra, si lo hizo, esa pérdida de bienestar?

J. Maiso: Para Walter, la ruptura con la seguridad material comenzó antes del exilio. No pudo hacer una carrera académica, porque no consiguió entrar en la universidad, por lo que se sintió como un intelectual proletarizado. Para poder seguir haciendo lo que quería, tuvo que trabajar en crítica de periódicos o en la radio, que entonces era un medio emergente, o traduciendo y escribiendo, pero como una forma precaria de ganarse el sustento. Cuando tuvo que irse al exilio, las fuentes de ingresos de un escritor en su situación se vieron enormemente deterioradas. Como judío, izquierdista y alemán, no podía escribir en los medios del nazismo. En Francia, aunque era un intelectual muy potente, los emigrados no fueron recibidos con los brazos abiertos. En definitiva, la situación truncó su trayectoria. Solo gracias a la solidaridad de otros exiliados, consiguió acceder a trabajos remunerados que le permitieron salir a flote. Recibió apoyo de algunos amigos, como Brecht y Adorno, o de su exmujer.

Al retratar a la familia, en la que no solo estaba el intelectual, Walter, sino también Georg y Dora, el libro muestra cómo afectó el nazismo a diferentes niveles. Georg fue perseguido políticamente y se le prohibió ejercer como médico. Al final, tras unos años de liberación, fue condenado por alta traición por pertenecer al Partido Comunista, y fue de campo de trabajo en campo de concentración hasta que murió, en 1942. Dora, que tenía una prometedora carrera como trabajadora social, tras una tesis doctoral valiosa, vio cómo se truncaba su carrera, teniendo que emplearse como trabajadora doméstica y sufriendo su progresivo deterioro de salud por enfermedades congénitas. Los hermanos se encontraron en una situación de fragilidad extrema que acabó con sus vidas.

G. Garrido: Curiosamente, y a pesar de que el mayor era Walter, cuando el nazismo llegó al poder, era el hermano que tenía menos consolidado su futuro profesional. Georg era médico y había establecido una consulta, y Dora tenía un gran futuro por delante.

Hubo una generación de futuros académicos, o de personas prometedoras en el campo intelectual o artístico, que quedó totalmente frustrada por la guerra, y condenada a un olvido forzado por la violencia, porque su obra apenas tuvo tiempo de despegar.

G. Garrido: Fue una generación frustrada. Pero también es cierto, como se muestra de soslayo en el libro, que el exilio alemán supo crear centros para dar continuidad a esa actividad académica en el extranjero. Un ejemplo es el Instituto Social de Adorno en Estados Unidos, al que aspiraba llegar Benjamin.

«El exilio alemán de la Segunda Guerra Mundial supo crear centros para dar continuidad a su actividad académica en el extranjero»

J. Maiso: Las redes de emigrantes fueron importantes. En el exilio alemán, se generaron redes de apoyo, donde hubo un gran florecimiento cultural. La situación de amenaza bajo la que vivieron muchos de estos intelectuales les agudizó la vista para comprender lo que estaba pasando. No me gustaría caer en la idea de que en las circunstancias más difíciles siempre surge lo mejor, pero sí fue un momento llamativo, en el que se pudieron sacar adelante proyectos no solo colectivos, sino también individuales. Algunos de los escritos más importantes de Benjamin son de los años 30. Pese a todo, no hay que olvidar que su obra quedó frustrada. Su objetivo era escribir un gran trabajo sobre el siglo XIX, que quedó inacabado. Algunas de las obras que terminó, no dejó de revisarlas, porque no tenía las circunstancias apropiadas para poder escribirlas y llevarlas a término como hubiera hecho en un estado de cosas normal. Lo mejor que surgió en estos años, al menos en su caso, tuvo el carácter de un torso, en el sentido que quedó fragmentado por la violencia con la que se impuso la historia.

El «Libro de los Pasajes», que parte de esas galerías acristaladas y con escaparates de París, tiene un carácter fragmentario. ¿Eso se debe al pensamiento de Benjamin o a las circunstancias materiales de escasez en las que fue escrito?

J. Mariso: No. Esto es importante subrayarlo. Si algo define a Benjamin como intelectual, es que no era un académico. Nunca escribió para tener las cosas fáciles ni hacer carrera, y tampoco era oportunista en lo grande. «Los Pasajes» era un proyecto teórico que pensó en los años 20, en principio como un texto más bien corto, y con el que creía que podía llegar a entender muchos de los rasgos que eran definitorios de la modernidad, y de sus elementos más paradójicos e incluso destructivos. Cuando retomó el proyecto en el exilio, descubrió que no solo era una buena idea para un texto breve, sino que podía llegar a ser algo así como la gran obra de su vida. Creía que las grandes catástrofes que estaba viviendo Europa en los años 30 y 40 no venían porque sí, sino que tenían una génesis. Pensaba que estudiar ciertos rasgos aparentemente marginales e inocuos del siglo XIX permitía entender cómo se habían fraguado algunos de los rasgos más destructivos de la modernidad.

Benjamin se implicaba en el mundo de una manera fundamentalmente intelectual. Su forma de implicarse con el destino aciago que le estaba aplastando a su familia, sus amigos y a él mismo, tenía que ver con la necesidad de elaborar teóricamente todas esas experiencias y buscarles una génesis. No era que los pasajes, las galerías de París, explicaran el fascismo, sino que explicaban una serie de transformaciones de la vida social que formaban parte de las consecuencias en las cuales había podido fructificar. Benjamin quería entender los rasgos prototípicos de la modernidad en sus dimensiones menos amables. ¿Por qué le interesaban los pasajes? Cuando los visitó, en el primer tercio del siglo XX, ya eran elementos anticuados, una especie de ruinas de lo moderno. Y, sin embargo, eran una primera forma de una determinada relación, en la que lo mercantil es el centro de la vida social y la vida anímica de las personas. Para él, este proyecto era una forma de entender el presente sumamente importante.

«Los pasajes de París eran la primera forma de una determinada relación, en la que lo mercantil es el centro de la vida social y la vida anímica de las personas»

G Garrido: De la obra de «Los Pasajes», se conservó una colección de carpetas, de legajos, que están relacionados entre sí por un sistema numérico muy complejo. Hasta qué punto tenía Benjamin la intención de darle la forma de un texto acabado o no es algo que se deja abierto a la especulación. Lo que es un hecho claro es que la discontinuidad, la fragmentación, formaban parte de la forma de escribir de Benjamin. Eso también lleva a pensar que el título «Pasajes» no se refiere solo a un elemento urbanístico, sino también a los pasajes que los propios lectores tienen que tejer entre los diferentes lugares de la obra, para alcanzar esas iluminaciones que para Benjamin eran fundamentales. Hay especulaciones sobre si Benjamin llevaba en la maleta de Portbou una versión ulterior de «Los Pasajes», pero es una hipótesis poco plausible.

Ya que se ha mencionado Portbou, ¿cómo fueron esos últimos momentos de Benjamin? Hace unos años, un documental argentino sugirió la posibilidad de que, en realidad, no se suicidó, arrojando dudas sobre un posible asesinato.

G. Garrido: Cuando Benjamin llegó a España, supo que había un acuerdo entre la Policía francesa y la española que impedía el paso de los refugiados que se encontraban en la situación de Benjamin. Sabiendo que le iban a devolver a la Francia ocupada, decidió tomarse la morfina y morir en su habitación de hotel. Creo que la hipótesis que se maneja en el documental no tiene mucho recorrido. Además, se sabe que Benjamin había flirteado con la idea del suicidio ya antes, y la carta que escribe póstutamente deja bastante claro cuál es su determinación.

J. Maiso: De hecho, lo que ocurrió es que una orden que establecía que no podía pasar nadie que no tuviera un visado de salida de Francia. Cuando llegó a esa famosa pensión en la que pasó la última noche, le dijeron que al día siguiente le iban a deportar, y por eso decidió suicidarse. Tomó la decisión después de años de exilio y del internamiento del campo de Gurs en Francia, y de sentir que ya no podía más. Luego, ha habido mucho ruido sobre si se suicidó, lo mataron… Creo que es una historia que no lleva demasiado lejos, sobre todo porque, en aquel momento, Benjamin era un desconocido. Es muy difícil pensar que alguien quisiera hacerse con un manuscrito, que, además, dudo que fuera peligroso o pudiera hacer a alguien rico.

Stefan Zweig se suicidó. Paul Celan se suicidó. La muerte de Primo Levi todavía causa controversia. Hannah Arendt, una de las intelectuales que logró sobrevivir a esos años de persecución y exilio, coincidió con Walter Benjamin en Francia. A pesar de los padecimientos que aquejaban al pensador, Arendt pudo disfrutar de su amistad los meses previos a su muerte. En una carta a Gershom Scholem que escribió en octubre de 1941, la autora de «Los orígenes del totalitarismo» (1951) rememora los últimos días de su compañero de desventura. Y también cuenta: «Cuando meses más tarde llegamos a Portbou, buscamos su tumba [la de Walter Benjamin] en vano. El cementario da a una pequeña bahía, directamente al Mediterráneo, está esculpido en terrazas de piedra; en aquellos pedrizos, también se meten los ataúdes. Es con diferencia uno de los lugares más fantásticos y hermosos que he visto jamás en mi vida».

Vista de Portbou en 1968

Archivo ABC,
Con el pelo oscuro y un poco encrespado, ocultando su mirada detrás de unas gafas y llevando a cuestas el peso de una maleta, el intelectual alemán Walter Benjamin (1892-1940) se acerca a Portbou, un pueblo catalán que se extiende frente a la costa del Mediterráneo, mientras respira con el sofoco de un enfermo. Después de atravesar los Pirineos, su corazón se agita por culpa de una cardiopatía, un mal que convierte cualquier ejercicio en un esfuerzo agotador. A sus espaldas, el dolor del exilio le persigue con la tenacidad de una sombra, donde las penurias materiales y los pensamientos de suicidio se unen a la incertidumbre sobre la suerte de sus familiares. En su huida, le acompañan dos mujeres, Lisa Fittko y Henny Gurland, y un niño, un chico llamado Joseph. Los cuatro han abandonado Francia, donde la Tercera República ha desaparecido y el mariscal Pétain, el antiguo héroe de Verdún, ha empezado a entenderse con los alemanes, para alcanzar España, con el deseo de llegar a Portugal y salir de Europa. Corre septiembre de 1940, y el otoño, que es incipiente en las hojas de los árboles, recuerda que la guerra comenzó hace un año.

Desde entonces, cuando las tropas nazis y soviéticas invadieron Polonia y desencadenaron el inicio de la Segunda Guerra Mundial, la situación del continente es cada vez más grave. Walter, hijo de la alta burguesía de Berlín, ha nacido en una familia de judíos asimilados, a la que la brutalidad del nazismo ha obligado a recordar su identidad. Intentado evitar la persecución del régimen, el intelectual, uno de los más brillantes de su generación, lleva varios años conociendo las penurias del exilio. Con su huida a España, sabe que está quemando su última carta. En Portbou, el anuncio de su devolución a Francia propina el golpe final a su desesperación. Con una sobredosis de morfina, decide suicidarse, quitándose la vida en una noche de la que hoy se cumplen 80 años. Su hermana, la socióloga Dora (1901-1946), y su hermano, el médico Georg (1895-1942), muerto en Mauthausen, no corren una suerte mucho mejor que la suya. Ninguno de los tres sobrevive a la devastación del conflicto, que convierte Europa en un páramo de muerte. Su historia, en la que palpita el dolor de la de millones de seres humanos perdidos en el olvido de esa época funesta, se narra en «Los Benjamin. Una familia alemana» (Trotta, 2020), del periodista Uwe-Karsten-Heye.

El pasado martes, en un acto en memoria de Walter Benjamin celebrado con la colaboración de la Embajada de Alemania en el Centro Sefarad-Israel, ABC tuvo la oportunidad de conversar con Jordi Maiso, profesor de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid y traductor de «Los Benjamin», y con Germán Garrido, profesor de Filología Alemana en el mismo centro, sobre la figura del pensador y la suerte que corrió su familia.

Me gustaría que contaran cómo fue el ambiente en el que nacieron los Benjamin, hijos de una familia judía asimilada, que luego fue empujada al desarraigo por culpa del nazismo, y cómo era esa Alemania en la que llegaron al mundo, en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial.

Germán Garrido: En el libro, se comenta mucho un texto de Benjamin, «Berlín en torno a 1900», donde se rememora de forma muy particular el ambiente cultural de la ciudad como capital del Imperio Alemán, y la sensación que existía en la época de fin de la historia, que se precipitó con la Primera Guerra Mundial. Muestra cómo los tres hermanos vivieron ese acontecimiento de forma muy distinta. En el caso de Georg, tuvo que ir a la guerra. Cuando volvió, se encontró con la revolución Espartaquista, lo que le movilizó de forma radical. Bejamin, que no participó en la guerra y además había estado en contacto con movimientos de juventud, que más tarde tuvieron incluso veleidades nacionalsocialistas, lo afrontó de forma distinta. A Dora, le hizo volcarse en la situación social de las mujeres de su tiempo.

Jordi Maiso: La Primera Guerra Mundial fue muy importante. Benjamin creció en el seno de una familia acomodada, muy asimilada, que se consideraba alemana ante todo. De alguna manera, estuvo muy apegado, más que sus hermanos, porque era el más mayor, a la experiencia de la complacencia burguesa, con una vida protegida, segura. Al mismo tiempo, ya desde antes de la Primera Guerra Mundial, él rechazó, en cierta medida, el mundo burgués en el que había crecido. Se implicó en el movimiento de juventud, como se llamaba en ese momento.

La Primera Guerra Mundial acabó con el mundo que habían conocido hasta entonces, y llevó a los hermanos a experiencias vitales diferentes. Todos se politizaron, rompieron con las expectativas de asimilarse al mundo burgués y ser ciudadanos alemanes normales, y reaccionaron de formas distintas. Benjamin apuntaba maneras de intelectual. Su politización sobre todo tuvo lugar en el terreno de la cultura y de la teoría. Su hermano, que estudiaba medicina, se convirtió en un médico socialmente comprometido, que se fue al barrio más pobre de Berlín, obrero, y se dedicó a paliar las malas condiciones sociales de los niños, y también las malas condiciones de habitabilidad. La guerra marcó la ruptura con una época de seguridad y protección que hacía sentir que la vida iba a tener un desarrollo claro, apareciendo una situación de convulsión ante la que era inminente la necesidad de una transformación social. Geord y Dora se implicaron activamente, mientras que Walter lo hizo en una lucha teórica, cultural, muy consciente también de que el momento no solamente podía ir a mejor, sino también a peor. Por eso, fue menos optimista frente a los poderes que permitieron el auge del fascismo. El fascismo fue el caballo de batalla con el que se batió toda su vida, incluso antes de que fuera un peligro muy fuerte. Sus escritos de los años 20, los más políticos, se enfrentaban con muchas de las fuerzas que ampararon su nacimiento.

El libro también narra las dificultades económicas a las que se vio sometido Walter Benjamin durante su exilio, como las estrecheces a las que se enfrentó en París. Es un claro contraste con el desahogo económico que había conocido en su infancia y adolescencia. ¿Cómo repercutió en su obra, si lo hizo, esa pérdida de bienestar?

J. Maiso: Para Walter, la ruptura con la seguridad material comenzó antes del exilio. No pudo hacer una carrera académica, porque no consiguió entrar en la universidad, por lo que se sintió como un intelectual proletarizado. Para poder seguir haciendo lo que quería, tuvo que trabajar en crítica de periódicos o en la radio, que entonces era un medio emergente, o traduciendo y escribiendo, pero como una forma precaria de ganarse el sustento. Cuando tuvo que irse al exilio, las fuentes de ingresos de un escritor en su situación se vieron enormemente deterioradas. Como judío, izquierdista y alemán, no podía escribir en los medios del nazismo. En Francia, aunque era un intelectual muy potente, los emigrados no fueron recibidos con los brazos abiertos. En definitiva, la situación truncó su trayectoria. Solo gracias a la solidaridad de otros exiliados, consiguió acceder a trabajos remunerados que le permitieron salir a flote. Recibió apoyo de algunos amigos, como Brecht y Adorno, o de su exmujer.

Al retratar a la familia, en la que no solo estaba el intelectual, Walter, sino también Georg y Dora, el libro muestra cómo afectó el nazismo a diferentes niveles. Georg fue perseguido políticamente y se le prohibió ejercer como médico. Al final, tras unos años de liberación, fue condenado por alta traición por pertenecer al Partido Comunista, y fue de campo de trabajo en campo de concentración hasta que murió, en 1942. Dora, que tenía una prometedora carrera como trabajadora social, tras una tesis doctoral valiosa, vio cómo se truncaba su carrera, teniendo que emplearse como trabajadora doméstica y sufriendo su progresivo deterioro de salud por enfermedades congénitas. Los hermanos se encontraron en una situación de fragilidad extrema que acabó con sus vidas.

G. Garrido: Curiosamente, y a pesar de que el mayor era Walter, cuando el nazismo llegó al poder, era el hermano que tenía menos consolidado su futuro profesional. Georg era médico y había establecido una consulta, y Dora tenía un gran futuro por delante.

Hubo una generación de futuros académicos, o de personas prometedoras en el campo intelectual o artístico, que quedó totalmente frustrada por la guerra, y condenada a un olvido forzado por la violencia, porque su obra apenas tuvo tiempo de despegar.

G. Garrido: Fue una generación frustrada. Pero también es cierto, como se muestra de soslayo en el libro, que el exilio alemán supo crear centros para dar continuidad a esa actividad académica en el extranjero. Un ejemplo es el Instituto Social de Adorno en Estados Unidos, al que aspiraba llegar Benjamin.

«El exilio alemán de la Segunda Guerra Mundial supo crear centros para dar continuidad a su actividad académica en el extranjero»

J. Maiso: Las redes de emigrantes fueron importantes. En el exilio alemán, se generaron redes de apoyo, donde hubo un gran florecimiento cultural. La situación de amenaza bajo la que vivieron muchos de estos intelectuales les agudizó la vista para comprender lo que estaba pasando. No me gustaría caer en la idea de que en las circunstancias más difíciles siempre surge lo mejor, pero sí fue un momento llamativo, en el que se pudieron sacar adelante proyectos no solo colectivos, sino también individuales. Algunos de los escritos más importantes de Benjamin son de los años 30. Pese a todo, no hay que olvidar que su obra quedó frustrada. Su objetivo era escribir un gran trabajo sobre el siglo XIX, que quedó inacabado. Algunas de las obras que terminó, no dejó de revisarlas, porque no tenía las circunstancias apropiadas para poder escribirlas y llevarlas a término como hubiera hecho en un estado de cosas normal. Lo mejor que surgió en estos años, al menos en su caso, tuvo el carácter de un torso, en el sentido que quedó fragmentado por la violencia con la que se impuso la historia.

El «Libro de los Pasajes», que parte de esas galerías acristaladas y con escaparates de París, tiene un carácter fragmentario. ¿Eso se debe al pensamiento de Benjamin o a las circunstancias materiales de escasez en las que fue escrito?

J. Mariso: No. Esto es importante subrayarlo. Si algo define a Benjamin como intelectual, es que no era un académico. Nunca escribió para tener las cosas fáciles ni hacer carrera, y tampoco era oportunista en lo grande. «Los Pasajes» era un proyecto teórico que pensó en los años 20, en principio como un texto más bien corto, y con el que creía que podía llegar a entender muchos de los rasgos que eran definitorios de la modernidad, y de sus elementos más paradójicos e incluso destructivos. Cuando retomó el proyecto en el exilio, descubrió que no solo era una buena idea para un texto breve, sino que podía llegar a ser algo así como la gran obra de su vida. Creía que las grandes catástrofes que estaba viviendo Europa en los años 30 y 40 no venían porque sí, sino que tenían una génesis. Pensaba que estudiar ciertos rasgos aparentemente marginales e inocuos del siglo XIX permitía entender cómo se habían fraguado algunos de los rasgos más destructivos de la modernidad.

Benjamin se implicaba en el mundo de una manera fundamentalmente intelectual. Su forma de implicarse con el destino aciago que le estaba aplastando a su familia, sus amigos y a él mismo, tenía que ver con la necesidad de elaborar teóricamente todas esas experiencias y buscarles una génesis. No era que los pasajes, las galerías de París, explicaran el fascismo, sino que explicaban una serie de transformaciones de la vida social que formaban parte de las consecuencias en las cuales había podido fructificar. Benjamin quería entender los rasgos prototípicos de la modernidad en sus dimensiones menos amables. ¿Por qué le interesaban los pasajes? Cuando los visitó, en el primer tercio del siglo XX, ya eran elementos anticuados, una especie de ruinas de lo moderno. Y, sin embargo, eran una primera forma de una determinada relación, en la que lo mercantil es el centro de la vida social y la vida anímica de las personas. Para él, este proyecto era una forma de entender el presente sumamente importante.

«Los pasajes de París eran la primera forma de una determinada relación, en la que lo mercantil es el centro de la vida social y la vida anímica de las personas»

G Garrido: De la obra de «Los Pasajes», se conservó una colección de carpetas, de legajos, que están relacionados entre sí por un sistema numérico muy complejo. Hasta qué punto tenía Benjamin la intención de darle la forma de un texto acabado o no es algo que se deja abierto a la especulación. Lo que es un hecho claro es que la discontinuidad, la fragmentación, formaban parte de la forma de escribir de Benjamin. Eso también lleva a pensar que el título «Pasajes» no se refiere solo a un elemento urbanístico, sino también a los pasajes que los propios lectores tienen que tejer entre los diferentes lugares de la obra, para alcanzar esas iluminaciones que para Benjamin eran fundamentales. Hay especulaciones sobre si Benjamin llevaba en la maleta de Portbou una versión ulterior de «Los Pasajes», pero es una hipótesis poco plausible.

Ya que se ha mencionado Portbou, ¿cómo fueron esos últimos momentos de Benjamin? Hace unos años, un documental argentino sugirió la posibilidad de que, en realidad, no se suicidó, arrojando dudas sobre un posible asesinato.

G. Garrido: Cuando Benjamin llegó a España, supo que había un acuerdo entre la Policía francesa y la española que impedía el paso de los refugiados que se encontraban en la situación de Benjamin. Sabiendo que le iban a devolver a la Francia ocupada, decidió tomarse la morfina y morir en su habitación de hotel. Creo que la hipótesis que se maneja en el documental no tiene mucho recorrido. Además, se sabe que Benjamin había flirteado con la idea del suicidio ya antes, y la carta que escribe póstutamente deja bastante claro cuál es su determinación.

J. Maiso: De hecho, lo que ocurrió es que una orden que establecía que no podía pasar nadie que no tuviera un visado de salida de Francia. Cuando llegó a esa famosa pensión en la que pasó la última noche, le dijeron que al día siguiente le iban a deportar, y por eso decidió suicidarse. Tomó la decisión después de años de exilio y del internamiento del campo de Gurs en Francia, y de sentir que ya no podía más. Luego, ha habido mucho ruido sobre si se suicidó, lo mataron… Creo que es una historia que no lleva demasiado lejos, sobre todo porque, en aquel momento, Benjamin era un desconocido. Es muy difícil pensar que alguien quisiera hacerse con un manuscrito, que, además, dudo que fuera peligroso o pudiera hacer a alguien rico.

Stefan Zweig se suicidó. Paul Celan se suicidó. La muerte de Primo Levi todavía causa controversia. Hannah Arendt, una de las intelectuales que logró sobrevivir a esos años de persecución y exilio, coincidió con Walter Benjamin en Francia. A pesar de los padecimientos que aquejaban al pensador, Arendt pudo disfrutar de su amistad los meses previos a su muerte. En una carta a Gershom Scholem que escribió en octubre de 1941, la autora de «Los orígenes del totalitarismo» (1951) rememora los últimos días de su compañero de desventura. Y también cuenta: «Cuando meses más tarde llegamos a Portbou, buscamos su tumba [la de Walter Benjamin] en vano. El cementario da a una pequeña bahía, directamente al Mediterráneo, está esculpido en terrazas de piedra; en aquellos pedrizos, también se meten los ataúdes. Es con diferencia uno de los lugares más fantásticos y hermosos que he visto jamás en mi vida».

Vista de Portbou en 1968

Archivo ABC

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